Mujer, pero no madre: el tabú que aún incomoda


El tema en debate —y que como mujer es difícil no comentar— toca fibras personales y sociales profundas. En mi caso no soy madre, no tuve hijos ni me casé. Trabajé por mis sueños y horizontes, llegué a ocupar cargos públicos y a construir, paso a paso, una credibilidad como periodista. Sin embargo, la maternidad nunca se planteó en mi cabeza como un objetivo o una condición para alcanzar la felicidad. Siempre creí que el proyecto de vida de una mujer no tiene por qué medirse por el número de hijos, ni por el estado civil, sino por la coherencia con sus propios sueños.

Siempre tuve claro que algunas mujeres desean profundamente ser madres y otras simplemente no. En ese grupo —a veces incómodo para muchos— estoy yo. Pero lo curioso es que esa decisión rara vez se queda en el ámbito privado: la sociedad se encarga de recordártela. Tus jefes, tus amigos, tu familia o incluso desconocidos sienten el derecho de opinar.



Por eso el reciente debate generado por las declaraciones de Durby Andrea Blanco Bravo, directora interina de Igualdad de Oportunidades, no debería escandalizar a nadie. Una mujer que afirma públicamente que no quiso tener hijos no está cometiendo una herejía moral. Está ejerciendo un derecho. Puede que el momento o la forma de expresar su idea no haya sido la más acertada, pero el fondo del asunto sigue siendo el mismo: la maternidad no es un mandato obligatorio para validar la identidad femenina, y su profesionalismo.

Las cifras ayudan a entender por qué este debate es cada vez más frecuente. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la tasa global de fecundidad en América Latina cayó de más de 5 hijos por mujer en la década de 1960 a cerca de 1,8 en la actualidad, una de las reducciones demográficas más rápidas del mundo. En Bolivia, datos del Instituto Nacional de Estadística de Bolivia muestran que la tasa de fecundidad también disminuyeron significativamente en las últimas décadas, reflejando cambios en los proyectos de vida, mayor acceso a la educación y una creciente participación femenina en el mercado laboral.

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El problema, sin embargo, no es solo cuántos hijos se tienen, sino quién sostiene el trabajo invisible de los cuidados. De acuerdo con informes de la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres realizan más de tres veces el trabajo de cuidado no remunerado que los hombres en América Latina. Es decir, mientras las mujeres se incorporan cada vez más al mercado laboral, la responsabilidad del cuidado sigue recayendo mayoritariamente sobre ellas.

Ese es precisamente el punto que se pierde entre la indignación digital. Las declaraciones de Blanco surgieron en una discusión sobre corresponsabilidad de cuidados y sobre la necesidad de construir políticas públicas que permitan a las mujeres desarrollar su vida profesional sin renunciar a la maternidad si así lo desean. Porque el dilema real no debería ser elegir entre ser madre o cumplir los sueños, sino construir una sociedad donde ambas cosas sean posibles.

El mundo, nos guste o no, ya cambió. Hoy muchas mujeres deciden ser madres, otras deciden esperar y otras simplemente deciden no serlo. Ninguna de esas opciones debería escandalizar. Porque la libertad de elegir el propio proyecto de vida no debilita a la sociedad. Al contrario: la hace más libre, más honesta y, sobre todo, más justa.

 

Lic. Miroslava Fernández Guevara

Periodista y politóloga

www.miroslavafernandez.com