Sobre el venderse (selling out)


 

 



Ronald Palacios Castrillo,M.D.,PhD.

 

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

 

La filosofía del compromiso cuando no puedes distinguir si estás siendo práctico o te estás abandonando a ti mismo

 

Habías trazado una línea. Era clara, bien definida, algo que habías reflexionado con detenimiento. Nunca trabajarías para una empresa cuyos productos perjudicaran a las personas. Nunca promocionarías algo en lo que no creías. Nunca cambiarías tu autonomía por un salario si ello implicaba comprometer tus valores. La línea era lo suficientemente real como para que hubieras rechazado oportunidades que la cruzaban y te hubieras alejado de situaciones que exigían demasiado.

Luego llegó el vencimiento del alquiler. O las facturas médicas. O la constatación de que tus principios resultaban más fáciles de sostener cuando alguien más los costeaba. Y te encontraste al otro lado de la línea que habías jurado no cruzar jamás, diciéndote que se trataba de algo temporal, estratégico, solo hasta estabilizarte, que en realidad no era venderte porque, en el fondo, seguías siendo tú.

¿Lo eras?

La cuestión de venderse presupone que existe algo auténtico que vender. Algún yo esencial que permanece intacto con independencia de lo que hagas, de lo que aceptes o de aquello en lo que te vuelvas cómplice. Pero ¿y si la autenticidad no fuera una posesión que se conserva o se pierde? ¿Y si fuera algo que se construye a través de las elecciones, día tras día, compromiso tras compromiso, hasta que una mañana te despiertas y descubres que has estado edificando a alguien a quien no reconoces?

Catón el Joven vivió durante la transformación de Roma de república a imperio. Vio cómo hombres a los que conocía desde hacía décadas abandonaban principios que habían defendido durante toda su vida. Pronunciaban discursos apasionados sobre la virtud republicana un día y, al siguiente, votaban para otorgar a César poderes excepcionales. No eran hipócritas en sentido estricto. Creían genuinamente en aquellos principios. Simplemente, creían más en la supervivencia, en mantenerse relevantes, en conservar el acceso a un poder que se decían a sí mismos que utilizarían para el bien una vez superada aquella crisis temporal.

Catón no lograba comprenderlo. Para él, el principio o importaba o no importaba. Si el gobierno republicano merecía ser defendido, se defendía incluso cuando la defensa resultaba costosa. Si la virtud exigía coherencia, se mantenía la coherencia aun cuando las circunstancias la volvían impracticable. Consideraba el compromiso un error categorial, semejante a ser parcialmente honesto o medianamente valiente. O se era o no se era.

Ese absolutismo le costó todo. Su inflexibilidad lo volvió políticamente ineficaz. Su negativa a transigir lo alejó de posibles aliados. Su exigencia de una virtud perfecta en un mundo imperfecto hizo que apenas lograra ninguno de los objetivos que se había propuesto. Murió por su propia mano antes que vivir bajo el gobierno de César, al que consideraba la corrupción definitiva de todo lo que valía la pena vivir.

¿Fue noble o insensato? ¿Preservó su integridad o malgastó su vida en un estándar imposible? La pregunta carece de respuesta nítida, y precisamente esa ambigüedad la hace interesante.

La manera habitual de plantear el venderse presenta una elección entre integridad y comodidad, entre ser fiel a uno mismo y realizar concesiones prácticas. Pero ese marco supone que se sabe quién es uno mismo; supone que existe un yo auténtico estable que se preserva o se traiciona. La vida real es más confusa. La persona que realiza el compromiso ya es distinta de aquella que trazó la línea. La experiencia te ha cambiado. Las circunstancias te han enseñado cosas sobre la necesidad que antes ignorabas. El tú que dijo «nunca» hablaba quizá desde una posición de privilegio o de ingenuidad a la que el tú actual ya no tiene acceso.

Por tanto, cuando cruzas la línea, ¿traicionas tus principios o los actualizas a la luz de nueva información sobre cómo funciona realmente el mundo?