En este nuevo ciclo político, es profundamente decepcionante escuchar las declaraciones y observar las actuaciones de algunos líderes políticos en Bolivia. Lejos de interpretar el sentimiento del pueblo, parecen desconectados de una realidad que clama por certezas, rumbo y futuro. Los bolivianos no queremos más discursos vacíos ni liderazgos complacientes con intereses particulares; exigimos compromiso real con la patria, responsabilidad y visión de país.
Bolivia aposto por un cambio y no merece seguir siendo conducida por actores con una evidente “miopía estructural”, responsables, desde distintas corrientes ideológicas, ya sean de derecha o de izquierda, de haber desperdiciado, a lo largo de nuestra historia republicana, oportunidades extraordinarias para elevar la calidad de vida de la población. No se trata de etiquetas políticas, sino de resultados. Y los resultados, lamentablemente, aun se dejan esperar o son insuficientes.
La evidencia crea incertidumbre: continúan las denuncias de supuesta corrupción en el aparato estatal, sin develar y una preocupante falta de planificación de largo plazo. Recordar estos hechos no implica anclarse en el pasado, sino aprender de él. Como bien se ha dicho: los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla.
Un país con la riqueza natural y el potencial humano de Bolivia no debería encontrarse en su actual situación. Pero también es necesario asumir una verdad incómoda: existe una responsabilidad compartida. Como sociedad, hemos caído muchas veces en la apatía, en la tolerancia cómplice, en la pasividad que luego se transforma en frustración.
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Ha llegado el momento de bajarnos de la tribuna. No podemos seguir siendo espectadores del “tren de la historia” mientras otros deciden nuestro destino. Es nuestro deber asumir un rol activo, abandonar el individualismo y comprometernos con la acción colectiva. Pasar de la protesta a la propuesta.
La democracia no puede reducirse al acto electoral cada cinco años. Elegir autoridades no significa delegar completamente nuestro futuro. La experiencia ha demostrado que esa pasividad solo fortalece la desconfianza y profundiza la brecha entre gobernantes y ciudadanos.
Entonces, la pregunta clave es: ¿qué podemos hacer?
El camino pasa por ejercer plenamente nuestros derechos. Revisar y activar los mecanismos de participación establecidos en la Constitución Política del Estado. Exigir que el Control Social sea auténtico, independiente y efectivo, no una formalidad funcional al poder de turno. Supervisar, fiscalizar y participar.
Asimismo, los órganos del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, deben asumir con seriedad su rol histórico. No es admisible que decisiones trascendentales se tomen entre cuatro paredes, muchas veces vulnerando principios básicos y favoreciendo a minorías privilegiadas.
La crisis que atravesamos no es solo económica, social o política; es, sobre todo, una crisis moral. Y toda crisis, por profunda que sea, encierra una oportunidad. Este debe ser el punto de inflexión para construir soluciones estructurales, con participación amplia, responsable y propositiva.
Diversos estudios han demostrado que las sociedades con mayor participación ciudadana logran mejores resultados en la resolución de sus problemas. Bolivia no puede ser la excepción.
La esperanza no vendrá de la mano de los mismos de siempre ni de soluciones impuestas desde el poder. La esperanza nacerá cuando cada ciudadano decida involucrarse, exigir, proponer y vigilar.
El cambio no es un acto espontáneo: es una construcción colectiva.
Bolivia no necesita más promesas. Bolivia necesita ciudadanos despiertos, comprometidos y vigilantes.
Fernando Crespo Lijeron
