Los ingleses están molestos


Esto del Estrecho de Ormuz y de sus relaciones tornasoladas del islam con unos Estados Unidos cabalgado por Trump, está también elevando el espíritu belicista de los ingleses, que son buenos soldados, y que cuando les toca pelear son estoicos, bravos, más aún cuando están apoyados por los “gurkas”, esos viejos aliados del Nepal, guerreros temibles, hábiles con el puñal en las sombras, para despanzurrar a sus enemigos sin permitirles emitir ni un ¡ay!

Pues el embajador británico, Mr. Richard Porter, está indignado con la cancillería boliviana y eso debe preocuparnos, no por los “gurkas” porque nosotros tenemos también nuestro cholos bravíos, sino por la amistad tradicional que nos une con Londres desde las épocas del Imperio. Eso no queremos malograr, porque el último enojo de los ingleses tuvo una duración de 50 años, medio siglo, sin que esa monarquía orgullosa acreditara a algún plenipotenciario en Bolivia.



El enojo del embajador británico se ha producido porque, en un acto oficial, el vicecanciller boliviano, Carlos Paz, reiteró nuestro apoyo a Argentina en cuanto a la soberanía de las Malvinas, lo que para Mr. Porter no debió ser ninguna sorpresa. Pero, cuando el mundo arde con pronóstico reservado, parece exagerado que un representante de tan alto nivel, ofrezca heroicamente hasta su vida, porque no se respete la propiedad de las “Falkland” al viejo Imperio. Solo el gran Churchill, con toda habilidad, ofreció la vida de sus aliados, rusos y americanos, para que lucharan contra Hitler.

Dice la tradición y algunos historiadores, que el tirano Mariano Melgarejo echó de Bolivia al plenipotenciario inglés porque, en un desafío desigual, no había podido beber al seco un tazón de espeso chocolate, mientras él, sediento, bebía jarras de cerveza. Pobre embajador, que desistió en el siguiente tazón ante la mirada furiosa de Melgarejo que tomaba cerveza sin medida.

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Montado en un burro, el diplomático tuvo que partir hacia la costa maldiciendo su suerte. Otros estudiosos, mucho más creíbles, afirman que fue el dictador Belzu quien invitó a irse del país al cónsul inglés señor J. A. Lloyd, por haberse entrometido en un pleito que no le correspondía. Pero al parecer el señor Lloyd se despidió debidamente del presidente Belzu y partió hacia Tacna, Perú, seguramente que no muy feliz.

En todo esto hay mucha novela, porque nada serio atestigua que hubiera sucedido así. Pero la imaginación de algunos no acaba con la salida del cónsul Lloyd, sino que lo de Melgarejo, el chocolate, la cerveza y el burro, dizque llegó a la corte de Londres tan distorsionada que hizo montar en cólera a la reina Victoria, dueña de los mares del mundo, quien había ordenado que barcos de su flota bombardearan ese país de indios salvajes donde habían osado maltratar a su representante diplomático. La ira de la reina creció cuando sus almirantes le dijeron que todo esto había sucedido al otro lado de los Andes, donde los cañonazos de sus barcos no llegarían atravesando los montes nevados. Sin más opción la soberana pidió un mapa y una pluma de ganso bien afilada, hizo buscar donde estaba Bolivia y la tachó con una cruz. “Bolivia no existe”, habría dicho envanecida.

Falso o cierto, realidad o fantasía, la verdad es que los ingleses no acreditaron ni un plenipotenciario en Bolivia durante 50 años, como hemos afirmado. Al parecer esa actitud se extendió desde épocas de los “caudillos bárbaros” (Belzu y Melgarejo entre otros) hasta 1904. Por eso no queremos otra cosa que mantener normales relaciones con una nación tan poderosa, transformadora, y que tanta influencia ha tenido en el mundo.

La cancillería argentina se ha expresado, ante las declaraciones del vicecanciller Carlos Paz, manifestando naturalmente su satisfacción por el genuino apoyo boliviano a la causa de las Malvinas y criticando las “expresiones desafortunadas” del embajador Porter. Consideramos innecesario que hubiese ocurrido este malestar cuando sabemos que, en este tema, que tiene que ver con la soberanía argentina en las islas del Atlántico Sur, siempre hemos estado de su lado sin dudarlo ni un instante.