Felipe, Rodrigo y los felices años 90


El rey español y el presidente boliviano estudiaron juntos en Georgetown con 25 años donde coleccionaron aventuras, amoríos y muchas relaciones diplomáticas entre cervezas, pizzas y charlas hasta el amanecer

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Fuente: elpais.bo / Tarija
Lucio Fernández

 

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Este miércoles 11 de marzo se reúnen en La Paz dos hombres de 58 años que son Jefes de Estado de dos naciones distintas, que comparten una de sus nacionalidades, y sobre todo, una historia de camaradería entre libros de Relaciones Internacionales, pizzas y deseos de anonimato.

El Rey de España Felipe VI y el presidente de Bolivia Rodrigo Paz Pereira se estrecharán la mano ante las cámaras con toda la rigidez del protocolo, pero probablemente ambos estén recordando aquella pequeña casa de ladrillo visto en Winfield Lane, Washington DC, donde los dos jóvenes trataban de ser dignos de su herencia a la vez que disfrutaban de su juventud.

El «Cuartel General» de la libertad

Corría el año 1993. Washington D.C. era el escenario de un experimento de anonimato. Felipe de Borbón, entonces Príncipe de Asturias, buscaba un respiro de la asfixiante prensa española. En 1992 había sido uno de los grandes protagonistas de los Juegos Olímpicos de Barcelona y sus particulares dotes masculinas lo colocaban en el foco de las revistas del corazón en una España que se abría definitivamente al mundo. Tenía 25 años y una vida por delante prácticamente marcada: heredar el trono de España, que ya se había consolidado como democracia aún bajo la extraña figura de la Monarquía Parlamentaria,

Felipe se instaló en el selecto barrio de Georgetown junto a su primo, Pablo de Grecia para formarse en la Edmund A. Walsh School of Foreign Service, una de las claves del corazón político de la muy influyente universidad de Georgetown.

Aunque Rodrigo Paz no dormía bajo ese mismo techo, se lo considera el tercer mosquetero del grupo. Jaime Paz Zamora estaba acabando su mandato y Rodrigo, toda una vida saltando de casa en casa y país en país por los diferentes exilios, entendía mejor que nadie los «códigos de seguridad» y la soledad que a veces impone el poder. Rodrigo, Felipe, Pablo, junto a otros herederos y prominentes “hijos de” que estudiaban en la capital de Estados Unidos formaron una suerte de refugio de normalidad que también aliviaba a los servicios secretos norteamericanos que garantizaban la seguridad.

El truco de la gorra

Varias revistas de crónica rosa se hicieron eco de una de las anécdotas de la época Se cuenta que, en el salón de Winfield Lane, Felipe guardaba una vieja gorra de béisbol. Era su «capa de invisibilidad». Cada vez que lograba caminar por la calle sin ser reconocido, Rodrigo y Pablo lo celebraban como una victoria compartida sobre el destino, pues nunca fue fácil esconder a un tipo de 1,97 metros de altura.

Cervezas en «The Tombs» y cenas de Estado (en miniatura)

La vida de estos jóvenes de posgrado distaba mucho de los banquetes palaciegos que presiden hoy, aunque tampoco se parecían demasiado a los de los estudiantes de la UMSA.

Rodrigo ha recordado con humor aquellas cenas donde se cocinaba pasta o se pedía pizza mientras se arreglaba el mundo (o al menos Iberoamérica) hasta altas horas de la madrugada. Felipe se convirtió pronto en el representante de España en las posesiones presidenciales iberoamericanas y en diferentes cumbres, donde sin duda su agenda le ayudó a fortalecer relaciones.

Su lugar sagrado era The Tombs, un pub icónico bajo el restaurante 1789. Allí, entre jarras de cerveza y estudiantes de la American University, los agentes del Servicio Secreto se camuflaban entre la multitud para que los herederos pudieran ser, simplemente, ellos. Rodrigo Paz era parte de aquellos operativos donde Felipe también estableció lazos con los Kennedy, la “realeza republicana” de Estados Unidos y otros herederos de familias reales de Oriente Próximo, asiduos contactos de su padre.

Cuando la presión de D.C. apretaba, Rodrigo era parte de la «pantalla» de normalidad. Viajes de esquí y escapadas de fin de semana servían para despistar a los curiosos y fortalecer un vínculo que ha resistido tres décadas.

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Mientras la prensa del corazón acechaba a Felipe, Rodrigo mantenía el perfil bajo que hoy caracteriza su gestión.

De aquella época data “el romance americano de Felipe”: Fue la época de Gigi Howard. La modelo de Georgia, presentada por Marie-Chantal Miller, fue el gran apoyo emocional del Príncipe en aquellos años hasta que unas fotos en el Caribe en 1995 marcaron el fin de su anonimato, en un escándalo que incluyó hasta al FBI. A Felipe se le han adjudicado otros romances antes y después, como Isabel Sartorius o Eva Sannun.

Por el otro lado, Paz Pereira ya cimentaba su futuro personal con la discreción que lo ha definido hasta ahora. Su relación con Mari Elena Urquidi, madre de sus cuatro hijos, ha sido siempre su prioridad, alejado de los flashes que perseguían a su amigo español.

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Este miércoles, cuando los himnos nacionales resuenen, la mirada de complicidad entre Felipe VI y Rodrigo Paz será el recordatorio de que la diplomacia más sólida no se escribe en los despachos, sino en los pasillos de una universidad.

Treinta años después, el joven de la gorra de béisbol y el estudiante boliviano de economía vuelven a verse. Ya no hay pizzas en cajas de cartón, sino cenas de gala; pero en el fondo, siguen siendo aquellos amigos de Georgetown que soñaban con cambiar el futuro que hoy, finalmente, tienen en sus manos.