Mercado de dólares


 

La reciente medida de “liberación del uso de tarjetas de débito y crédito” anunciada por las Autoridades busca enviar una señal de normalización en el acceso a pagos internacionales a la población. En principio, la decisión es positiva, ya que restituye un canal clave para transacciones vinculadas a educación, salud, servicios digitales y consumo en el exterior. Sin embargo, la medida podría resultar insuficiente si no viene acompañada por acciones adicionales que garanticen su sostenibilidad, puesto que el país sigue enfrentando un problema de fondo, la escasez de divisas en la economía.



De hecho, las restricciones dadas por el propio mercado para el uso de tarjetas no fueron el origen del problema, sino su consecuencia. En economías con limitaciones en la disponibilidad de dólares, los sistemas financieros tienden a administrar la liquidez en moneda extranjera para evitar salidas desordenadas de capital. Por tanto, la pregunta relevante es si existen las condiciones necesarias para garantizar la sostenibilidad de esta medida ante la existencia de múltiples mercados cambiarios.

La teoría monetaria dicta que el tipo de cambio es un precio más y se determina por la interacción entre oferta y demanda de divisas. Además, como señala Frederic Mishkin, “los tipos de cambio son precios de activos que responden no solo a condiciones actuales, sino también a expectativas futuras”.  Bajo esta lógica, en Bolivia se pueden identificar al menos cuatro mercados del dólar, cada uno con dinámicas propias e interrelacionadas.

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En primer lugar, el mercado informal —dominado por librecambistas y/o Casas de Cambios en zonas urbanas y fronterizas— opera como un termómetro de corto plazo. Se trata de un segmento minorista, fragmentado y altamente sensible a la percepción de escasez.

En segundo lugar, el mercado digital basado en stablecoins como USDT o USDC. Aunque todavía incipiente en términos de volumen, este segmento refleja una adaptación de los agentes económicos frente a restricciones en el acceso a divisas. Desde una perspectiva teórica, estos instrumentos pueden entenderse como “sustitutos” imperfectos del dinero.

El tercer mercado identificado —y probablemente el más relevante— es el mercado mayorista privado, donde interactúan entidades financieras y exportadores. A diferencia de los mercados anteriores, aquí se transan volúmenes significativos y se define la tendencia del tipo de cambio. Este rol es coherente con la teoría de mercados financieros, donde los precios relevantes se forman en espacios con mayor profundidad y liquidez.

Por último, el mercado mayorista público, liderado en el pasado por los ingresos de exportación de hidrocarburos el cual a la fecha ha perdido protagonismo, dada la caída en la producción de gas natural, a esto se suma la reducción de las reservas internaciones y limitaciones al acceso a los mercados internacionales para la emisión de deuda soberana; todo esto debilitó la capacidad del sector público para influir en el mercado cambiario.

En este contexto, la reciente liberación del uso de tarjetas para pagos por internet o uso en el exterior requiere mayor atención, pues esta medida podría incrementar la demanda de divisas por el uso de tarjetas en el sistema financiero. Si dicha demanda no está respaldada por una mayor oferta de dólares, el resultado generaría una presión adicional sobre las reservas internacionales o, alternativamente, el retorno de mecanismos de racionamiento.

El tema de fondo es claro: estabilizar un precio requiere incrementar la disponibilidad de divisas en el mercado. En términos económicos, esto implica desplazar la curva de oferta hacia la derecha, generando un nuevo equilibrio a menor precio. Este principio básico de equilibrio de mercado es aplicable también a mercados más complejos, como el de divisas.

En suma, la estabilidad del tipo de cambio seguirá siendo un desafío, en un entorno internacional marcado por presiones inflacionarias y conflictos geopolíticos. Pero estabilizar esta variable no será suficiente, el principal reto será reactivar el crecimiento económico, para lo cual se requieren medidas estructurales y sostenibles, entre ellas, fortalecer el acceso al crédito y profundizar el mercado de valores boliviano.

 

 

Por: Franz Alejandro Apaza Camacho – Docente y Analista Financiero