El reto de vencer al centralismo


 

Carlos Hugo Molina



El lunes 30 de marzo, nos reunimos en Camargo, académicos, investigadores, empresarios, productores, comunicadores, músicos, bohemios, poetas y degustadores del vino, el singani y el turismo, para brindar, cantar, bailar y compartir el ágape que se comparte en las fiestas, celebrando la vida, el compromiso con el mañana y comprobando la consistencia de la consigna “Bolivia, un Estado turístico”.

Las ocurrencias vividas demostraron la importancia que tiene salir de las zonas de confort citadinas, y atrevernos a conocer los caminos de la patria con la gente que vive en ellos. Esta acción, cuando es consciente, tiene varias ventajas que enriquecen nuestra consciencia ciudadana. Las distancias en la ciudad se miden en cuadras y saliendo de los radios urbanos, se cuentan en kilómetros; un medicamento, un trámite, la compra de una mercadería o una gestión, puede transformarse de minutos en horas. Esta conducta se complica cuando quienes deciden desde las ciudades, no comprenden lo que significa la distancia y las necesidades que tienen las personas en el territorio. Cuando el lugar desde donde se toman las decisiones se encuentra más lejos y en las alturas, la situación es  más angustiante. La distancia de La Paz a Yacuiba es de 1.118 km. A Guayaramerín, 1.011 km. A Puerto Suárez, 1.481 km. A Cobija, 1.116 km. Si a esto le sumamos el “discreto encanto de la burocracia” y la estupidez de quienes quieren aprovechar su cuarto de hora en el poder con autoritarismo, el escenario es el que tenemos en este momento.

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La buena noticia es que la enfermedad del centralismo no es contagiosa ni obligatoria, es adquirida como resultado de vivir ensimismados. Esta miopía “se cura viajando», frase atribuida a Pío Baroja o Miguel de Unamuno, y sugiere que el contacto con otras culturas, fomenta la tolerancia. Gracias a la irrupción de liderazgos y territorios, se están multiplicando los “puntos de vacunación” y resulta gratificante comprobar la manera como aparecen ofertas que nos llevan por la aventura de conocernos más y mejor.

Repito lo dicho sobre el turismo. Es un acto de autoestima, pues permite identificar el valor de algo que está en mi territorio. Es un acto que profundiza la tolerancia pues estoy invitando a que me visiten “otros”, distintos a los de mi tribu y a los que debo tratar con delicadeza y cuidado, para que vuelvan. Y representa la cadena económica productiva de más ancha base a la hora de evaluar su excedente material y simbólico. Las economías verde, naranja, circular, enamoran al futuro y pueden ser base para la sostenibilidad de la población en el territorio, en un país con tan pocos habitantes y tan grande extensión.

Esta historia completó la aventura del fin de semana anterior, que se desarrolló en la experiencia de una boda en los viñedos tarijeños. Tarija ya ofrece un sistema integrado en una cadena de servicios funcionando con una propuesta cordial y entusiasmante que está en camino a convertirse en un Centro de Eventos y Congresos, y que, al incorporar el Sur, Camargo y Potosí, estaría reconstituyendo la generación económica que le dio origen a Bolivia.

Vuelvo al centralismo. Hay acciones estatales que se las necesita centrales, información, defensa, representación internacional, instrumentos para establecer equilibrios, garantías de oportunidades… sin embargo, la experiencia demuestra que son las iniciativas en los territorios y los actores locales, quienes le dan consistencia a la democracia. Y que en mayo consolidará el Estado Turístico con los/as nuevos/as gobernadores/as y alcaldes/as.

El redescubrimiento de Los Cintis desde Camargo, se logró esta vez gracias a la suma de las bodegas San Pedro, Don Goyo y Casona de Molina, la Unidad académica de la Universidad San Francisco Xavier, la iniciativa “Desde Cinti”, el aporte visual y creativo de “19 Films”, el CEPAD y la presencia del historiador cultural Fernando Cajías.