Ronnie Piérola Gómez
Ambos países (Perú y Bolivia) son considerados una sola nación, más allá de los elementos constitutivos que como Estados sostiene cada uno y que los hacen distintos legalmente y a nivel internacional, en el fondo, en esencia son muy parecidos.
Tropezamos con dificultades similares y hasta debemos confrontar, en muchas ocasiones, frustraciones comunes. El pasado 28 de julio, el presidente Humala asumió la dirección de su país, al parecer, con la figura muy clara y transparente: alejarse de la visión chavista de gestión e incidir en la visión pública y de logro del ex mandatario brasileño Lula Da Silva.
Como boliviano, me resta, por supuesto, sentir pena que sea él quien tenga esa visión en vez de mi Mandatario, quien por el contrario se encuentra más cerca del radicalismo de Hugo Chávez que del pragmatismo social de Lula.
Existen razones importantes para considerar a Humala un posible (nótese que no es una afirmación) freno en las ambiciones socialistas venezolanas, acercándose más al modelo brasileño que al caribeño. Para Ollanta Humala su gestión está plagada de retos que, en ciertos casos, son también similares a los que en su momento enfrentó el presidente Morales en nuestra Bolivia. Su primer reto será mantener la confianza que se hace necesaria para sostener la imagen económica de Perú en el contexto internacional. Fruto de esta imagen es que se espera la tranquilidad de los inversores, empresarios privados nacionales e internacionales y de la propia bolsa peruana que ya con el susto de la victoria del partido de Humala, Gana Perú, registró su mayor caída en la historia (12,51 por ciento).
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Un segundo reto que enfrenta el Mandatario es algo que lo diferencia mucho de su par boliviano, y es que Ollanta ganó con un estrecho margen las elecciones peruanas (tres por ciento) lo que lo obligará a buscar alianzas, siendo el más probable aliado el ex presidente Toledo. Unión que no se ve muy sólida ni muy duradera en todo caso. Otro reto, similar a los que enfrentamos en Bolivia, será la lucha contra la pobreza. Este factor que fue un eje en la campaña de Humala debe pasar de los discursos a los hechos, y si bien la retórica es harto rica en sostener cualquier oferta, la realidad es todo lo contrario y puede costarle muy caro el incumplimiento o siquiera la dilación en políticas y respuestas ágiles a las asimetrías sociales (un tercio de los 30 millones de peruanos es pobre).
Otro reto muy similar a los que viven los gobiernos bolivianos es la atención a las demandas sociales, cuya insatisfacción es muy similar a la que muchos sectores en Bolivia sienten y desembocan en reclamos y una serie de nuevos problemas con los cuales todos los mandatarios luchan generación tras generación. Perú no es la excepción y sus indicadores de demandas no atendidas son, igual que los nuestros, altos (cerca de la mitad de la población peruana carece de saneamiento básico, uno de cada cinco peruanos tiene seguro social y su calidad educativa está entre las más bajas de la región). Un reto también presente es que su partido político es indisciplinado, muy distinto a lo que, al menos en su inicio, mostró el masismo en Bolivia donde la voz del presidente Morales era ley.
Estará en manos de Ollanta Humala definirse como populista (estilo del socialismo del siglo XXI) o como estadista, como ciudadano con dos dedos de frente y con el conocimiento técnico necesario. Espero que su paso por el Gobierno del hermano pueblo peruano sea más positivo y refleje en acciones y no en retórica, desarrollo para sus ciudadanos, sus empresarios, sus instituciones, sus sueños y su futuro.
Los Tiempos – Cochabamba