El 14 de marzo de 2026 falleció a los 96 años el filósofo alemán Jürgen Habermas,
Fernando Untoja
Ha muerto Jürgen Habermas, y con él parece apagarse una de las últimas voces que todavía creían que la razón podía sostener el mundo. No la razón fría de las máquinas ni la razón calculadora del mercado, sino esa otra razón más frágil y más exigente: la razón que aparece cuando los hombres se hablan.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Habermas pertenecía a una generación marcada por una pregunta terrible: ¿cómo pudo la civilización europea, orgullosa de su ciencia y de su cultura, producir al mismo tiempo Auschwitz? Sus maestros de la Escuela de Frankfurt —Max Horkheimer y Theodor Adorno— respondieron con un diagnóstico sombrío: la Ilustración había terminado por transformarse en dominación.
Habermas no aceptó ese veredicto final. Pensó, con una obstinación casi antigua, que el problema no era la razón, sino su mutilación. La modernidad había desarrollado prodigiosamente la razón instrumental: la razón que calcula, organiza, administra. Pero había olvidado otra forma de racionalidad más elemental y más humana: la capacidad de discutir, de justificar, de convencer mediante argumentos.
Su obra puede entenderse como una defensa casi solitaria de esa convicción. Allí donde muchos veían solo sistemas, estrategias o relaciones de poder, Habermas insistía en algo más sencillo y al mismo tiempo más difícil: los hombres pueden entenderse.
Pero la sociedad moderna parece olvidar cada vez más esa posibilidad. El dinero organiza la economía, el poder organiza la política, y los medios de comunicación transforman la discusión pública en espectáculo. El resultado es una curiosa paradoja de la modernidad: nunca hemos hablado tanto y nunca nos entendemos tan poco.
Frente a este ruido universal, Habermas defendió una idea que hoy suena casi ingenua y por eso mismo profundamente radical: una democracia solo puede sobrevivir si los ciudadanos conservan la capacidad de discutir racionalmente sobre su propio destino.
Quizá por eso su figura adquiere hoy un significado casi crepuscular. Habermas pertenecía a una tradición intelectual que todavía creía que la razón podía ser una fuerza de emancipación.
Con su muerte no desaparece solo un filósofo. Desaparece uno de los últimos hombres que se atrevieron a pensar que la humanidad todavía podía gobernarse mediante la palabra.
