La gente pasa la noche en las puertas de los hospitales para conseguir atención. Un informe del Ministerio de Salud evidenció las falencias y detectó que hay personas que esperan hasta tres meses para ser asistidos
Por Deisy Ortiz Duran
Fuente: eldeber.com.bo
En medio del silencio de la noche, en las puertas de los hospitales cientos de pacientes viven un calvario para conseguir atención médica. Madres con sus niños en brazos ruegan porque los reciban y enfermos soportan el dolor en las bancas o en el piso, algunos resignados a la crueldad de un sistema desbordado.
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Sentada en las gradas del ingreso principal del hospital de Niños y sin saber qué hacer Alejandrina Velasco aguarda en silencio. Son las 22:00 del martes y en el viento helado de la noche, su hija de seis años permanece en el piso, cubierta con una colcha. De costado y con el cuerpo encogido, intenta calentarse.
Fueron derivadas de Warnes, donde le indicaron que la niña requería la atención urgente de un especialista. Desde hace dos semanas sufre intensos dolores y, en un momento, incluso perdió la visión, debido a un tumor que le detectaron en el cerebro. “Espero que la atiendan, porque traje todos sus papeles. Me dijeron que tiene retención de líquido y un quiste en el cerebro; por eso sufre de fuertes dolores de cabeza”, contó Alejandrina.
Desconocía que debía acudir al Servicio de Emergencias para que su hija sea atendida y, cuando alguien le avisó, corrió con la niña en brazos hasta esa área, donde finalmente logró que la reciban.
En ese mismo hospital estaba Henry Pérez, que llegó también cerca de las 22:00. Tenía previsto pasar la noche para asegurarse de que su hijo Mateo, de ocho años, sea atendido por el especialista. Sin embargo, protestó al leer los letreros que anunciaban un paro de 48 horas. Su niño tiene dos perforaciones en el estómago, debido a que padece de problemas intestinales de nacimiento, y necesita continuar con su tratamiento.
El pequeño estuvo internado durante cuatro meses y contaba con una orden para el especialista para el 18 de marzo. “Cuando entran en paro hay que reprogramar y se pierde un mes, porque se debe esperar que publiquen las nuevas fechas”, explica. Esto ocurre porque las fichas para las especialidades son limitadas y los hospitales fijan días para programar las atenciones de todo el mes.
Henry tuvo que pedirle a su madre que cuide de Mateo mientras él hacía fila en el hospital. Acostumbrado al movimiento en los nosocomios sabe que debe llegar temprano: pasan lista entre las 19:00 y la medianoche, y luego entre las 00:00 y las 04:00 de la madrugada. También le quita el sueño pensar que no tiene ni para comprar las bolsas especiales que su pequeño debería tener adheridas al estómago. Recibió algunas de donación, pero no son a su medida. “Con lo que gano no me alcanza para las vitaminas, ni sus cremas que son caras”, lamenta.
“En el hospital nada es gratis, porque hay que comprar hasta las jeringas”, afirma.
Desde Montero llegó Tomás Aguilera y tuvo que pasar la noche en el piso. Está dispuesto a hacer ese sacrificio para conseguir una ficha para su hermana de 35 años que necesita unos estudios, porque presentó problemas en una mama. “Volver en medio de la noche no es conveniente, pero también prefiero estar atento para conseguir un espacio”, señala.
Aguilera reclama por la falta de atención de las autoridades. “¿Qué más podemos hacer?”, dice, resignado ante la situación.
En las puertas de Emergencias del hospital de Niños, las madres viven su propio viacrucis. Mientras sus hijos luchan por sus vidas en una cama de hospital, ellas luchan por mantenerse de pie y buscar la manera de conseguir recursos para comprar las recetas.
Desde Camiri llegó una mujer que hasta el pasado miércoles llevaba tres noches durmiendo en una banca. Su hijo de 13 años, que cursa el segundo grado de secundaria, ingresó con un cuadro de chikunguña y tuvo complicaciones cerebrales. “Está bien delicado. A principios de la anterior semana empezó con los síntomas y la fiebre se le pasaba con paracetamol. El sábado en la noche su caso se complicó y el domingo me lo derivaron en ambulancia”, cuenta.
Asegura que es dura la realidad de los enfermos y sus familiares. “Una persona que no tiene cómo comprar recetas se muere. Hay madres que salen con sus recetas y se sientan, porque no saben qué hacer, ya que no tienen plata para comprar los remedios. Otras se tienen que ir a sus casas porque les dicen que no hay camas”, manifiesta, al indicar que el gasto puede alcanzar a unos Bs 900 por día.
En el San Juan de Dios los pacientes viven la misma realidad. Martha Susaño tiene 60 años y está acostada en el piso. La desesperación por conseguir una ficha para ser atendida por un médico especialista la obligó a dormir en este lugar, sufriendo frío, hambre e incomodidad. Martha es una de las pacientes que el pasado lunes pasó la noche en la fila para conseguir una ficha.
Tiene los ojos cansados, pero no pierde la esperanza de lograr un espacio para que el cardiólogo la revise. Esta es la segunda vez que duerme en las puertas del hospital, porque la anterior semana no pudo conseguir la ansiada ficha. Está lloviendo y para no pasar tanto frío se cubrió con una colcha y un hule.
Los familiares también pasan la noche en las bancas. “Tenemos que quedarnos, porque en cualquier momento salen con recetas. Voy más de diez días durmiendo en esta banca”, dice una mujer.
La dura realidad
Un diagnóstico del Ministerio de Salud evidenció graves falencias en el sistema público, donde los pacientes peregrinan 90 días o más para ser asistidos en los hospitales de tercer nivel.
El Sistema Único de Salud (SUS) enfrenta un colapso, con pacientes atendidos en pasillos debido al déficit crítico de camas y a la falta de personal especializado”, contempla el diagnóstico.
La ministra de Salud y Deportes, Marcela Flores Zambrana, afirmó que la actual gestión heredó un sistema sanitario en crisis, marcado por la fragmentación, el colapso hospitalario, la escasez de insumos, deudas millonarias y una pesada carga administrativa.
En este sentido, el Ministerio de Salud trabaja en la reingeniería del sistema de salud que implica ajustes en las partidas presupuestarias, además de una redistribución de recursos humanos, financieros, físicos e infraestructura entre el nivel central, las gobernaciones y los municipios, con el objetivo de cubrir las competencias y necesidades territoriales.

