De la revolución permanente a la simulación permanente


Fernando Untoja

En Bolivia, la conspiración no necesita probarse: circula. Se murmura en mercados, se amplifica en redes, se convierte en atmósfera. La pregunta —¿podrá aguantar Rodrigo Paz Pereira cinco años? — no busca respuesta; produce realidad. No describe una crisis: la performa. En este país, la conspiración ha dejado de ser un hecho para convertirse en un lenguaje.



Los vectores están ahí, visibles y opacos a la vez. Evo Morales marca línea desde el Chapare; Jaime Solares invoca la revolución como eco de otra época; sectores del transporte irrumpen como fuerza disponible; Jorge Tuto Quiroga aparece desde una vereda ideológica distinta; y Luis Arce reescribe su propia narrativa como víctima. Mientras el eco de la revolución resuena, el gobierno se empeña en producir leyes y perseguir corruptos, como si la administración pudiera sustituir la ausencia de dirección política. No hay unidad, pero hay simultaneidad. No hay centro, pero hay presión en todas direcciones.

Lo decisivo no es si existe una conspiración real, sino que todo funciona como si existiera. Es el paso del conflicto al simulacro: actores que no coordinan, pero convergen; discursos que no coinciden, pero resuenan; estrategias que no se acuerdan, pero se potencian. El resultado es un efecto de cerco sin arquitecto visible. Un asedio sin conspiradores comprobables.

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Esto ocurre en un espacio donde el sistema de partidos ha dejado de estructurar la política. El Movimiento al Socialismo ya no ordena el campo; tampoco existe una oposición orgánica que lo sustituya. En ese vacío, los actores se desplazan como partículas: se infiltran, se camuflan, se reciclan. Candidatos de izquierda aparecen en plataformas de “derecha”; operadores cruzan siglas sin costo; las identidades políticas se vuelven intercambiables. La ideología se vuelve vestuario.

El camuflaje no es anomalía, es método. Permite ocupar espacios múltiples, medir fuerzas, y si el resultado es adverso, activar la ofensiva desde otro frente: la calle, el sindicato, la narrativa de fraude o persecución. No hay derrota definitiva porque no hay pertenencia estable. La política se convierte en movilidad permanente, en guerra de posiciones sin posiciones fijas.

En este escenario, la consigna reemplaza al programa. “Revolución”, “defensa de la democracia”, “anti-inversión”: signos que circulan sin anclaje económico. Nadie explica cómo producir, cómo financiar, cómo sostener. Pero eso ya no importa. En el simulacro, la eficacia no depende de la verdad, sino de la intensidad de la señal.

Así, la conspiración deviene infraestructura simbólica. Ordena percepciones, legitima movilizaciones, justifica giros tácticos. Y, sobre todo, erosiona la gobernabilidad: no porque exista un plan maestro, sino porque todos actúan como si lo hubiera. El poder no cae por un golpe único; se desgasta por múltiples fricciones simultáneas.

La incógnita persiste —¿aguantará cinco años? — porque no hay sistema que la responda. Sin partidos, sin centro, sin economía explícita, la política boliviana flota en un campo de fuerzas donde cada actor empuja y ninguno conduce. No es la conspiración lo que domina, sino su simulación permanente. De la revolución permanente —como promesa de transformación— hemos pasado a la simulación permanente: un espacio donde todo se enuncia, todo se representa, pero nada se resuelve