Salman gana, Foucault pierde


Emilio Martínez Cardona

A pesar de las fatwas (órdenes mundiales de asesinato) emitidas contra él por los clérigos fundamentalistas de Irán, por el solo hecho de atreverse a un enfoque irónico sobre el profeta en su novela más conocida, y de la pérdida de un ojo en el atentado más reciente perpetrado en su contra por los fanáticos, el escritor Salman Rushdie acabó sobreviviendo a los dos máximos ayatolas del chiísmo, Jomeini y Khamenei, que promovieron el terrorismo a escala global.



Salman gana la partida, en lo que puede considerarse una victoria internacional para la libertad de expresión sobre la censura, de la imaginación literaria sobre un dogmatismo medieval que buscó proveerse de armas nucleares para “borrar de la faz de la Tierra” a sus enemigos.

En cambio, quien pierde la partida con el derrumbe y desenmascaramiento del régimen de los ayatolas es Michel Foucault, el filósofo que hizo propaganda en favor de la revolución iraní de 1978 calificándola de “liberadora” y de “espiritualidad política”, con tal de que existiera una nueva amenaza contra ese Occidente en el cual vivió, se formó y al que deseaba destruir.

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Muy tarde y tibiamente expresó algunas decepciones, cuando las brutalidades del jomeinismo eran demasiado evidentes, con titulares de prensa mucho más pequeños que los que había generado con sus apoyos resonantes.

Foucault, claro, no llegó a ver la presente caída, pero sigue siendo leído y venerado por las tropas universitarias de la izquierda del “tontismo útil”, surgida como él de los claustros de la libertad desarrollada en Occidente pero que se empeña en la vía de la “deconstrucción” civilizatoria.

Esa izquierda increíble que, una vez que los obreros prefirieron la movilidad social de las economías de mercado antes que la opresión burocrática en los despotismos de tipo soviético, buscó “sujetos revolucionarios alternativos” que encontró en cualquier lado, incluso entre los mal llamados “mártires” que se arrojaban con chalecos de explosivos contra las masas de infieles, alentados por las alucinatorias recompensas post-mortem prometidas por los ayatolas.

Ahora, el régimen chiíta da sus últimas estocadas, debatiéndose entre una resistencia terminal de estilo bunker hitleriano o una transición con elementos “moderados” del mismo sistema, al modo que se está ensayando en Caracas. Pero lo cierto es que ya no podrá volver a ser uno de los principales arietes del club mundial de las dictaduras.

Con una Rusia empantanada en su invasión de Ucrania y que no pudo asistir a sus protectorados de Siria, Venezuela e Irán; y una China que mira cautamente de palco, podemos afirmar que el hegemón principal del orden internacional seguirá siendo, al decir del historiador Paul Johnson, “un Leviatán constitucional y democrático”.