El gobierno de la ira y el descontento en los tiempos de la IA


A menudo falta una pieza fundamental de análisis paralelo a los indicadores económicos habituales que muestran las tasas de desaprobación o no de una gestión de cualquier nivel político. El manejo de la ira como emoción y arma política en tiempos de elecciones y de administración de gobiernos, siendo su tónica, medida y su vara de éxito o de fracaso. Debemos empezar – entonces – por aprender a leer qué significa – como una suerte de modelo político – gobernar con las emociones y más todavía en tiempos de IA y redes sociales para generar y amplificar ira y odio.

Hoy vivimos tiempos de depredadores políticos y hay un marcado y profundo cambio de régimen democrático: la ira como nueva norma de gobierno. Por eso es muy importante que leamos que la ira no es un ruido afectivo, sino más bien es un nuevo lenguaje político sustitutivo que permite expresar una experiencia fragmentada con mucho impacto y capacidad de movilización social.



Los modelos referenciales por nuestra región son el rocambolesco Javier Milei en Argentina, lo fue el cerril Evo Morales en Bolivia con más de 20 años de gobierno hegemónico rodeado de una recua de gentes miserables; Nayib Bukele en El Salvador y sus mega cárceles, Ortega en Nicaragua, el régimen longevo de los Castro. A nivel mundial, los máximos representantes del manejo de la ira como forma de gobierno son Trump, Putin, Erdogan, Orban (que por fin perdió las elecciones en Hungría); Netanyahu, los Ayatolas de Irán. Por mencionar a los más representativos que tienen como manual de gobierno la manipulación de las emociones.

La evidencia más concreta, en este sentido, es que las democracias no solo atraviesan una crisis institucional, sino también una crisis emocional muy severa.

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Sólo en Francia, por ejemplo, alrededor del 35 % de los mensajes políticos en línea expresan ira. En Estados Unidos, se observa una ruptura clara a partir de 2016, que persiste más allá de los cambios de gobierno y donde la ira como manifestación del movimiento MAGA de Trump es monolítico y que además aglutina a todo un mega holding de medios de comunicación en beneficio de la narrativa iracunda, nacionalista, cristian y blanca de los trumpistas.

A escala mundial, las emociones negativas han aumentado en torno a un 43 % entre 2016 y 2022 y predicen de forma sólida el auge de las actitudes populistas.

El análisis de varios cientos de miles de mensajes políticos en X (antes Twitter) entre 2011 y 2024 revela que la ira domina ampliamente sobre las demás emociones en el espacio público. El 35 % de los tuits (en la plataforma X) los políticos expresan una ira muy tóxica, de los cuales el 60 % proceden de simpatizantes de partidos de ultraderecha o ultranacionalistas, con un aumento del 66 %.

Esta ruptura no se disipará en el corto o mediano plazo; todo lo contario, se está normalizando y consolidando como la nueva norma expresiva en la arena política. Sino agredes a tu opositor, eres débil, melifluo. Debes ser iracundo y agresivo.

De hecho, la intensidad emocional es mayor entre los simpatizantes de la izquierda radical y de la derecha radical. Ambas tendencias son altamente virulentas, y los registros dominantes en los extremos son diferentes: sobre las desigualdades en los primeros, sobre la seguridad, la delincuencia y los impuestos en los segundos. Y esta retórica se difunde progresivamente hacia el centro, contribuyendo a una normalización de la ira como lenguaje político habitual. Al mismo tiempo, la retórica del entusiasmo y la esperanza ha desaparecido prácticamente de los debates políticos. Llegando a leerse en clave de debilidad, iluso y hasta soñador.

El análisis de varios millones de mensajes en Twitter y posteriormente en X entre 2013 y 2025 revela una ruptura clara a partir de 2016, caracterizada por un aumento sostenido de la ira tanto entre los simpatizantes demócratas como entre los republicanos, aunque la intensidad es más pronunciada entre aquellos que tienen un bajo nivel educativo y en los territorios desatendidos.

La llamada América profunda.  Este aumento proviene principalmente de las mismas personas, que se expresan con mucha más ira sobre los mismos temas a lo largo del tiempo, y no de la entrada de personas más extremistas ni de la salida de personas más moderadas de la plataforma X. Este aumento no va acompañado de un incremento comparable del miedo.

Este punto es decisivo: el predominio de la ira sobre el miedo no indica un aumento de la inseguridad objetiva, sino una transformación del modo de politización de las experiencias sociales. Se crean escenarios dominados por la ira. Se instala una narrativa en un contexto que no necesariamente es así.

A escala mundial, Gallup World Poll realizada en más de 150 países, documentan un aumento de aproximadamente el 43 % de las emociones negativas entre 2016 y 2022, lo que predice de manera sólida las actitudes populistas y los principales resultados electorales, desde el Brexit hasta la elección de Trump.

La oferta política es disfuncional, fragmentada y tóxica. No olvidemos que la ira es una emoción de certeza moral. ¡Ojo con esto! Identifica a un culpable, exige un castigo y cierra la receptividad a la información contradictoria, lo que hace que cualquier respuesta institucional resulte estructuralmente insuficiente. O cualquier atisbo de verdad.

Por lo tanto, toda política que satisface una necesidad sacrificando otras genera un exceso de ira. Denostar la narrativa contraria y prenderle fuego, es la actitud.

Entonces, ¿es gobernable una democracia emocional sobrecargada de ira? No, no lo es.