En Bolivia hemos normalizado un error peligroso: creer que cualquier profesional exitoso está listo para gobernar. Como si dirigir un país, un departamento o una ciudad fuera una extensión natural de dirigir una empresa, un estudio jurídico o una cátedra universitaria.
No lo es.
Y los resultados están a la vista. El mito del “buen profesional” se repite cada elección, los candidatos que exhiben títulos, trayectorias privadas exitosas o fama mediática, como si eso fuera suficiente para administrar el Estado.
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Pero gobernar no es acumular méritos personales. Gobernar es saber operar un sistema complejo, lento, conflictivo y altamente regulado. El que no entiende eso, fracasa. Y hace fracasar a todos.
El Estado no es una empresa, y es la confusión más común y dañina.
En el sector privado: Usted decide y ejecuta.
El objetivo es claro: rentabilidad o eficiencia.
El margen de maniobra es amplio.
En el Estado: Usted negocia cada decisión.
El objetivo es múltiple, difuso y muchas veces contradictorio.
El margen de acción está limitado por normas, burocracia y presión social.
Pretender gobernar con lógica empresarial es como querer pilotear un avión con manual de automóvil.
La improvisación cuesta millones (y mucho más). Cuando un amateur llega al poder, el problema no es solo que “aprende en el camino”. El problema es quién paga ese aprendizaje. Los hospitales sin insumos; obras paralizadas; presupuestos que no se ejecutan y los conflictos sociales que escalan por mala gestión.
Esto lo vemos en los tres niveles del Estado, y no basta que el presidente o el alcalde tengan experiencia en la gestión pública, también deberían tenerla sus ministros y secretarios conocer por lo menos básicamente como funcionan los engranajes del estado, haber pasado algún tiempo en el sector público.
La improvisación en la cabeza de una cartera pública, no es una anécdota. Es un daño estructural. La política sin gestión es demagogia.
Antes donde la política y el servicio público, sin la necesidad de ser institucionalizada formalmente, era una carrera. No se nombraba a un ministro al azar, por amistad o por la cantidad de títulos universitarios, se veía su conocimiento del sector público y se valoraba su capacidad, de acuerdo al plan que presentaba para resolver los conflictos y los nuevos proyectos dentro de la cartera que aspiraba.
No se lo nombraba y se esperaba que con el tiempo entendieran de que se trataba el trabajo que debía realizar.
Acabamos de terminar con las elecciones subnacionales, cada quien en su región voto ejerciendo su derecho democrático, pero, sin embargo, cuantos midieron la capacidad técnica para diseñar soluciones y capacidad política para hacerlas posibles, de sus candidatos
Estamos premiando la popularidad, confundiendo liderazgo con visibilidad.
Bolivia no tiene un problema de falta de talento.
Tiene un problema de criterios para elegir a quién gobierna.
Mientras sigamos eligiendo: caras conocidas en lugar de gestores, discursos en lugar de resultados, promesas en lugar de experiencia, seguiremos atrapados en el mismo ciclo.
Gobernar no es un reconocimiento al éxito personal.
No es un experimento.
No es un lugar para aprender.
Es una responsabilidad que exige preparación real.
Porque al final, un mal gobernante no solo fracasa él. Hace retroceder a toda una sociedad. Y eso, en un país como el nuestro, ya no es un lujo que podamos permitirnos.
