Carlos Hugo Barbery
Los precios bajan, pero no porque la economía mejore, sino porque el valor del dinero está desapareciendo del mercado.
En febrero de 2026 ocurrió algo que, en cualquier economía normal, sería motivo de alivio: los precios bajaron.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) reportó una deflación cercana al -0,61% en el Índice de Precios al Consumidor (IPC), en teoría, eso debería significar que el costo de vida se está moderando; pero hay un problema, ésta caída de precios ocurrió apenas semanas después que el precio de la gasolina aumentara 86% y diésel 163%, tras el levantamiento parcial de la subvención a los combustibles, y cuando el principal insumo del transporte y la producción sube de forma tan brusca, los precios no deberían bajar, a menos que algo más esté ocurriendo; y lo que está ocurriendo es preocupante, pues la deflación no es buena noticia.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
En economía, no todas las caídas de precios son positivas, existe una diferencia enorme entre una deflación por eficiencia que por debilitamiento. La primera ocurre cuando la productividad mejora y la segunda aparece cuando la economía comienza a detenerse y lo que Bolivia está experimentando hoy se parece mucho más a lo segundo.
El aumento del combustible generó un shock de costos que golpeó a toda la cadena productiva, pues transportar mercancías, producir alimentos o distribuir productos se volvió más caro, pero al mismo tiempo ocurrió algo igual de importante; las familias empezaron a gastar mucho más en transporte y ese dinero salió del mismo lugar de siempre que es consumo cotidiano, muy a pesar del incremento al SMN, pues cuando el ingreso disponible en términos reales se reduce, la gente compra menos y cuando la gente compra menos, el mercado se enfría y queda con menos compras.
El resultado ya empieza a verse en las calles y en los mercados, pues los comercios venden menos unidades físicas, los inventarios se acumulan y ante la necesidad urgente de liquidez, muchos comerciantes terminan rematando productos incluso a pérdida.
Los precios bajan, sí; pero bajan porque los comerciantes necesitan vender para sobrevivir, no porque producir sea más barato, no porque la economía sea más eficiente, sino porque el dinero circulando vale cada vez menos, pues a pesar de unos meses de desinflación, si vemos en perspectiva la “película completa” de los últimos 24 meses (feb-24=100) la inflación general ya acumuló 32,94% de pérdida del poder adquisitivo, y la de alimentos 45,79%.
Los datos también evidencian un enfriamiento de la actividad, pues lo que el ciudadano percibe como deterioro económico empieza ahora a aparecer también en las estadísticas oficiales.
Según el INE, la economía boliviana se contrajo -1,63% al cierre de 2025 y el trimestre más reciente apenas registró un crecimiento de 0,03%, prácticamente estancamiento, después de tres trimestres contractivos; esto sugiere que el país está en una fase recesiva gradual, no se trata de una desaceleración normal, es un ajuste por agotamiento financiero, pues cuando se combinan déficit fiscal, combustible más costoso y escasez de divisas, la economía termina ajustándose de la única forma posible, mediante la caída del consumo, y claro es que recesión con alta inflación, es estanflación.
Por otro lado, la variable que hoy sigue dominando la economía boliviana es una sola; la falta de dólares, que produce un efecto doble.
En el corto plazo, reduce la liquidez del mercado, las empresas restringen importaciones, frenan operaciones y circula menos dinero, cuando el dinero escasea, el consumo cae y cuando el consumo cae, los precios bajan, pero el verdadero problema aparece después; si las empresas no pueden importar insumos, repuestos o maquinaria, la oferta futura se reduce y cuando los inventarios actuales se agoten, los precios volverán a subir y por eso la deflación actual podría ser apenas una pausa antes de un nuevo ciclo inflacionario.
Ahora bien, mientras las estadísticas muestran una caída de precios, la percepción ciudadana cuenta otra historia. Las encuestas recientes de Ipsos Ciesmori y Captura Consulting en relación al Índice de Confianza del Consumidor (ICC) revelan una fuerte caída de la confianza en la economía. Los datos son contundentes: a) 54% de los bolivianos cree que la economía es muy débil, b) 78% teme perder su empleo, y, c) 76% dice tener menos capacidad de ahorro que hace seis meses. Aquí aparece una brecha importante entre indicadores y realidad, mientras que el IPC mide una canasta limitada de bienes estructurada el 2016, el ciudadano experimenta algo distinto reflejado en el ICC, que es el costo de vida real pues transporte, repuestos, alquileres, servicios y productos importados han subido y esos gastos pesan cada vez más en el presupuesto familiar.
Finalmente, como si con todo ello no fuera suficiente, aparece el conflicto bélico entre Estados Unidos, Israel, Irán, etc. que, con certeza, de prolongarse, le adicionará más problemas a los que ya se tienen en el país.
