La democracia no se reduce al simple acto de depositar un voto en una urna. Democracia significa respeto a los derechos humanos, vigencia plena de las libertades fundamentales y funcionamiento efectivo de un verdadero Estado de Derecho. Cuando estos principios se debilitan o se vulneran, el sistema democrático pierde legitimidad y la voluntad popular corre el riesgo de ser reemplazada por intereses ajenos a la ciudadanía.
En el municipio de Porongo, desde hace varios procesos electorales, existe una creciente preocupación ciudadana sobre prácticas irregulares que podrían distorsionar el resultado de las elecciones. No se trata de rumores aislados ni de acusaciones propias del fragor político. Son situaciones ampliamente comentadas en el ámbito local y que, lamentablemente, se repiten con preocupante frecuencia.
Entre estas prácticas se mencionan el traslado irregular de votantes desde otros municipios, el registro de personas que no residen realmente en Porongo, la manipulación interesada del padrón electoral y diversas formas de presión o inducción del voto. Si estas conductas se toleran o se normalizan, el principio fundamental de la democracia, que cada comunidad decida libremente su destino, queda seriamente comprometido.
En este punto, la responsabilidad institucional es clara. El sistema electoral boliviano, encabezado por el Tribunal Supremo Electoral y los tribunales electorales departamentales, tiene el mandato constitucional de garantizar procesos electorales transparentes, equitativos y confiables. Cuando existen denuncias reiteradas sobre irregularidades, la respuesta no puede ser el silencio ni la indiferencia. La democracia exige vigilancia permanente, controles rigurosos y decisiones firmes.
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Pero este no es únicamente un problema administrativo. Es, sobre todo, un problema político y ético. Porque cuando se permite que el padrón electoral sea manipulado o que voten personas que no pertenecen realmente a una comunidad, lo que se está haciendo es quitarle a los ciudadanos su derecho legítimo a decidir sobre su propio gobierno local.
Porongo merece autoridades elegidas por quienes viven, trabajan y construyen diariamente el municipio, no por electores circunstanciales movilizados con fines políticos. La transparencia electoral no puede ser una simple consigna; debe traducirse en acciones concretas: depuración rigurosa del padrón, verificación efectiva de la residencia de los votantes y sanciones claras para quienes promuevan o participen en prácticas fraudulentas.
Sin embargo, la defensa de la democracia no depende únicamente de las instituciones. También depende de la conciencia cívica de los ciudadanos. Cuando surgen dudas sobre la limpieza de un proceso electoral, el silencio deja de ser neutral y se convierte en complicidad. Probablemente personas que promuevan y se prestan a esta mala práctica, no conocen que están cometiendo un Delito Electoral, penado con privación de libertad.
Ha llegado el momento de que los propios vecinos de Porongo asuman un rol activo en la defensa de su democracia local. Cada ciudadano puede convertirse en un vigilante del voto: revisando el padrón, denunciando irregularidades, participando como observador y exigiendo que se respeten las reglas.
La democracia no se hereda ni se delega. Se defiende.
Y hoy, más que nunca, los vecinos de Porongo están llamados a convertirse en los guardianes de su voto, de su municipio y de su futuro.
Porque cuando un pueblo permite que le arrebaten su voto, pierde mucho más que una elección: pierde su libertad de decidir su destino.
Fernando Crespo Lijerón
