Por desmontar 334.000 hectáreas se quemaron más de 5,36 millones. El ambiente estaba demasiado seco, hacía mucho calor y los vientos eran rápidos: cada chaqueo en Santa Cruz se convirtió en incendio forestal
Cinthia Asín, secretaria de Medioambiente de la Gobernación de Santa Cruz, se agiganta detrás de su escritorio cuando describe lo que pasó: “Todas las quemas se convertían en incendios. Primero empezaron las declaraciones de emergencia por sequía y heladas en febrero de este año. En agosto, tuvimos tres alertas naranjas por vientos de entre 70 a 100 kilómetros por hora. Todo eso con un fuego que no ha sido debidamente planificado. Si fuera una quema controlada, no debería haber un viento de más de 27 km por hora. Si fuera una quema controlada, debería haber una lluvia previa. Con vientos de 70 km por hora, cada quema fue un incendio forestal seguro”, dice.
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En Bolivia, entre mayo y el 25 de septiembre de este año, se quemaron 5,3 millones de hectáreas. De eso, solo 334.000 corresponden a desmontes para hacer crecer la frontera agrícola. El 95% de la tierra afectada por el incendio fue daño colateral.
El perfecto desastre
Si alguien sabía que esto iba a pasar, ese era Carlos Pinto, experto en fuego y gerente de proyectos de la Fundación Amigos de la Naturaleza. Dice que la tendencia creciente es que, cada cuatro o cinco años, se presentan estos eventos catastróficos grandes y que cada nuevo evento tiende a ser peor que el anterior. “El maestro de ceremonia es el clima -dice Pinto-, sumado a la parte política y demográfica”.
Cuando se le consultó su evaluación sobre los incendios en la Chiquitania, Carlos Ortuño, ministro de Medio Ambiente y Agua, delegó a un técnico para responder.
Él remitió un informe que confirma lo que cuentan Pinto y Asín: Las condiciones estaban dadas para el desastre y no debió arder ni un fósforo. La humedad relativa en agosto en la región chiquitana fue del 53%, un 13% menos que el año anterior. Lo peor vino entre el 12 y el 14, entre el 16 y 18 y el 23 y 25 de agosto. Durante esos días la trilogía fue perfecta para un incendio: baja humedad, alta temperatura y fuertes vientos.
Pinto cuenta que esto se convierte en global cada 10 años que, por ejemplo, tienen registro que en 1999 ardieron 10 millones de hectáreas en Bolivia.
El técnico del ministerio muestra informes de cómo toda la cuenca amazónica ha ardido más que este año en 2004, 2007 y 2010 y dice que en lo que va del siglo solo en la Chiquitania y el pantanal se han quemado más de 15 millones de hectáreas, que, de lo siniestrado este año, solo el 23% son quemas nuevas. Eso era hasta el 17 de septiembre. El dato actualizado por la FAN hasta el 25 de este mes, dice que ya es el 29%, a 1,6 millones de hectáreas.
“No hemos tomado las lecciones de los últimos 20 años. No hemos hecho nada. Nos hemos movilizado con la emergencia a apagar el fuego. Luego llovió y nos olvidamos. Lo que nos debemos preguntar ahora es cómo mantenemos el interés de la población en esto, cómo elaboramos una política nacional del fuego, donde se reconozca su valor ecológico, que hay sistema que dependen del fuego, así como hay ecosistemas sensibles a él. Necesitamos construir estrategias de fuego para que sea un aliado de la conservación”, arenga Pinto.
El factor humano
Con el clima no es suficiente. Aquí también estuvo la mano del hombre para encender el fuego. Para Asín es claro que parte del problema está relacionada con la política de tierra del Gobierno Central. Dice que los campesinos e indígenas chiquitanos saben quemar, que la ganadería y la agricultura industrial también, que no van a arrasar sus pastizales y campos de cultivos porque de eso viven y que el error está en dotar tierras de producción forestal permanente como si fueran de uso agrícola.
Eso no es del todo preciso. En toda la Chiquitania hay ejemplos de chaqueos mal hecho por colonizadores que se han desbordado a los bosques, pero también grandes desmontes que comenzaron a arder después de declarada la pausa ambiental y saltaron al monte; de pequeñas parcelas de cinco tareas (media hectárea) que al arder dentro de la TCO Monteverde se llevaron consigo 1.000 hectáreas de manejo forestal o casos como el de don Mamerto, un viejo campesino del sur de Concepción que un día decidió limpiar una pampa que tenía y le prendió fuego. Cuando su vecino, un empresario ganadero, mandó a buscarlo para ofrecerle ayuda para controlar su fuego, dormía tranquilo la siesta.
Asín cree haber encontrado la prueba de que la situación chiquitana empeoró con las políticas del Gobierno. En 2015, el Ejecutivo aprobó leyes y decretos que permitían desmontar y quemar hasta 20 hectáreas sin autorización previa y, al año siguiente, el reporte de los focos de calor se duplicó, de 15.000 a 31.000. Para el técnico del Ministerio de Medio Ambiente y Agua esto no es así.
Dice que la multiplicación de focos de calor se debió a un cambio tecnológico en los satélites utilizados para validarlos, que mejoró la resolución de los sensores y eso permitió precisar mejor los incendios. Asegura que si se analizan los incendios de este año con los satélites que se usaban antes, los focos de calor actuales serían un tercio de los de 2004 y 2007 y casi la cuarta parte de los registrados en 2010.
Pinto dice que sí hubo ese salto tecnológico y que para evitar este tipo de controversia se debe trabajar sobre cicatrices de fuego. Su informe dice que el 29% de lo quemado este año era tierra virgen de fuego, el 16% se había quemado al menos una vez, el 28% había ardido entre dos y cuatro veces, el 20% entre cinco y ocho veces, mientras que un 7% del área afectada se quemó entre siete y nueve veces en lo que va del siglo.Alcides Vadillo, de la Fundación Tierra, está más cerca de la hipótesis de Asín que de la del Ministerio de Medio Ambiente. Dice que en la última década se han dado permiso de asentamiento a 1.400 comunidades en la Chiquitania, que equivale a 2,5 millones de hectáreas. Dice que tratan de reconvertir el bosque chiquitano en campos de cultivos de soya, que por eso se aprobó un nuevo evento para una semilla transgénica resistente a la sequía. La van a necesitar. En los últimos 20 años, la región ha perdido un 16% de humedad y su temperatura aumentó un promedio en medio grado centígrado.
Vadillo asegura que estas dotaciones no van campesinos pobres del altiplano, sino a citadinos militantes del oficialismo. Dice que, a diferencia de los gobiernos neoliberales, el MAS no solo usa la tierra para premiar a sus correligionarios, sino como elemento para cambiar el equilibrio de fuerzas en la zona.
El padrón electoral parece darle la razón. En toda la región, los electores crecieron entre un 12 y un 40% respecto a 2014, mientras los alcaldes y la Gobernación claman para tener voz y voto en la aprobación de nuevos asentamientos. Cuando se le pregunta el técnico del Gobierno dónde comenzó el fuego, dice que los primeros focos se detectaron en medianas y grandes empresas agropecuarias. A mediados de agosto, Asín interpeló a Clíver Rocha, entonces director de la Administradora de Bosques y Tierra por qué no metía presos a los chaqueadores ilegales. Le respondió que más que una cárcel necesitaría un estadio para juntarlos a todos. El Tahuichi sigue estando disponible para tan noble propósito.


Fuente: eldeber.com.bo

