
Han pasado los primeros 100 días del gobierno de Rodrigo Paz y lo que se vendió como una estabilización valiente contra el legado masista empieza a mostrar sus costuras. No es que falte ajuste; es que el ajuste es tibio, gradual, de esos que bordean el problema en vez de cortarlo de raíz. Las estructuras heredadas siguen intactas, los errores de gestión y la comunicación torpe ya están minando la credibilidad que se ganó al inicio. Si no se endereza el rumbo, a Paz se le va a complicar el camino mucho antes de lo que imagina, y el horizonte de cinco años se le puede volver cuesta arriba.
Sí, aunque parcial y transitoria, la quita de la subvención a los hidrocarburos es una medida que debe ser reconocida, pero en la práctica lo único que realmente ha cambiado en el país hasta el momento es el precio de los combustibles. Sirvió para recortar un poco el déficit fiscal, efectivamente, pero el acierto ya se le está desdibujando rápidamente por el escándalo de la gasolina, que ahora es de peor calidad y dos veces más cara, y que encima está destrozando motores en todo el país y no como caso aislado en alguna ciudad. La magnitud del error se ha traducido en nuevos episodios de manifestaciones, bloqueos y ultimátums del sector del transporte, que ya pide cabezas en YPFB y la ANH.
Primero el gobierno lo negó, después lo minimizó y al final echó la culpa a los tanques viejos de la era Arce. Pero las explicaciones no cuajan, y las versiones contradictorias entre ministros, YPFB y la agencia terminaron siendo un desastre de comunicación. La confianza se va rápido cuando pasa esto, y ya se está traduciendo en una nueva fase de la dolarización de facto iniciada ante la mega devaluación del boliviano durante la era de Arce. Mientras, los supernumerarios siguen en planilla, las empresas públicas quebradas no se tocan, los controles de precios y de capitales permanecen, y el cocalero cómodamente en huida. ¡Ni siquiera han cambiado a la secretaria de Dorgathen en YPFB! El modelo de Arce no va a durar para siempre, pero este gradualismo lo está estirando de manera innecesaria y riesgosa; de seguir en este camino, lo terminará cambiando el mercado de manera súbita y desordenada.
Y encima el gabinete se dedica a magnificar y atribuirse aciertos ajenos con un optimismo que roza lo irresponsable. Por ejemplo, el ministro Espinoza suelta que “lo que Milei hizo en dos años, nosotros lo logramos en dos meses”, y ya anda poniéndose a la defensiva con analistas a los que solo le falta calificar de “opinólogos”. Igualmente, el propio Paz habla de que en el exterior califican sus primeros 100 días de gobierno como “un milagro” de estabilización en tres meses, superávit fiscal, reservas fortalecidas y una “casa en orden”. Todo suena odiosamente familiar a los tempranos alardes de Arce sobre el crecimiento “más alto de América Latina, mal que le pese a la derecha”.
Otro ejemplo: también hicieron alarde del superávit Bs 2.300 millones en enero, pero, además de que se trata de un dato mensual y expresado en bolivianos que, mientras al tipo de cambio oficial de Bs 6,96 representa $330 millones, al paralelo real de Bs 9,21 son apenas $250 millones. ¿No era que el tipo de cambio nominal fijo era lo peor que le pudo pasar al país? Peor aún, ¿por qué tanta pompa sobre el mentado dato fiscal si en los mismos dos meses ya comprometieron $8.000 millones en nueva deuda externa, de los que también se ufanaron? Es decir, reducir el déficit del 12,7% al 8% o 7% para 2026, como prometen, no se logra con números mensuales aislados; hace falta recortar gasto estructural de verdad y una ambiciosa reforma estructural energética. Sin eso, es puro humo que, cuando termine de desvanecerse, llegará la realidad con una factura todavía más robusta.
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Asimismo, la caída del riesgo país tampoco es obra de Paz, porque venía bajando sistemática desde hace 9 o 10 meses al mismo ritmo que en el resto de América Latina, y particularmente en Argentina, Ecuador e incluso Venezuela con Maduro todavía en el poder. Es una caída sistémica y responde un ciclo financiero global —inflación moderada en Estados Unidos, Fed relajando expectativas, tasas largas cayendo, dólar más débil y nuevas operaciones de carry trade con commodities de mercados emergentes, asunto que, para mayor inri, el gobierno de Paz no sabe interpretar, mucho menos aprovechar ni siquiera con algún avance de una nueva ley de hidrocarburos.
Este viento de cola con el que todavía está gobernando Paz es lo que también explica la predisposición a otorgar líneas iniciales de financiamiento de los organismos multilaterales, pues no operan en el vacío, sino que su apetito crediticio también se expande cuando la liquidez global mejora y el riesgo sistémico percibido se reduce. O sea, seguir de cerca la realidad del país en su contexto internacional permite decir que la caída del riesgo país dice más sobre lo que está pasando en Wall Street que en La Paz. Confundir esa secuencia —tomar el efecto por causa— conduce a diagnósticos erróneos sobre el verdadero margen de gobernabilidad.
El gradualismo no resuelve, solo posterga. Y el contexto internacional es volátil: si el dólar baja, entran divisas, pero el oro sube y las reservas heredadas del Banco Central se complican más; si el dólar se fortalece, el capital sale corriendo de países de alto riesgo como el nuestro y el costo de financiamiento externo se dispara. La inversión extranjera directa sigue sin llegar, el escándalo de la gasolina alimenta desconfianza y la demanda de dólares crece. El riesgo se acumula despacio… y luego explota de golpe.
Es curioso pues que, en este contexto, por un lado, afirmen que están haciendo milagros en tiempo récord, pero que por otro pidan paciencia “porque las cosas no se cambian de la noche a la mañana”. De nuevo, es un marco narrativo que resulta odiosamente familiar. En definitiva, Paz tiene que dejar la tibieza ya depurando YPFB de verdad, poniendo control real en la ANH, transparentando todo, avanzando en una nueva ley de hidrocarburos, liberando el comercio exterior, abriendo mercados, reformando el mercado laboral, avanzando en seguridad y defensa, deteniendo de una vez el financiamiento del BCB a Hacienda y metiendo tijera —porque de motosierra, ni hablar—al gasto público estructural. Si no, la fragilidad de la “estabilización” quedará en escandalosa evidencia y el gradualismo volverá golpeando con mayor fuerza: apoyo popular erosionado, incertidumbre creciente y una crisis que se profundiza. Bolivia no puede darse el lujo de más misterios ni de tanto autobombo. Hace falta acción concreta, no discursos vacíos.
Fuente: Mauricio Ríos