El gran Simón


Antes que nada, quiero advertir que el Gran Simón no se refiere a nuestro ilustre Libertador, Simón Bolivar, sino a Simón, el can de mi hija Ingrid, que con ese nombre y mi apellido consta en los registros desde hace 13 años, cuando le aplicaron su primera vacuna. Desde entonces Simón se ha convertido en miembro de la familia. Al comienzo como un insoportable bicho que se orinaba por todos los rincones de la casa, preferentemente en las alfombras y muebles del living. Ahora es un caballero serio, con varias fracturas, observador, con semblante de filósofo, pero también gracioso y juguetón, que solo ladra cuando tocan en timbre, cuando tiene hambre o cuando ve a los guardias del edificio.

A Simón lo recogimos porque nos lo ofreció un buen señor diciendo que tendría que abandonarlo en la calle a falta de quien se quede con él. El hombre nos dijo que era un Schnauzer y yo lo vi tan bonito y desvalido que decidí, por ruego de mi hija y por pena, quedármelo. El señor me pidió unos billetes debido a los gastos que le había ocasionado el perrito y yo se los di gustoso. Ni mi mujer ni mi hija Ingrid ni yo, teníamos mayor conocimiento de razas de los perros, aunque habíamos criado a varios.



Pues este Simón era una preciosura de Schnauser; un cachorrito con hermosos bigotes, sus orejitas dobladas hacia adelante, su pelo ondulado, color indefinido y sus dos patitas delanteras blancas. Se meaba por todas partes, como he dicho, y también se hacía cacú, donde menos pensábamos. Lo aguantábamos esperando que aprenda, pero el acicalado perrito se fue transformando cada día y en una semana se había convertido en una horrenda bola crespa, hambrienta, y sin la menor gracia. ¿Qué raza era? ¡Ninguna! Porque jamás había visto un perro así. Tal vez su tatarabuelo pudo ser un Schnauser auténtico, pero este Simón era mezcla de todo tipo de canes y yo sospechaba que hasta un ovejo se aprovechó de su madre o de su abuela.

Como no tenía la menor gracia, decidí desterrarlo a la quinta de una buena muchacha que había trabajado durante años con nosotros y que se había casado y se fue. Mi hija lo llevó a la casita cercada de alambres de púa y lo trajo de vuelta, porque, según ella, el quiltro no viviría más de 24 horas ahí, antes que lo pise un micro o que se lo coma otro perro. No hubo nada que hacer. Tampoco éramos unos desconsiderados con el pobre Simón por ser feo y “tabajuntas”. Ya encontraríamos algún manso que quisiera quedarse con él.

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Pero Simón aprendió de todo, con lo que desechó cualquier teoría de inferioridad racial. Tiene como un reloj incrustado en el cerebro, porque sabe la hora exacta en que tiene que comer, dormir, y la hora de hacer pis y lo otro. No come el alimento para perros sino majadito. Le encanta el majadito que se le cocina cada semana. No es dulcero, pero le gustan los cuñapeces, el paté, la mantequilla y los guisos, que los consigue sentándose a mirarnos comer a la familia. Cuando se le da un hueso su locura es total, se siente un perro realizado.

Han transcurrido 13 años, lo que significa, en la edad de los humanos, que ya pasa de los 90. Es un anciano, mayor que todos nosotros. Ayer fue operado de un tumor y sobrevivió muy bien. Su vida azarosa lo ha llevado varias veces al veterinario porque unos canes abusivos lo han mordido, aunque Simón hace honor a su nombre y así lo descueren da pelea a cualquiera. Salvo un domingo que lo “huaicaron” entre cuatro bulldogs de mi vecindario y quedó descuartizado. Gracias a mi hermano Julio y a mi sobrino Nico, mi hija Ingrid pudo hacer que un veterinario lo atendiera en feriado para evitar la hemorragia y luego, en la noche, lo costuraron haciéndole 76 puntos. El pobre Simoncito quedó con una especie de corneta en el cuello para que no se lamiera las heridas y vendado desde su hocico hasta su orto en donde le dejaron un agujerito. Sin embargo, no se le pasó el hambre ni las ganas de orinar ni de hacer lo otro.

Así como no teme pelear con los perros más grandes (nunca con una perrita) tiene pavor a las tormentas y a los cohetes. ¿Serán así todos los chuchos? El refusilo lo hace aullar y el trueno lo obliga a meterse debajo de la cama o entre las piernas de nosotros. Tiembla como una hoja. Se le quita hasta el hambre al pobre quiltro. Es que un relámpago seguido del estrépito no solo espanta a los animales sino también a los humanos. El rayo y el trueno han sido siempre parte de símbolos religiosos, por lo general una amenaza de los dioses por nuestro mal comportamiento. Y los cohetes son la representación de la incultura y el abuso a falta de cantar himnos o poesías.

Simón va a la peluquería en cuanto emite algún olorcillo o se pone muy peludo. Antes odiaba que lo bañen y lo recorten, pero ahora va y regresa a casa feliz, perfumado, hecho un lord. Hasta con una corbatita que le regalan allá. Parece un Schnauser real.

Yo, sin embargo, estaba preocupado, porque Simoncito, ya grande, no tenía corteja, aunque odiaba a los machos y no hacía sino olerles la colita y hacerles gambetas a las perritas.  Esmerarnos tanto en casa, poniéndolo pasable, para que el perro nos salga maraco era mucha dosis. Protesté y dije que Simón era gay, pero la defensa de las damas era rotunda: le gustaban las perritas y mejor si eran tiernas. Las lamía, aullaba y se desesperaba. “Este quiltro está con la moda”, pensaba yo: es trolo; pero estaba en franca minoría ante mi mujer Teresita, mis hijos y nietos. Finalmente, lo llevé, con Ingrid, donde un veterinario serio y le dije cuál era mi preocupación. El médico lo puso en una camilla, lo examinó, le tocó los güevitos, le sacó una radiografía y me miró con lástima: “solo tiene un testículo”, me dijo apenado. “¿Solo tiene un cojón?” dije. “Es por eso que quiere y no puede; a veces pasa”, me respondió. Sentí infinita pena por el pobre Simón porque yo me decía, molesto, que me habían vendido un perro sin antecedentes (indocumentado), pero además capón.

A Simón lo conocen todos los vecinos y en la manzana lo saludan con cariño. Ahí se ven quiltros de todo pelaje que han sido adoptados por gente buena y que, con seguridad, son canes que tienen, cada uno, su propia historia.