Emilio Martínez Cardona
Varias décadas atrás, el ensayista Carlos Rangel describió bien el fenómeno cultural en “Del buen indígena al buen revolucionario”, por el cual la romantización o visión idílica sobre los pueblos nativos del Nuevo Mundo, promovida entre otros por Michel de Montaigne, derivó mucho después en un relato igualmente ingenuo sobre quienes impulsaban la lucha armada con un discurso de “defensa de los oprimidos”.
Este fenómeno fue nítido en las décadas de los ’60 y ’70, aunque persistió de manera crepuscular por largo tiempo. Más recientemente, otro relato apareció en escena: el del “buen bandido”, el criminal romantizado que venía a ocupar el lugar de los fallidos revolucionarios.
En el plano intelectual, es posible rastrear los orígenes de la idea en los planteos del historiador marxista Eric Hobsbawn, quien acuñó el término de “bandidos sociales” para referirse a criminales que ejercían “una forma primitiva de lucha de clases”. La idea del historiador británico fue retomada en ámbitos académicos neomarxistas desde los ’80, influyendo en las estrategias de algunas corrientes de la izquierda radical.
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En la cultura popular, la tentación de romantizar al “buen bandido” es de larga data y podemos recordar, en el caso de los Estados Unidos, los intentos de idealizar a los criminales en la primera mitad del siglo XX. Algo que fue eficazmente combatido por el genio de J. Edgar Hoover, no sólo en el plano material sino también en el cultural, promoviendo la producción de cómics, series radiales y de televisión, en los que se ponía el foco positivo en el “guardián”, el héroe policial que podía ser un agente del FBI (los “G-Men”), un efectivo de uniforme o un detective privado.
Al final, aunque el cine y la televisión produjeron villanos memorables, Hoover ganó esa “batalla cultural” y la hegemonía de la heroicidad se mantuvo mayormente en el lado de la ley, así fuera con zonas grises y claroscuros.
En América Latina, en parte sobre la base previa del “buen revolucionario”, ha sido persistente el culto al bandido, particularmente en relación a los capos del narcotráfico o de otros actores de ese submundo. Esto es muy visible en creaciones como los narco-corridos mexicanos, aunque hay ejemplos en muchos países.
En Bolivia, podemos encontrar avenidas enteras de comercios populares, dedicados al expendio de coca y licores, donde la cartelería hace una referencia “simpática” a personajes como Pablo Escobar. Y en días pasados vimos, a raíz del operativo de captura y expulsión de Sebastián Marset, cómo el narco había sido retratado en un cuadro naif junto a otros de los capos icónicos de esa subcultura.
El relato del buen bandido debe ser combatido y esa batalla cultural puede ser parte de la estrategia en marcha para que América Latina deje de estar dominada por la “narcósfera”, que durante dos décadas y media fue construida por los regímenes del socialismo del siglo XXI.
