Las elecciones subnacionales del pasado 22 de marzo dejan más preguntas que certezas; sin embargo, existen hechos contundentes que ayudan a entender el momento político que vive Bolivia.
El MAS, tal como lo conocíamos, ya no existe.
La victoria de Leonardo Loza en Cochabamba no debe interpretarse como un triunfo automático de Evo Morales ni como una señal de reinstalación del masismo. Loza ganó porque polarizó con Manfred y, además, recogió la votación de los cocaleros del Chapare y sus afines en el valle.
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Evo trató de anticipar la victoria de sus correligionarios camuflados en diferentes agrupaciones. Ni él mismo lo cree, porque sabe que en ese modelo no existe cohesión ni consistencia ideológica; solo quedan intereses y compromisos de gestión.
Al no existir el paraguas de un gobierno nacional, cada actor debe buscar satisfacer sus propias necesidades. En ese escenario, Evo no suma: representa una carga negativa para la necesaria vinculación con el Gobierno de Rodrigo Paz Pereira.
Luis Arce llegó al poder como supuesto heredero de Evo, pero rompió con él en poco tiempo, siendo acusado de traidor y sepulturero del propio instrumento político.
¿Puede repetirse la historia con Loza? No es seguro. Pero hay una regla inmutable en política: el poder no se comparte. Cuando Loza asuma la gobernación, el poder será suyo, no de Evo. Pensar que habrá espacios “cedidos” es desconocer la lógica real del poder… y también el estilo de Morales.
No es descabellado imaginar un escenario en el que el propio Loza termine facilitando que Evo deba rendir cuentas ante la justicia. En política, las lealtades duran lo que dura el interés.
El segundo hecho relevante es que no se trató de una elección con predominancia renovadora.
El mapa político muestra una mezcla interesante: emergen nuevos liderazgos, pero también sobreviven figuras con larga trayectoria.
En gobernaciones y capitales de departamento, el panorama es mixto: caras nuevas conviven con políticos consolidados. En municipios pequeños, la renovación parece imponerse.
Sin embargo, hay un dato preocupante: la legitimidad electoral es baja en la mayoría de los casos; son pocos los que lograron una votación sólida.
Tres gobernadores superaron el 40% de votación: Gabriela de Paiva en Pando, René Joaquino en Potosí y Leonardo Loza en Cochabamba. Este es un hecho importante, ya que consolida legitimidad, asegura la victoria en primera vuelta y otorga una probable mayoría en la ALD.
En Santa Cruz, Mamen obtuvo un resultado contundente, logrando 10 de 11 concejales. En Tarija, Johnny consiguió un resultado similar, alcanzando 7 concejales, lo que le da un amplio margen de acción.
En Cochabamba, Manfred deberá negociar en el Concejo, aunque es experto en ello.
De igual manera, Mauricio en Trinidad tendrá que demostrar su talla política.
En el resto de las capitales, la votación fluctuó entre el 15% y el 30%, lo que anticipa gestiones débiles y altamente condicionadas.
Estamos frente a un claro escenario de fragmentación política.
La dispersión del voto se traduce en concejos municipales atomizados, con múltiples fuerzas políticas y sin mayorías claras. El caso de La Paz es emblemático: siete concejales de siete siglas distintas.
Esto no representa diversidad democrática, sino un serio desafío a la gobernabilidad.
Los alcaldes que asumen con baja votación y sin respaldo sólido en sus concejos deberán convertirse en verdaderos arquitectos del consenso. Sin acuerdos, no habrá gestión; sin gestión, la frustración ciudadana crecerá.
Estas elecciones no consolidaron un proyecto dominante. Por el contrario, revelan un sistema político fragmentado, en transición y con liderazgos en disputa.
El nuevo ciclo político en Bolivia no será de hegemonías. Será un periodo de tensiones, negociación… y supervivencia.
Jaime Navarro Tardío
Político y exdiputado nacional
