Rolando Fernández Medina
Hasta el momento, a pesar de los esfuerzos que se realizan, los resultados no son favorables. Esta actividad se está tornando incontrolable e imparable y es la amenaza más seria para las democracias.
La interdicción que ha sido reforzada, incluso, con el Ejército en algunos países y con ingentes millonadas de dólares, como en los casos del Plan Colombia o Mérida en Méjico, ha recibido como respuesta más violencia de parte de los cárteles, debido a su enorme capacidad bélica. Que además tienen una enorme capacidad de renovación, porque aunque haya sido detenidos o eliminados algunos "capos" siguen apareciendo otros, más audaces y creativos en la búsqueda de rutas y mercados para el "negocio".
Mientras existan los consumidores existirán la elaboración y tráfico de sustancias prohibidas, que reditúan fabulosas cantidades de dinero para comprar conciencias y adquirir un tremendo poder económico, que les permite, a veces, compartir o conseguir el poder político.
Esta epidemia se está convirtiendo en una "pandemia", que prácticamente todo lo contamina, corroe o corrompe. Los obstáculos que se presentan son salvados con el uso de las armas o el soborno.
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Estas "empresas" se han "infiltrado" y forman parte del sistema o establishment. Sus ganancias se "reciclan o lavan" a través de diversas entidades y actividades económicas formales e informales en el mundo, provocando economías "ficticias".
Ante tantas "adversidades" ya se escuchan voces y se conocen iniciativas para modificar este modelo de lucha que está fracasado.
La nueva teoría o modelo propuesto es la "descriminalización" de la cocaína, convertida sin duda alguna en la "reina de las drogas" enervantes.
Este paradigma, que debería ser "ecléctico", tomaría del modelo interdictivo algunas prohibiciones, como la reglamentación del uso y consumo, la cantidad de droga "legal" que producirían los países que tienen la materia prima hacia los países consumidores, los que deben hacer hincapié en educación y en normativas preventivas para evitar el consumo, y de rehabilitación y resocialización de los drogo-dependientes.
Como todo proceso tomaría tiempo y riesgos. Tenemos algunos ejemplos en Portugal y Holanda sobre la despenalización de ciertas drogas. Naturalmente, se trata de realidades distintas a nuestra idiosincracía y cultura, pero son referencias valiosas y objetivas que se deben tener en cuenta a la hora de tomar nuevas decisiones. Y por supuesto, hay disonantes sobre esta posibilidad. La mayoría provienen de las instituciones que promueven este tipo de guerra, que como correspondencia tienen sus intereses y cuidan sus cargos y empleos.
Este no es un movimiento nuevo. Muchas personalidades y líderes en el mundo han manifestado su desaprobación hacia las políticas de represión, precisamente por lo mediocre de los resultados alcanzados hasta el momento, la mayor violencia, víctimas e incremento de los drogo-dependientes.
Estamos tocando fondo. Vale la pena analizar un cambio en la lucha contra el narcotráfico. Seguir haciendo lo mismo es una tozudez que nos llevará a continuar de tumbo en tumbo, sin posibilidad de ofrecerle un mejor destino a las nuevas generaciones, que no merecen vivir en el mundo que transitamos hoy.