
Vive en La Paz desde hace medio siglo e hizo de Bolivia su patria. Dirigió dos de las películas más emblemáticas de la historia del cine boliviano, Mi Socio (1982) y El día que murió el silencio (1998), y trabajó con maestros del cine como Antonio Eguino. Paolo Agazzi es un referente vivo del séptimo arte en Bolivia, y particularmente en los Andes, donde halló inspiración para sus mejores creaciones. En esta entrevista, el cineasta me habla sobre su vida, sus más importantes obras y su visión crítica del cine actual, la revolución tecnológica en la industria cinematográfica y las plataformas digitales de películas.
Cuéntame un poco de tu infancia y adolescencia en Italia…
Desde muy joven tenía previsto hacer cine. Nací y viví hasta mis 13 o 14 años en un pueblito y mis padres eran gente del campo. Había solamente una pequeña sala de cine de la parroquia, y ahí todos los domingos se exhibían películas norteamericanas en 16 mm. Por eso desde chiquito quería ser director de cine.
A partir de mis 14 años me transferí a la ciudad de Cremona, al norte de Italia, donde había salas comerciales. Al terminar el bachillerato, salí con una especialización en contabilidad y luego, en la universidad, estudié Ciencias Políticas y Económicas. Después de terminar el servicio militar fui a Milán y ahí empecé a trabajar en una multinacional norteamericana, y me enteré de que allí había una escuela de cine.
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Hacía las tres cosas: trabajaba, estudiaba en la universidad, pero más que todo estaba concentrado en la escuela de cine. Cuando terminé la escuela, la pregunta fue: «¿Y ahora qué voy a hacer?». En Milán no se hacía cine; Italia es Roma y Cinecittà las ciudades de cine. Para intentar hacerlo tenía que haberme mudado a Roma, pero al mismo tiempo hallé un trabajo que me gustaba y ganaba bien.
Se me ocurrió pedir un año sabático y decidí conocer las culturas precolombinas. Con dos amigas decidimos llegar hasta Perú. Tenía un amigo peruano, un pintor, que me dijo: «Si te vas a Cusco, de ahí puedes irte a Puno y de ahí está Bolivia; es un paso, a la vuelta de la esquina». Él organizaba un festival de cine latinoamericano y había una película que recién se había estrenado en Bolivia que era Pueblo chico, de Antonio Eguino. Me dijo: «Por favor, te vas a ir a La Paz y contactas a la gente». La productora se llamaba Ukamau y era de Jorge Sanjinés.
Conocí Bolivia y al cine boliviano a través de las películas de Sanjinés, que eran muy populares en las universidades. Estoy hablando de Yawar Mallku y El coraje del pueblo. Esa era la visión que tenía de Bolivia; además, se conocía a Bolivia en esa época por el Che.
¿Qué encontraste acá en Bolivia, en las historias de este país, que no hayas encontrado probablemente en tu natal Italia, para que hayas decidido quedarte?
Llegué a Bolivia casi como clandestino. En el Perú, en el tren que iba de Cusco a Puno, me robaron mi maleta, en la que estaba mi pasaporte. La gente ahí me dijo: «Es bien fácil pasar a Bolivia desde el Desaguadero». Entré a Bolivia clandestino. Una vez llegado a La Paz, fui a la Embajada italiana y me dieron un nuevo pasaporte. Con ese pretexto de la película fui a la productora Ukamau y conseguí que mandaran Pueblo chico al festival que se hacía en San Remo.
En ese entonces, Oscar Soria y Antonio Eguino ya estaban trabajando con la colaboración de Luis Espinal en el guion de Chuquiago. En la universidad también había tenido un amigo boliviano; era de Santa Cruz, de San Javier, y fui ahí. Fue interesante conocer algo de las misiones jesuíticas del oriente y Santa Cruz, que era una ciudad que estaba empezando, pero ya se notaba que tenía posibilidad de un desarrollo muy grande.
Al llegar de Puno en bus vimos El Alto de 1976: era un pueblito; además, llegamos de noche, todo oscuro. Yo me quedé sorprendido: «¿Esto es La Paz?». Pero luego llegamos a la Ceja y desde allí se veía la ciudad con todas sus luces. Fue impresionante.
Pensé que este país era complejo, muy interesante, y pensé quedarme un poco más antes de emprender camino. Como la única gente que conocía era la de Oscar Soria, les comenté que había estudiado cine, que me interesaba lo que estaban haciendo y pregunté si podía participar en sus reuniones de guion. Me permitieron participar en el trabajo de desarrollo del guion de Chuquiago. A partir de ahí empezó mi experiencia; el poquito tiempo que pensaba quedarme se hizo cada vez más grande, hasta que llegó el momento en que empezó el rodaje de Chuquiago y Antonio Eguino me preguntó si quería ser su asistente.
El cine boliviano era más conocido en Europa que el peruano. En Italia se conocía el Nuevo Cine Latinoamericano y fundamentalmente había tres directores famosos: Sanjinés, Miguel Littín y Glauber Rocha. Mi experiencia en el Perú me ayudó muchísimo a fortalecer mis planes de quedarme en Bolivia, porque la sociedad, la cultura y la situación política eran sumamente interesantes.
A mi retorno de Cusco, seguí participando en los trabajos de la productora Ukamau: documentales, algo de publicidad, etc. Eso me permitió conocer todas las áreas del cine con sus dificultades.
En esa época conocí a Jaime Paz Zamora, que volvía del exilio. Cuando llegué a Bolivia y vi que Jorge Sanjinés no estaba acá, hubo cierta decepción. Pero en el Cusco conocí a Sanjinés, que estaba volviendo del exilio porque ya había un clima un poco más tolerable en el gobierno de Banzer. Sanjinés volvía con su esposa, Beatriz Palacios.
Cuando retorné a La Paz, Jaime Paz Zamora me comentó que al reabrirse la universidad se iban a hacer unas renovaciones. Se creó la División de Extensión Universitaria con talleres de cine. Gané el concurso para el taller de cine; fue interesante porque no había habido hasta ese momento en Bolivia actividades de aprendizaje de ese tipo. En el taller participaban todos los cineastas que había en ese momento: Antonio Eguino, Jorge Sanjinés, Oscar Soria y Luis Espinal.
Espinal daba clase una vez a la semana porque estaba ocupado como director del semanario Aquí. Después lo secuestraron, lo torturaron y lo mataron. Se volvió a cerrar la universidad y se cerró también el taller de cine.
Vino el golpe de García Meza, que fue mucho más dramático. Durante ese periodo no había actividad y cortaron nuestro taller. Entonces decidimos con Oscar Soria escribir un guion que pensé como mi primer largometraje. Yo anteriormente había hecho un cortometraje que se llamaba Hilario Condori y me habían dado un premio. Ese fue el estímulo para hacer mi primer largo: Mi Socio. Empezamos a trabajar en Mi Socio con reuniones a veces medio clandestinas.
La relación entre el Brillo y el Vito, ¿crees que todavía puede reflejar la idiosincrasia boliviana?
Sí, el tema de la amistad entre un camba y un colla es todavía un tema vigente; esa diferencia cultural aún persiste. En el oriente hay muchos alteños, muchos paceños y también muchos cochabambinos que se van a Santa Cruz buscando un nuevo camino con todo lo que eso significa. Ahora, obviamente, los cambas tienen una necesidad muy grande de las migraciones por la mano de obra.
¿Cómo llegaste a pensar El día que murió el silencio?
Después de Mi Socio, que tuvo un éxito tan espectacular, quise hacer mi segundo largometraje: Los hermanos Cartagena. ¿Por qué motivo, después de una comedia popular y exitosa, decidí hacer una película política? Porque me sentía un poco «traidor» del cine de Sanjinés, a quien admiraba por su cine político-social, y evidentemente Mi Socio era una propuesta totalmente diferente.
Tenía la idea fija de hacer una película política donde iba a tocar dos factores muy importantes: la Revolución del 52 con la Reforma Agraria, y luego las dictaduras que yo había vivido muy de cerca, como la de García Meza. La posproducción de ambas películas, Mi Socio y Los hermanos Cartagena, la hice en Italia. Curiosamente volví a mi país, a los lugares donde teóricamente hubiera podido intentar hacer mi carrera, pero ya no me interesaba; ya me sentía muy parte de la realidad boliviana.
El problema fue que Los hermanos Cartagena se estrenó en la época de la hiperinflación. Fue terrible: ibas al cine, pagabas 10 pesos y al día siguiente esos 10 pesos valían menos de la mitad. Era la época en la que te daban unos vales para dos marraquetas al día por persona. Fue tan fuerte el desastre económico que dejé de hacer cine por 12 años. Hice televisión en el Sistema Nacional, luego en ATB y en PAT; pero fue una experiencia linda.
Me olvidé del cine hasta que, trabajando en la productora, me encontré en la calle con uno de mis colaboradores, Guillermo Aguirre —quien había participado en el guion de Mi Socio—, y me dijo: «Oye, tengo un guion, me gustaría que me lo produzcas». Lo leí, me gustó mucho y le dije: «Mira, yo te compro el guion, pero yo quiero dirigir esa película». Quería volver al cine con esa historia. Compré los derechos y luego lo adapté a mi manera de pensar sobre los medios de comunicación, inspirándome en el éxito que tuvo Carlos Palenque con La tribuna libre del pueblo y luego con la televisión.
La llegada de la radio revolucionó la vida de ese pueblo, cosa que ha sucedido siempre. Yo me acordaba de cuando era chico en mi pueblito en Italia: cuando por fin la parroquia decidió abrir una salita de cine, cómo cambió la vida.
Allí se introduce la radio en el pueblo de Villa Serena. ¿Esto lo ves como una invitación a la comunicación en un lugar donde no existía, o más bien como un intruso que viene a perturbar la paz? ¿Ves positivo ese cambio, ese «mover el piso» y que haya ruido?
Yo creo que sí, porque no era una programación ordinaria; no era solo pasar música. Se hacía partícipe a toda la población del medio de comunicación. Hay una frase que me parece la más graciosa de toda la película: «Los insultos son a dos pesos». Era una forma de ganar plata, pero también de involucrar a la gente.
Haciendo un análisis de la época actual, de inteligencia artificial y plataformas digitales, ¿cómo ves el hacer cine? ¿Es más difícil o más fácil?
Hay que tomar en cuenta dos aspectos que han influido en un cambio notable, no solo en el cine boliviano. Uno es cómo se ha impuesto lo digital: desaparece la película (el celuloide) como tal. Las cámaras para filmar en digital son mucho más baratas, entonces se democratiza el acceso al cine; ya no hay necesidad de mandar a revelar al exterior, haces todo acá. Si lo pudiera sintetizar en una frase, es la «democratización del cine a través de lo digital».
El otro aspecto son las multisalas. Antes había un número limitado de salas en el país. Recuerdo, por ejemplo, los estrenos de Chuquiago y de Mi Socio: la cola en el cine 16 de Julio llegaba hasta el Monje Campero; era casi un kilómetro de fila. Las multisalas han cambiado eso completamente. La gente ya no hace cola para ver una película determinada; va los miércoles de «dos por uno» a ver las películas más comerciales. Ya no es ese evento de ir a ver una película específica porque la sala solo proyectaba esa durante semanas. Esos dos factores, el digital y las multisalas, han cambiado profundamente el panorama.
La manera de hacer cine ahora, con lo digital, copó la industria más grande, que es la norteamericana. Y así como ocurre allá, ahora también en los pueblitos alguien puede hacer sus cosas con un celular. De hecho, acaba de terminar el Festival de Cortometrajes de la UPB. Este año fue la segunda versión y hubo 160 cortos. Eso confirma el concepto de democratización a través de lo digital; ahora ya no es solo con cámaras, sino hasta con el celular. Ese es el gran cambio.
Ahora, cuando vas con tus amigos, con tu pareja o con la familia a las multisalas, no vas necesariamente para ver una película determinada —a menos que vayas con tus hijos a ver una de Pixar, por ejemplo, que están de moda—, sino que van para pasar el rato. Una vez que terminan de comer la hamburguesa, dicen: «¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué hay en las salas?».
Ahí viene la importancia de internet, porque ahora la publicidad de las películas se hace a través de las plataformas sociales y todo el mundo está más informado. Pero informado no solo en términos de la calidad, que es subjetiva, sino en cuanto al éxito. Todo el mundo sabe que Avatar fue la película más popular y comercial con la que terminó el año pasado.
Decías bien esto de la democratización de hacer películas, y en realidad pasa con todo: con emitir tu opinión en redes o escribir un libro. ¿Eres crítico con esto? Porque obviamente la calidad disminuye.
Yo creo que sí. De los 160 cortos que participaron en la competencia, creo que unos 20 tenían un nivel profesional. Hubo alguna excepción que ganó, como el Javicho Soria, que hizo su primer corto con actores profesionales; ganó porque había un tema interesante. Pero, aparte de esas excepciones, hay un porcentaje de gente todavía amateur que ha participado en algún taller o clase. Ahora hay una abundancia de lugares para formar gente y la gente aplica lo que aprende, pero la mayor parte se siente muy aficionada.
Sin embargo, te das cuenta del interés que hay por manifestar su pensamiento sobre temas que llaman la atención. Por ejemplo, en los últimos años se ha dado a nivel internacional un empoderamiento de las mujeres. Antes casi no había mujeres directoras; ahora hay muchas y son candidatas al Oscar. En las universidades y escuelas de cine hay muchas mujeres participando, y eso también es un aspecto de la democratización de la sociedad.
Bolivia se destacó en los años 50, 60 y 70 por cierto tipo de cine, pese a que no había una ayuda gubernamental. Actualmente, países vecinos como Colombia, Perú y Chile están avanzando mucho. Colombia, por ejemplo, gracias al aporte de Netflix, que produce mucho allá. Chile tiene directores que se han ido a Hollywood y películas candidatas al Oscar.
¿Qué pasa con Bolivia? Se ha quedado atrás porque es uno de los pocos países donde el Estado no contribuye al desarrollo del cine. Salvo raras excepciones, como hace unos años con el fondo de Intervenciones Urbanas (PIU). Se destinó un monto y se hicieron muchas películas esos años, pero también tenían un sesgo ideológico. Los cineastas que postularon sabían perfectamente en qué medio se movían. Salvo alguna institución como Ukamau, que ya tiene una imagen muy consolidada y respetada, y que a pesar de la edad sigue haciendo proyectos, no hay incentivos.
Si el Estado no participa activamente creando fondos de fomento, no va a cambiar mucho. Ahora hay películas colombianas, peruanas o chilenas que suenan fuerte a nivel internacional. En Bolivia también ha habido excepciones en los últimos dos o tres años, como El gran movimiento de Kiro Russo, o directores jóvenes como Alejandro Loayza con Utama, que está teniendo éxito en el exterior. Pero son éxitos en determinados nichos culturales; no son películas masivas.
Chuquiago en su momento tuvo bastante éxito. Yo, con El día que murió el silencio, tuve la suerte de encontrar una distribuidora alemana que llevó la película a muchísimos festivales y la vendió bien. Luego, lo que te llega a ti es una mínima parte, pero se distribuyó mucho. Esa distribuidora alemana vendió los derechos a una norteamericana que estrenó la película en Nueva York y luego la vendió a HBO. No al HBO Latino, sino al HBO norteamericano con subtítulos en inglés. Pero son excepciones.
Yo creo que el cine boliviano no contará en el futuro con una decisión firme y continua. Ni siquiera han pagado las cuotas de Ibermedia; por ejemplo, en los últimos tres años ninguna película boliviana pudo beneficiarse del fondo en efectivo porque Bolivia no había pagado su cuota.
¿Tienes proyectos próximos?
Sí. Grabé un teaser de 10 minutos sobre Warisata que sirve para conseguir fondos, pero nadie internacionalmente te da financiamiento si no hay un apoyo local o seguridad de que las cosas se darán. Después de haber hecho ese teaser, pasaron 12 años y yo ya había perdido la esperanza.
Luego vino el proyecto de Jorge Sanjinés de hacer Historias de libertad. Me llamó y me ofreció dirigir una de las películas, que era sobre el penal de Chonchocoro. Leí el guion y le dije: «Mira, Jorge, no es lo mío precisamente». Pero él me insistió. Lo de la Escuela Ayllu de Warisata era uno de los temas que consideramos un hecho históricamente muy importante para la educación en Bolivia. A Sanjinés le gustó el teaser y, por un milagro, después de 12 años, el año pasado se me dio la satisfacción de hacer la película. Estoy contento. Obviamente tuvimos que reducirla para la televisión, porque había un contrato de emisión; yo tengo una versión de una hora y media, pero tuve que dejarla en una hora y diez minutos para la TV. Ha sido una satisfacción grande porque ya había perdido la esperanza. Además, tengo varios guiones escritos que están esperando.
Quiero ver qué va a suceder en estos días; se está revisando el reglamento de la nueva Ley de Cine, que no se ha aplicado como debería por falta de reglamentación y de puntos de contraste. La idea fundamental es que se cree un fondo de fomento renovable.
Es interesante lo que dicen sobre que, con el surgimiento de las plataformas, el cine tradicional se va a morir. Ahora están de moda las películas de tres horas y media. Leí una crítica de un famoso crítico de cine español —es muy agudo—, Carlos Boyero, que escribe en El País. A propósito de una película llamada Annette, decía algo así como: «Tu culo no te va a perdonar no haberte levantado una hora después de empezar a verla». Y tenía razón, porque es una película muy densa. Por eso están las plataformas. Hace unos años, cuando se estrenó Roma en plataforma y no en salas, fue todo un evento.
¿Te gustó Roma? ¿Y qué opinas en general de las plataformas de streaming?
Se habló mucho, pero a mí me pareció aburridísima. Fui a ver El irlandés, que dura tres horas y cuarenta minutos. La película está muy bien hecha, pero estás en la sala de cine obligado a estar sentado todo ese tiempo. Boyero tiene razón: tu culo no te lo perdona, aunque sea una película muy bien filmada o actuada.
Por eso ahora todo el mundo dice que las producciones de Netflix son una mierda, pero es mentira. Netflix ha comprado catálogos de Warner o Paramount y está metiendo clásicos. Yo he vuelto a ver El padrino ahí. En Netflix hay de todo: series, películas novedosas financiadas por ellos y también clásicos. Esto es fundamental para la gente de tu generación, que seguramente no tuvo en su momento la posibilidad de ver ciertas obras consideradas clásicas, a menos que uno sea muy cinéfilo y las busque como sea.
Ahora ha habido cierto movimiento en las salas de cine por las películas candidatas al Oscar; la gente va. El año pasado se habían suspendido varios estrenos, pero este año la esperanza es lograr expresarse a través de la cámara y de las cosas… En fin.


