Por Ricardo V. Paz Ballivián
El 22 de marzo de 2026 marcará, más que una jornada electoral autonómica, un test de madurez para el ciudadano boliviano y, sobre todo, para el ecosistema de medios que aún intenta recoger los pedazos de su prestigio tras el descalabro de 2025.
La desmitificación del «voto a ganador» no es solo una necesidad analítica, es una urgencia democrática frente a la ingenuidad de creer que el destino de un municipio o una gobernación puede reducirse a la tiranía de los porcentajes proyectados. Las encuestas, lejos de ser oráculos, han terminado convirtiéndose en herramientas de prestidigitación política que buscan moldear la realidad en lugar de medirla.
El fenómeno del bandwagon effect o «efecto arrastre», esa pulsión casi biológica de querer estar en el bando victoriosa ha sido históricamente explotado para inducir un comportamiento gregario en el electorado. Se nos ha vendido la idea de que votar por quien lidera los sondeos es una muestra de pragmatismo, cuando en realidad suele ser la renuncia al juicio propio.
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Esta distorsión alcanzó niveles de tragicomedia en las elecciones generales de 2025. Las principales cadenas televisivas del país protagonizaron un «papelón» histórico: durante meses, bombardearon a la audiencia con decenas de estudios de opinión que daban por sentadas tendencias que la realidad, con su testarudez habitual, se encargó de desmentir en las urnas. Aquellas gráficas coloridas y proyecciones solemnes resultaron estar completamente alienadas del sentir genuino de un electorado que, silencioso y agudo, decidió en sentido opuesto al que dictaban los sets de televisión.
La ingenuidad popular reside en otorgar a la encuesta una capacidad de profecía que no posee por diseño. Una encuesta es una fotografía estática y, a menudo, desenfocada. En el contexto de las próximas subnacionales, esta práctica se vuelve aún más riesgosa. La política local en Bolivia se rige por lógicas de vecindad, gestión inmediata y liderazgos de cercanía que los modelos matemáticos de las encuestadoras nacionales, muchas veces centralistas y desconectadas de las periferias, no logran captar.
Publicar encuestas con el afán de influir en la intención de voto no solo es un ejercicio de futilidad, sino una subestimación grosera del votante. El ciudadano boliviano ha demostrado una sofisticación táctica notable y sabe cuándo el encuestador es parte de la campaña y cuándo el medio ha dejado de informar para empezar a hacer proselitismo encubierto.
El costo de este «papelón» mediático de 2025 no fue solo el error estadístico, sino la erosión de la confianza en la prensa. Cuando los resultados oficiales del Tribunal Supremo Electoral comenzaron a fluir y la brecha con lo anunciado por las «grandes cadenas» se hizo insalvable, quedó al desnudo una verdad incómoda: la encuesta se ha vuelto el sustituto perezoso del periodismo de calle.
Para este 22 de marzo, el desafío es ignorar el ruido de los números prefabricados. El voto será de nuevo un ejercicio de conexión y afinidad con las y los candidatos. Es vano e inútil tratar de “adivinar” quién levantará el trofeo.
Si algo aprendimos es que los medios pueden llenar la pantalla de barras y porcentajes, pero la soberanía del voto sigue siendo el único dato que no se puede fabricar en un laboratorio de marketing.
