El traslado del acto central al oriente rompe décadas de tradición y proyecta una nueva lectura geopolítica de la reivindicación marítima, sin abandonar su carácter histórico ni su mandato constitucional
Fuente: eldeber.com.bo
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El presidente Paz estuvo en Puerto Busch
Cada 23 de marzo Bolivia vuelve sobre sí misma. Mira hacia atrás, hacia el desierto, hacia el puente del Topáter donde Eduardo Abaroa decidió no rendirse. Esa escena —repetida en discursos, en aulas, en actos cívicos— ha construido una memoria nacional que durante décadas encontró su escenario en La Paz, en la Plaza Abaroa, donde el país evocaba su pérdida y su reclamo.
Este año, sin embargo, el ritual cambió de geografía y, con ello, de sentido. El presidente Rodrigo Paz trasladó el acto central al oriente, a Puerto Busch, en Santa Cruz. No fue solo un cambio de lugar. Fue un desplazamiento simbólico. Un intento de mover la mirada del pasado hacia el futuro.Desde allí, Paz sostuvo que la reivindicación marítima es “irrenunciable”, pero al mismo tiempo introdujo un matiz. “Nosotros no hacemos zanjas, nosotros construiremos puentes de la integración”, dijo, en referencia a la política exterior que busca proyectar Bolivia.
La frase no es menor. Aparece en un contexto regional marcado por tensiones fronterizas y discursos más duros. Frente a ello, el Gobierno plantea otra narrativa: menos confrontación, más integración. Menos memoria como anclaje, más memoria como impulso.
El canciller Fernando Aramayo lo explicó sin rodeos. “No podemos hacer de esto un anclaje… necesitamos construir futuro”, afirmó, al referirse al sentido del traslado a Puerto Busch. La apuesta, según la Cancilleríano niega la historia ni la reivindicación. La reubica. La coloca dentro de una estrategia más amplia, donde el mar deja de ser únicamente una pérdida para convertirse en una posibilidad
Puerto Busch, en ese esquema, adquiere un valor que va más allá de lo simbólico. Es una salida hacia el Atlántico, pero también una pieza dentro de una red de integración regional. Paz lo vinculó con acuerdos con Brasil y Paraguay, y con la idea de que “la economía va a abrir todas las puertas necesarias para volver a nuestro Pacífico”.
Esa lógica es la que Aramayo define como un cambio de paradigma. “El tema no es el qué… el tema es cómo”, señaló, al cuestionar estrategias pasadas que, según dijo, no lograron resultados sostenibles en el plano internacional.
En esa lectura, el traslado del acto no es un gesto aislado. Es parte de una redefinición de la política exterior. Una que busca dejar atrás lo que el propio canciller calificó como enfoques “lastimeros” o “beligerantes”, para dar paso a una diplomacia que combine firmeza con pragmatismo.
La reivindicación marítima, insiste el Gobierno, sigue siendo un mandato constitucional. Pero su tratamiento cambia. “El mar para Bolivia tiene que ser futuro. Ya no puede ser más pasado”, dijo Aramayo. No se abandona la causa. Se la desplaza de la memoria dolorosa hacia una proyección estratégica.
Abaroa sigue presente. “Nos enseñó a no rendirnos… pero con amor, compromiso e inteligencia”, señaló el presidente.
El Día del Mar, entonces, ya no es solo una conmemoración. Es también una señal. Una forma de decir que Bolivia quiere discutir su lugar en el mundo desde otro punto de partida. Uno que no borra el pasado, pero que intenta, finalmente, no quedarse atrapado en él.


