Hace 17 años tuvimos la noticia de un infarto sufrido por el Arzobispo de Santa Cruz Mons. Julio Terrazas, quién llegaba a esta arquidiócesis cargando en su corazón toda la misión cumplida primero como obispo auxiliar en la ciudad de La Paz en tiempos difíciles como la era de las dictaduras, llegaba también trayendo en su corazón el sufrimiento de los mineros de su diócesis de Oruro y las cargas pesadas del desempleo, de la búsqueda de nuevos horizontes de vida para todos los que sufrieron las terribles leyes neoliberales impuestas al país.
Traía también en su corazón las responsabilidades de animar a la Iglesia en su búsqueda constante de responder a los desafíos de la pobreza, la falta de educación, la falta de salud y también la frágil formación cristiana de los bautizados en nuestra tierra Bolivia, traía en su corazón también alegrías de tantas felices noticias pastorales con los jóvenes, con las comunidades de base, con la visita del Papa Juan Pablo II y con tantas otras obras concretizadas.
Hoy volvemos a contemplar el corazón herido del pastor. Herido por ser un corazón amante y celoso de su misión pastoral, no hay sosiego ni descanso en este corazón, testigo de la vida de Dios en medio de nosotros, un corazón lleno de esperanza y de confianza en la acción divina a favor de los sufridos y sin futuro que a pesar de cambios anunciados siguen en tinieblas y sin solución real y verdadero a esos flagelos de miseria y dolor impuestos por la injusticia y el egoísmo humano, en el país.
Herido por amar inmensamente la vida, pero no una vida de mentiras o engaños, una vida sí llena de vitalidad que transmita vida, que se comprometa y dé vida y ese corazón agitado no de miedo ciertamente, sino de seguir latiendo ante tanta amenaza y negación a la verdadera realización de su pueblo.
Herido por hacer que la Iglesia se llene de energía y sea cada vez más misionera, más testigo del evangelio y de la buena noticia de Jesucristo en nuestras comunidades, herido por querer hacer caminar en comunión a toda la gran comunidad de fe para construir el Reino de Dios, ese reino que nos comprometemos a realizar cuando nos ordenamos sacerdotes, cuando hacemos votos religiosos, cuando nos bautizamos, cuando participamos de esta u otra comunidad eclesial.
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Herido este corazón por responder con la otra mejilla, y mostrarnos su humildad en la siempre alegre y cuidadosa hospitalidad, su amistad y su alegría humana de acoger al que lo llama, a quién lo visita, a quién necesita su consejo, al que llora en su hombro como amigo, herido en ese sufrimiento con el otro…herido en tanta palabra dicha o escuchada…herido por hacer de ese momento un encuentro de verdaderos hermanos en la misma Fe y la misma esperanza.
Herido hoy, por el discurso manipulado que a golpe de insulto pretende desfigurar la persona de quién siempre fue consecuente con sus ideales, con su Fe y su entrega a favor de todos, de eso damos testimonio.
Con ese corazón herido también estamos latiendo los que seguimos día a día en esta misión de ser simplemente un instrumento más en esa inagotable tarea de trabajar a favor de todos, tantos laicos que sin medir sino entusiasmo están en la tarea de evangelizar, tantas religiosas que no descansan ni dan tregua a su vida entregada y donada, en los religiosos que buscan hacer siempre el bien trabajando y dando todo de sí, en tantos sacerdotes que pertenecen a su pueblo, en todo lo que anima y dirige a nivel continental, heridos todos en ese corazón que busca la paz como fruto de la justicia.
Hugo Ara