El escenario geopolítico sudamericano parece haber ingresado, de forma abrupta, en una fase de realismo estratégico más crudo. En pocos meses, varios de los equilibrios que marcaron la última década comenzaron a descomponerse, dando paso a un reordenamiento regional. En ese marco, Cuba y Venezuela dejaron de ser percibidos únicamente como aliados ideológicos de actores extracontinentales y pasaron a ser vistos, desde la óptica de seguridad hemisférica de Washington, como piezas funcionales dentro de una disputa mayor por influencia, estabilidad y control regional. Esa lectura se inscribe en el endurecimiento de la política estadounidense hacia el hemisferio, expresado en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, en la reactivación de una lógica cercana a la Doctrina Monroe y en lo que varios analistas han denominado el “Corolario Trump”, resumido en la máxima de “América para los americanos”.
En ese contexto, Estados Unidos ha reconfigurado su aproximación regional, tratando a estructuras como el Tren de Aragua no solo como organizaciones criminales, sino como amenazas a la seguridad continental. Bajo esa lógica, fenómenos como la migración instrumentalizada, el narcotráfico y el crimen organizado transnacional dejaron de ser percibidos únicamente como problemas sociales o policiales para ser tratados también como variables de presión estratégica. En la lógica de una guerra asimétrica, estos fenómenos pueden operar como armas no convencionales cuando son utilizados para desestabilizar, infiltrar, desgastar instituciones o proyectar coerción sin recurrir a una confrontación militar abierta.
El problema para Bolivia es que este cambio de tablero la encuentra frágil. Aunque el nuevo gobierno ha tomado distancia de los alineamientos ideológicos del pasado, hereda un Estado debilitado, con fronteras porosas, baja capacidad de control territorial e institucionalidad deteriorada. Esa fragilidad no solo afecta su seguridad interna; también condiciona la forma en que sus vecinos la perciben. Desde esta perspectiva, decisiones recientes de Chile, como el refuerzo militar de su frontera norte y la construcción de zanjas y barreras físicas, pueden leerse no solo como medidas contra la migración irregular, sino también como una señal de desconfianza respecto de la capacidad boliviana para contener flujos ilícitos que atraviesan su territorio.
A este problema se suma otro de mayor profundidad: la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, que también se expresa en la disputa por los corredores del Pacífico sudamericano y ha reactivado la competencia entre Chile y Perú por la centralidad logística del Pacífico Sur. La inauguración y puesta en operación del megapuerto de Chancay, en el Perú, con fuerte participación de capital chino, no constituye únicamente una obra de infraestructura; representa una pieza de alto valor geopolítico en la proyección transpacífica de China sobre América del Sur. Su capacidad para recibir buques de gran escala y reducir tiempos logísticos hacia Asia altera el equilibrio portuario regional y desafía el predominio que históricamente habían tenido los puertos chilenos.
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No sería prudente afirmar que la hegemonía portuaria chilena ha terminado, pero sí que enfrenta una erosión relativa y un competidor de escala inédita. En esa colisión entre corredores, puertos y esferas de influencia, Bolivia deja de ser solamente un Estado enclaustrado para convertirse potencialmente en la bisagra terrestre entre dos lógicas rivales de inserción oceánica. La geografía vuelve a importar. La telurocracia, el valor estratégico del control del territorio reaparece como condición para influir sobre la talasocracia, es decir, sobre la disputa por el dominio de los flujos marítimos.
Frente a este escenario, Bolivia ya no puede limitarse a actuar como un Estado tapón. Su desafío histórico consiste en transformarse en un Estado pivote, capaz de balancear, conectar y redistribuir flujos logísticos, comerciales y estratégicos entre corredores en competencia. Eso exige una política exterior moderna y más funcional al interés nacional. En términos prácticos, Bolivia debería desarrollar una estrategia de enrutamiento dual: aprovechar el vector peruano y la salida por Chancay para exportaciones de gran volumen y bajo valor relativo; y, al mismo tiempo, preservar y fortalecer el vector chileno para exportaciones de mayor valor agregado, agroindustria especializada, manufacturas selectivas y recursos estratégicos con procesamiento previo, como el litio.
Sin embargo, esta estrategia solo tendría sentido si Bolivia logra convertir su centralidad geográfica en poder operativo real. Y eso depende, en buena medida, de su articulación con Brasil y del uso estratégico Hidrovía Paraguay-Paraná. La frontera boliviano-brasileña no debe seguir viéndose como un simple límite periférico, sino como la puerta de acceso al mayor mercado y a la mayor economía de Sudamérica. Si Bolivia consigue posicionarse como un nodo logístico confiable entre Brasil y el Pacífico, dejará de ser un territorio de tránsito pasivo para convertirse en un actor imprescindible del comercio regional.
La materialización de esa visión requiere decisiones técnicas inmediatas. Bolivia necesita modernizar su sistema aduanero, automatizar procesos, digitalizar documentos, integrar bases de datos estatales y construir plataformas logísticas inteligentes que garanticen trazabilidad, interoperabilidad y transparencia. En este punto, la tecnología blockchain puede ser útil como un instrumento concreto para fortalecer la cadena de custodia documental, la certificación de origen y la trazabilidad de cargas. Pero la transformación digital, por sí sola, no basta: debe estar acompañada por infraestructura física de alta capacidad, especialmente en carreteras, ferrocarriles y nodos intermodales. En esa lógica, la interconexión de las redes oriental y occidental, incluido el tramo Aiquile-Bulo Bulo, de muy alta complejidad técnica, pero de carácter estratégico, resulta fundamental para avanzar hacia una inserción real en el Corredor Ferroviario Bioceánico Central.
El éxito de esta apuesta dependerá de algo que Bolivia rara vez ha logrado sostener en el tiempo: una alineación estratégica entre política exterior, diplomacia, logística, infraestructura, seguridad y tecnología. En un entorno marcado por la competencia entre Estados Unidos y China, el margen de maniobra boliviano no radica en alinearse ciegamente con uno u otro, sino en desarrollar la flexibilidad suficiente para relacionarse con ambos sin quedar capturado por ninguno.
Bolivia no definirá por sí sola la hegemonía marítima del Pacífico Sur, pero sí puede influir en ella si logra convertir su geografía en capacidad logística y su posición en poder de negociación. Para un país que durante décadas pensó su enclaustramiento como una condena, esa sería una transformación histórica dejar de ser un espacio bloqueado por la geografía para convertirse en un territorio que ordena la geografía de los demás.
Neddy Etman Choque Flores
Diplomático de carrera, Ingeniero Comercial e Ingeniero de Sistemas
