Lourdes Lazo despertó entre los escombros del minibús instantes después del impacto. Pese a sus heridas, tomó entre sus brazos el cuerpo de Rubén, su sobrino de 12 años, y caminó sin entender por qué nadie la auxiliaba
Fuente: eldeber.com.bo
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“Por favor, mi mamá aún no está lista”. Fue lo único que alcanzó a pensar Lourdes Lazo Murga. Una fracción de segundo después, parte de un avión Hércules C130 se estrelló contra el minibús que conducía su padre, Julio Lazo Mamani, de 56 años. En el vehículo viajaban ella y otros ocho miembros de su familia, entre ellos tres niños.
“En ese momento cerré los ojos y sentí como si una mano grande me tomara en el aire. Era la mano de Dios que me protegió como a una joya. Después fue como si yo misma saliera con mis propias fuerzas de ese lugar. Fue Dios quien me salvó con su mano, a mí y a mi mamá”, relató Lourdes a sus familiares el día en que le retiraron la máscara de oxígeno. Lo primero que expresó fue su deseo de contar su testimonio a sus hermanos de fe.
La joven mujer de 33 años, al igual que su madre, Adela Murga Quispe de 53 y su sobrino de 12 años, Rubén Marcelo Pérez Murga, forman parte del grupo de sobrevivientes del accidente aéreo ocurrido el 27 de febrero en la ciudad de El Alto. En ese hecho perdieron la vida 23 personas y otras 37 resultaron heridas.
Siete de los fallecidos eran familiares de Lourdes, quienes viajaban en el mismo minibús de regreso a casa tras asistir a una jornada de oración en la iglesia cristiana de Los Andes. Uno de los parientes compartió a EL DEBER parte del testimonio de Lourdes y de su madre Adela.
Todos coinciden en que aquella noche estuvo marcada por la angustia y la incertidumbre, desde el momento en que se enteraron de la caída del avión hasta la confirmación de la muerte de varios de sus seres queridos. Sin embargo, la experiencia de ambas mujeres parece sobrepasar cualquier explicación racional y ellas insisten en una sola palabra: milagro.
El reporte
Los datos oficiales señalan que solo una de las 23 víctimas fatales era miembro de la tripulación del avión con matrícula FAB 81, que ese día volaba para la empresa Transportes Aéreos Bolivianos (TAB). La aeronave de la línea estatal de carga se estrelló cerca a las 18:15 con 17 toneladas de billetes en cortes de 10, 20 y 50 bolivianos que debían ser entregados al Banco Central de Bolivia, pero que terminaron robados o quemados.
El resto de los fallecidos y heridos eran transeúntes y pasajeros de al menos 15 vehículos que circulaban por la avenida Costanera y calles aledañas del barrio Municipal Illimani, ubicado detrás del Aeropuerto Internacional de El Alto.
El Gobierno y la Fiscalía informaron que existen al menos cinco investigaciones abiertas para esclarecer las causas del accidente. La más importante está a cargo de una Junta Militar que analizará los datos de las cajas negras y podría entregar resultados en un plazo de seis meses.
La familia Lazo
La familia de Lourdes se dedica a la confección de tejidos en máquinas manuales: guantes, chompas, mantas y chullus, entre otras prendas. Aquella mañana, el grupo salió de su casa rumbo a la iglesia, donde participaron en una jornada de ayuno y oración por la salud de Guillermina Murga Quispe, quien padecía una enfermedad desde hacía varios meses. Ella asistió acompañada de dos de sus hijos, Mizael y Rubén Marcelo, de 10 y 12 años.
“Esa mañana nos mandaron un video. Allí se los ve a todos felices en el minibús. Yo no pude ir porque tenía que cumplir con un contrato”, recordó uno de los familiares.
Según el relato, a las 18:19, solo minutos después del impacto del avión, Adela Murga logró hacer tres llamadas a su hijo, quien no alcanzó a contestar. A las 18:44 ella volvió a insistir y envió por WhatsApp un mensaje de texto incomprensible. Tres minutos después, a las 18:47, logró enviar un breve mensaje de voz: “Hijo, hijo… nos hemos accidentado”. De fondo se escuchaban gritos, llanto y el sonido de las ambulancias.
Un avión contra un minibús
Cuando el hijo encontró el minibús de su padre, alrededor de las 21:30, luego de romper el cerco policial que les impidió el paso durante dos horas, quedó paralizado. Era imposible imaginar que alguien hubiese sobrevivido al estado en que quedó el vehículo. Sin embargo, a esa misma hora uno de sus ahijados logró ubicar a Adela y a Lourdes entre los heridos en un hospital.
“Cuando llegamos a ver el auto fue una escena terrible, impactante. Había restos humanos por todo el lugar. Unos amigos nos ayudaban a monitorear el estado de salud de mi mamá, mi hermana y Rubén, que estaban en el Hospital Corea. Nosotros seguimos buscando a los otros familiares, pero ya no había dónde ir”, relató.
A las tres de la madrugada, luego de peregrinar por varios hospitales sin obtener información certera, uno de sus temores se confirmó al ingresar a la morgue judicial del Hospital de Clínicas, en la ciudad de La Paz.
“Fue otro impacto tremendo para nosotros ver los cuerpos de la familia”, contó el hijo de Adela. Los siete estaban juntos. Algunos tenían el rostro irreconocible; otros habían perdido partes de la cabeza, las piernas o los brazos. “Esa noche no dormimos nada”, lamentaron.
El impacto del avión convirtió la estructura del minibús en una trampa mortal de metales retorcidos, piezas cortantes y fragmentos que actuaron como cuchillas. La imagen del vehículo destrozado sobre la avenida Costanera reflejaba con crudeza el horror vivido por los pasajeros.
Hijo
Al día siguiente, cuando los médicos del Hospital del Norte autorizaron las visitas, los familiares encontraron a Lourdes recostada, con los ojos brillosos por las lágrimas y respirando con dificultad a través de la máscara de oxígeno.
“Mi mamá estaba sin oxígeno, pero apenas podía hablar. “Hijo”, me dijo otra vez. Luego lloraba y parecía que quería preguntar algo. “Papá, papá”, eso escuché. Ese momento nos contuvimos para no llorar y les mentimos. Les dijimos que todos estaban internados, que ellas tenían que recuperarse y que no se preocuparan. Pero dos días después tuvimos que decirles la verdad, porque en la sala había televisión y querían ver las noticias. Dios quiso salvar a mi mamá y a mi hermana. No sé qué habría hecho si mi mamá también hubiera muerto; habría quedado completamente solo”, relató.
La indiferencia y el héroe
La fortaleza también llegó a través del testimonio de Lourdes. Ella contó que, en el momento del accidente, estaba sentada junto a su padre, quien conducía el minibús. Recuerda haberle pedido que manejara con cuidado porque aún caía granizo y se escuchaban relámpagos.
Entonces vio por la ventana lateral cómo el Hércules C130 descendía hacia ellos.
Cerró los ojos y pensó: “Por favor, mi mamá aún no está lista”.
Luego sintió, según su relato, la protección de esa mano divina. Tanto Lourdes como Adela aseguran que despertaron doloridas, pero sentadas en sus respectivos asientos.
Adela logró salir de entre los escombros y caminar unos pasos. “Quería ir a pedir ayuda y traer una ambulancia, pero no pudo sostenerse”, contó su hijo.
Los recuerdos de Lourdes son más duros. Dice que fue ella quien sacó a Rubén de entre los restos del minibús. El niño ya no tenía sus dos piernas, pero seguía con vida.
“Dice que lo cargó en brazos y caminó un poco. Vio cómo la gente corría hacia el avión y no entendía por qué nadie le ayudaba”, relató su hermano.
Días después, al enterarse de que el avión había esparcido el cargamento de billetes que transportaba, Lourdes encontró una explicación dolorosa para la indiferencia de muchos.
Aun así, en medio del caos apareció una figura que ella recuerda con emoción: un hombre que decidió ayudar.
Según su testimonio, ese desconocido intentó detener a varias ambulancias que, por extraño que parezca, pasaban sin detenerse. Finalmente levantó una enorme piedra sobre su cabeza y se plantó frente a un vehículo de emergencia.
“Ella dice que ese señor amenazó al chofer y obligó a bajar a los paramédicos. En ese momento recién auxiliaron a Rubén, lo subieron a una camilla”, relató su hermano.
Lourdes aún quisiera saber el nombre de ese samaritano, al que considera un héroe.
Pero su intención no era solo salvar a su sobrino. También quería volver por su hija, Luz Naomi, de siete años. Quienes la auxiliaban la retuvieron por la fuerza y le dijeron una verdad devastadora.
“Señora, te tenemos que llevar o también te vas a morir. Tu hija ya está muerta. Tienes que venir con nosotros”.
Las pesadillas
El valor de una madre y hermana merece ser contado, resaltan sus familiares. Ambas sobrevivieron con graves lesiones. Adela sufrió profundos cortes, mientras que Lourdes recibió decenas de suturas por las heridas provocadas por los fierros que dejaron expuestos algunos músculos.
“Tiene un corte profundo en uno de sus brazos, otro en la espalda hasta la pierna y fracturas en la cara, pero gracias a Dios no perdió ninguno de sus miembros. Realmente es un milagro. En ese momento dice que no sintió nada, pero ahora todo su cuerpo está lleno de moretones y heridas”, contó un allegado.
Madre e hija fueron dadas de alta la semana pasada y continúan su recuperación en casa.
Adela aún no logra peinar sus trenzas porque los vidrios incrustados en su cabeza dejaron partes sin cabello.
Ambas guardan su testimonio para cuando puedan contarlo ante su congregación, donde esperan agradecer a Dios por el milagro de seguir vivas, pese a la pérdida de gran parte de su familia.
Sin embargo, las noches siguen siendo difíciles. Las pesadillas regresan una y otra vez, recordándoles el instante en que aquel avión les arrebató una parte de su vida.

