Introducción: teoría importada y ausencia de lectura estructural
Bolivia ha sido, a lo largo de su historia republicana, un gran importador de teorías económicas. Hemos importado marxismo, keynesianismo y liberalismo con notable entusiasmo intelectual, pero con una grave carencia metodológica: casi nunca estas teorías fueron contrastadas con una lectura rigurosa de la máquina económica real. Se asumió que la teoría, por sí misma, tenía la capacidad de modelar la realidad.
El procedimiento ha sido recurrente: primero se adopta una doctrina, luego se proyecta sobre la economía nacional y, finalmente, se espera que los problemas estructurales se resuelvan como consecuencia automática de su aplicación. Cuando esto no ocurre, el fracaso no se atribuye a la inadecuación entre teoría y estructura, sino a una supuesta mala implementación, a factores externos o a resistencias culturales.
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En los últimos años, esta lógica se ha expresado como un juego pendular entre enfoques keynesianos y liberales. Unos proponen más Estado, más gasto y más regulación; otros, menos Estado, más mercado y mayor apertura. Sin embargo, ambos enfoques comparten una limitación fundamental: discuten instrumentos sin discutir la estructura sobre la que esos instrumentos operan. Se debate política económica sin una lectura previa de la economía como sistema.
Frente a esta tradición, sostenemos una premisa metodológica central: no es posible pensar desarrollo, ni productividad, ni integración, ni libertad, sin una comprensión cabal de la estructura económica existente. La política económica no crea la realidad desde cero; actúa sobre una máquina económica ya configurada, con lógicas internas, tensiones históricas y límites estructurales.
Desde esta perspectiva, lo que proponemos no es una adhesión dogmática a una escuela, sino una lectura estructural previa, a partir de la cual es posible —y recién entonces— pensar una política económica liberal. No como receta importada, sino como respuesta condicionada a una realidad concreta.
1.- La máquina económica boliviana: heterogeneidad estructural
La primera hipótesis es que la economía boliviana no constituye un sistema homogéneo, sino una heterogeneidad estructural profunda. En ella conviven al menos tres lógicas económicas distintas, con racionalidades propias y formas diferenciadas de relación con el mundo.
En primer lugar, existe un capitalismo incompleto, fragmentado y muchas veces informal, pero real. Allí donde no es asfixiado, este capitalismo tiene capacidad de producir, innovar, generar productividad y competir en mercados regionales e incluso globales.
En segundo lugar, y de manera decisiva, se encuentra lo que denominamos el Estado-Feudal: una estructura estatal patrimonial, rentista y corporativa. Este Estado no produce riqueza, pero la captura y la distribuye; no integra, pero intermedia; no articula, pero bloquea. Vive de la renta —natural, fiscal o internacional— y la transforma en poder político.
En tercer lugar, subsiste una economía de base “comunitaria” o ayllu, con lógicas propias de organización, reciprocidad y producción. Contrariamente a la narrativa dominante, el ayllu no es inherentemente improductivo. Puede producir, intercambiar e integrarse, siempre que no sea reducido a objeto simbólico o instrumento político.
2.- Relaciones entre estructuras y el rol del Estado fallido
La segunda hipótesis sostiene que estas estructuras no solo coexisten, sino que se relacionan de formas diversas: oposición, yuxtaposición, fricción permanente y, en algunos casos, articulación parcial. Es fundamental subrayar que capitalismo y ayllu no son necesariamente estructuras incompatibles. Históricamente han mostrado capacidad de imbricación productiva.
El verdadero problema emerge cuando entre ambas se interpone el Estado Feudal. En lugar de facilitar relaciones productivas, este Estado intermedia para capturar, introduciendo regulaciones arbitrarias, subsidios distorsivos y mecanismos de dependencia política. El resultado es una economía bloqueada desde su centro.
Aquí aparece la tercera hipótesis: la presencia de un Estado fallido. No un Estado ausente, sino un Estado que ha perdido su función moderna básica: articular sociedad, economía y territorio bajo reglas universales. Es un Estado fuerte para controlar y distribuir, pero débil para garantizar derechos, promover productividad e integrar al país al mundo.
3.- El triángulo Productividad – Integración – Libertad
Desde esta estructura deformada surge la pregunta central: ¿cómo pensar productividad, integración y libertad?
Estos tres conceptos no son independientes. Se condicionan mutuamente. No hay productividad sostenida sin libertad económica y seguridad jurídica. No hay integración real sin productividad, sino solo dependencia. No hay libertad efectiva en sociedades aisladas y empobrecidas.
En Bolivia, este triángulo ha funcionado de manera perversa: baja productividad, integración subordinada y libertad restringida. Y la razón es estructural: el Estado-Feudal se sitúa exactamente en el centro del triángulo, bloqueando las conexiones entre sus vértices.
Bloquea la productividad al castigar la iniciativa y premiar la cercanía política.
Bloquea la integración al sustituir competitividad por proteccionismo improductivo.
Bloquea la libertad al convertir derechos en concesiones y ciudadanía en clientelismo.
4.- Horizonte posible: desmontar el nudo estructural
La pregunta final es si este triángulo perverso constituye un destino inevitable. La respuesta es no, pero el horizonte no se abre automáticamente. Requiere una ruptura estructural, no meramente discursiva.
No se trata de eliminar el capitalismo ni de idealizar el ayllu, ni de expandir indefinidamente el Estado. Se trata de desmontar el Estado-Feudal como forma de intermediación parasitaria y reconstruir un Estado limitado pero eficaz, capaz de garantizar reglas, derechos y libertades.
Desde esta base, una política liberal deja de ser un dogma importado y se convierte en una estrategia situada: liberar la productividad existente, permitir la articulación entre estructuras económicas y reintegrar a Bolivia al mundo desde la producción, no desde la dependencia.
Conclusión
En síntesis, el problema central de Bolivia no es cultural ni identitario, sino estructural e institucional. Mientras el Estado-Feudal siga bloqueando la relación entre productividad, integración y libertad, cualquier política —keynesiana o liberal— será superficial y transitoria.
El desafío histórico no es administrar la decadencia ni alternar teorías importadas, sino romper el nudo que la reproduce. Solo entonces Bolivia podrá volver al mundo como una sociedad productiva, integrada y libre
