Parafraseando al gran político argentino Raúl Alfonsín: ¿por qué no probamos con la unión nacional? Y, al mismo tiempo, honramos nuestro lema histórico: “La unión hace la fuerza”.
La interrogante no es retórica. Interpela por igual a gobernantes y gobernados. Porque, en rigor, Bolivia no carece de recursos ni de potencial humano; lo que ha faltado, de manera persistente. es la voluntad colectiva de avanzar en una misma dirección. Seguimos siendo un país inmensamente rico en recursos naturales, pero injustificadamente rezagado en el concierto internacional.
El reciente ciclo político-económico generó grandes expectativas y contó con condiciones excepcionales para sentar bases sólidas de desarrollo. Sin embargo, la oportunidad fue desperdiciada. Hoy, tras el cambio de gobierno nacional y la próxima instalación de nuevas autoridades subnacionales, el país tiene una nueva posibilidad de corregir el rumbo. Pero ese giro solo será viable si parte de una premisa esencial: los bolivianos solo podremos salir del subdesarrollo si asumimos una causa común que esté por encima de intereses sectoriales, regionales o ideológicos.
En su celebración de 200 años de vida republicana, la autocrítica es ineludible. Han sido escasas las etapas en que Bolivia fue conducida por verdaderos estadistas con visión de largo plazo. La fragmentación política, los caudillismos y la lógica del poder entendido como botín han impedido consolidar políticas de Estado sostenidas en el tiempo.
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Nuestros cuantiosos recursos naturales, lejos de traducirse en bienestar colectivo, han alimentado históricamente utilidades de empresas transnacionales y de reducidas élites nacionales, mientras la mayoría de la población permanece en condiciones de precariedad. Esta paradoja evidencia la ausencia de un proyecto nacional compartido.
La experiencia internacional es clara: ningún país se desarrolla en medio de la confrontación permanente. Los procesos exitosos de crecimiento se han sustentado en grandes pactos nacionales que otorgaron estabilidad política, seguridad jurídica e incentivos a la inversión productiva. Sin consensos básicos no hay estabilidad; sin estabilidad no hay inversión; y sin inversión no hay desarrollo.
Por ello, la coyuntura actual debe entenderse como una oportunidad histórica para iniciar un proceso real de reconstrucción nacional. Desterrando la tradicional y perversa forma de hacer política. Una reconstrucción que se sostenga en una unión efectiva entre niveles del Estado, en la superación de rivalidades regionales, en la articulación público-privada y en la recuperación de la confianza ciudadana.
La unión nacional no significa uniformidad ni ausencia de crítica. Significa acordar prioridades fundamentales: lucha frontal contra la corrupción, fortalecimiento institucional, educación de calidad, producción, empleo y aprovechamiento soberano de nuestros recursos en beneficio de todos los bolivianos.
Bolivia no carece de destino; carece de acuerdos. No le faltan riquezas; le falta cohesión. No necesita más confrontación estéril, sino más sentido de patria compartida.
La pregunta, entonces, vuelve a cobrar vigencia y urgencia:
¿Por qué no probamos, de una vez por todas, con la unión nacional?
Fernando Crespo Lijeron
