A pocas horas de la jornada electoral subnacional en Bolivia, el ambiente político dejó de ser un espacio de confrontación de ideas para convertirse en un campo de batalla de la psicología oscura. Incidentes recientes como la agresión mediática contra Waldo Albarracín y el vandalismo en el hogar de Ramón Daza no son hechos aislados, sino ejecuciones tácticas de lo que en inteligencia estratégica se denomina la etapa de campaña agresiva. Estos sucesos nos obligan, como ciudadanos, a evaluar si nuestro voto el domingo será un acto de libertad racional o el resultado de una exitosa operación psicológica diseñada para anular nuestro juicio.
El enfrentamiento entre Waldo Albarracín y la activista María Galindo es un ejemplo de manual sobre cómo hacer retroceder en un rincón emocional al oponente. La técnica consiste en provocar un colapso emocional mediante ataques personales y acusaciones vejatorias para desviar la atención de los asuntos programáticos y centrarla en la aparente inestabilidad del candidato. Al utilizar la creación de situaciones de doble vínculo, se atrapa al adversario en un escenario de pérdida total: si Albarracín se quedaba en el estudio, aceptaba la humillación; si se retiraba, era etiquetado como intolerante, logrando así desacreditarlo ante la masa.
Por otro lado, el ataque al domicilio de Ramón Daza en Cochabamba representa una operación de propaganda negra y sabotaje contra los activos críticos electorales de nivel. El uso de elementos macabros como un pollo muerto y la pintura en la fachada busca disparar la amígdala del electorado para inducir fobias y un sentimiento de inseguridad colectiva. Estos actos de terror psicológico pretenden que el ciudadano no elija una propuesta, sino que reaccione bajo una atención expectante y movida por el miedo, la emoción más explotable políticamente. Estos dos casos se suman a varios en diferentes puntos del país.
La ciencia política y la neuropolítica nos advierten que, bajo la influencia de estas tácticas, el nivel intelectual del individuo desciende y predomina la actividad medular sobre la cerebral. Los estrategas saben que el cerebro se cierra ante el miedo directo, pero se puede volver sumiso ante un discurso antimiedo que ofrezca certezas en medio del caos fabricado. Por ello, las élites operan como un gobierno invisible, manipulando los hábitos y opiniones para regir el destino social mediante la gestión del afecto y no de la razón.
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Es importante que este domingo, frente a la urna, el ciudadano reconozca que es el blanco de una maquinaria electoral que utiliza el conflicto, el rumor y el odio como combustibles. La estabilidad democrática no depende de líderes que se presenten como mesías en medio de la tormenta, sino de la capacidad del votante para distinguir entre la integridad real y un libreto de influencia emocional diseñado para fabricar su consentimiento. Ante el espejo del poder, cabe preguntarnos: ¿Votará nuestra convicción democrática o seremos simplemente el eco de una campaña que decidió que nuestra dignidad es el recurso más prescindible?
Lic. Miroslava Fernández Guevara
Periodista y politóloga
www.miroslavafernandez.com
