Fernando Untoja
Cuando el que gobierna no ordena, otros mandan. En la lógica aymara, el tiempo no se negocia ni se explica: se cumple o se pierde. Noventa días son suficientes para saber si quien está al mando entiende el peso del bastón. Y hoy, desde esta mirada, el balance es severo: el gobierno ordenó la superficie, pero no tocó el núcleo del poder.
Es cierto: el miedo retrocedió. El ciudadano ya no vive bajo amenaza permanente. Eso restablece un equilibrio básico, un primer ayni social. También se contuvo el desorden del dólar y de los hidrocarburos. En términos andinos, se tapó la gotera antes de que caiga la casa. Pero nadie confunde contención con conducción.
El mundo observa a Bolivia como observa el yatiri antes del diagnóstico: en silencio, midiendo señales. No escucha discursos, mira hechos. Y el hecho central es que el mando aún no se siente completo. Donde el mando no se ejerce, la confianza no llega.
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En la política interna, el gobierno duda. Permite que discursos subversivos sigan respirando, no fija con claridad el sentido de la transición y tolera ambigüedades que desgastan. En la comunidad aymara, cuando el mallku no ordena, la comunidad se fragmenta. El vacío de autoridad siempre lo ocupa otro, y casi nunca para bien.
También hay que decirlo con dureza: el maximalismo es irresponsable. Exigir soluciones inmediatas en un Estado destruido es desconocer la realidad o manipularla. Ese maximalismo termina hablando el mismo idioma del socialismo anterior: todo ahora, todo gratis, todo posible. Así se rompe el equilibrio y se prepara el retorno del desorden. En nuestra lógica, prometer lo que no se puede cumplir es faltar a la palabra, y quien falta a la palabra pierde respeto.
Pero el problema central es más grave: el gobierno no manda en su propia casa. El Estado sigue capturado por una burocracia masista que no obedece. Retrasa, bloquea, sabotea. Eso, en términos aymaras, es claro: hay dos autoridades, y la falsa sigue operando. Cuando eso ocurre, el conflicto es inevitable.
Un Estado donde la administración no responde al poder político es un Estado sin jerarquía. Y sin jerarquía no hay inversión, no hay confianza, no hay futuro. Solo desgaste. Rodrigo Paz, el bastón pesa. Presidente, en nuestra cultura el bastón de mando no es símbolo: es responsabilidad. Quien lo toma debe ordenar o devolverlo. Gobernar no es dialogar eternamente con quienes resisten; es limpiar, cortar y decidir.
El poder que no se ejerce se pierde. Y el tiempo, cuando se pierde, no regresa. Usted aún está a tiempo de marcar autoridad, recuperar el control del Estado y romper la doble obediencia que hoy lo debilita.
Pero sepa esto: en la lógica aymara, el que duda demasiado deja de ser jefe. Y cuando eso pasa, la comunidad busca otro camino.
