La gente se expone a diario al cruzar el Piraí para ir a trabajar y a realizar sus actividades. Desde hace dos semanas también pueden utilizar una tirolesa. Exigen acelerar la rehabilitación del puente que colapsó en la riada de hace tres meses
Por: Carmela Delgado y Deisy Ortiz

Fuente: El Deber
Cada día, pobladores de Colpa Bélgica se enfrentan al caudal del Piraí. No hay puente, solo la necesidad de cruzar al otro lado. Los dedos de los pies descalzos buscan apoyo en el sedimento del lecho del río, mientras el agua les golpea las rodillas y a veces incluso les llega hasta el pecho. El equilibrio depende de la fuerza del agua y de la calma en medio de la corriente.
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Desde hace dos semanas también está la opción de la tirolesa, un cable de acero tensado de orilla a orilla, por el cual hombres y mujeres desafían las alturas aferrados al soporte que los sujeta.
No tienen más alternativas para llegar a sus fuentes de trabajo, a la universidad, o realizar otras actividades desde que el puente colapsó en diciembre del año pasado, cuando la riada cortó el paso directo a ese municipio.
El movimiento es intenso desde muy temprano. Apenas asoma la claridad del día, las figuras de las personas se mueven en medio del agua que arrastra algunas ramas y sedimentos, por lo que cruzar es una prueba de coraje.
Pasan cargando mochilas y bolsas. Tienen que buscar el equilibrio calculando cada movimiento para evitar desplomarse sobre la corriente.
En medio del grupo que salió muy temprano estaba René Sandóval, quien terminó empapado hasta el pecho. Sin embargo, su auto estacionado al otro lado del río lo esperaba con una mochila de ropa. Rápidamente se cambió y se puso al volante para iniciar el recorrido que realiza llevando y trayendo pasajeros hasta Warnes.
“Pagamos a un guardia para que cuide los vehículos; todos los días es la misma rutina de ir y venir. Eso lo estamos haciendo desde el año pasado, cuando se cayó el puente”, dijo.
La misma rutina tiene Carlos Enrique Vera (55), que todos los días acude a trabajar cargando leche. “Debemos tener fuerza en las piernas para que el río no nos arrastre. Paso en la mañana y en la tarde. Creo que las autoridades están tardando mucho, porque a diario arriesgamos la vida”, dice al recordar un momento traumático que vivió cuando el río lo arrastró unos 50 metros. “Me resbalé y sufrí un desgarro en la pierna que me dejó una semana sin poder trabajar”, cuenta.
A la odisea de cruzar el río se suma una caminata de al menos un kilómetro entre arena y palizada hasta alcanzar el camino, donde taxis y motocicletas los esperan para trasladarlos hacia la carretera, a Warnes u otros destinos. “Por ahí está alta el agua, váyase por la derecha”, advierte Ricardo a quienes se cruzan en su trayecto hacia los trufis. Acaba de quitarse la ropa empapada y apura el paso para no llegar tarde a su fuente laboral.
“Trabajo en Warnes. A veces nos juntamos entre dos o tres para cruzar cuando el río viene con fuerza. Ahora que empieza la zafra hay más gente intentando pasar; es necesario que aceleren la construcción del puente”, reclama.
Entre quienes también buscan atravesar el río está Santiago Pizarro, guardia de seguridad en un ingenio azucarero. Madruga porque su horario de ingreso es a las 8:00. “No queda más que arriesgarse, porque esta es la única forma de llegar directo a Colpa Bélgica”, dice.
Rafael Pairema tiene presente el día en que el turbión arrasó con todo a su paso, incluso con el puente. Fue el 13 de diciembre y cinco días después la población improvisó formas de salir hacia sus fuentes de trabajo. “Fue sumamente grave. Las autoridades tardaron mucho y no reforzaron los defensivos”, cuestiona, aunque rescata que ya se construye una nueva estructura. “Hay días en que el turbión está bravo y no se puede cruzar. Por fortuna ahora está la tirolesa”, indicó.
Milton Gómez (30) decidió hace tres meses trabajar como guía de quienes cruzan el río. Cobra entre Bs 5 y 10. “Los sujeto bien para que el agua no se los lleve y cruzamos las cargas. A veces hago hasta 15 vueltas; todo depende del movimiento”, dice.
Pasa todo el día mojado, aunque carga ropa seca para cuando siente mucho frío. “Cuando vemos que el agua está subiendo dejamos de trabajar, porque no hay que arriesgarse tanto”, sostiene.
Entre las conversaciones que escuchan en el lugar está la historia de un hombre que murió arrastrado por el río mientras intentaba cruzar.
En altura
En la fila que se forma para usar la tirolesa está Lesly Navia, quien vive en Portachuelo, pero trabaja como profesora en Colpa Bélgica. Cada día gasta Bs 100 en la travesía de ida y vuelta, en varios tipos de transporte.
Tiene que madrugar, pues debe tomar un transporte público desde Portachuelo hasta Montero; luego, otro hasta Warnes, desde donde continúa hasta el cruce del río. Allí debe hacer fila para pasar por la tirolesa y, finalmente, tomar una mototaxi que la lleve hasta la escuela. “Estamos trabajando solo para el pasaje hasta que haya una solución”, sostiene.
Es profesora de segundo de primaria, por lo que debe salir a las 5:30. Sin embargo, cuando optan por la ruta del Urubó, tienen que partir media hora antes, ya que el trayecto es mucho más largo.
Luis Paz también esperaba en la fila para transportar material hacia una propiedad por Colpa Bélgica. “Esta es la mejor opción que tenemos; es una ayuda para la población, porque la otra alternativa es mojarse en el río, por eso mucha gente hace la fila”, dice.
Los trabajos
El 13 de diciembre del año pasado, una riada provocó el colapso del puente de Colpa Bélgica.
El 7 de febrero pasado el gobernador Luis Fernando Camacho colocó la piedra fundamental para la rehabilitación del puente. Se estableció un plazo de cinco meses para concluir los trabajos. La empresa constructora avanza en las obras.
La población espera que se concrete el compromiso asumido sobre la construcción de otro puente de 402 metros en la siguiente gestión departamental.
Fuente: El Deber



