El puré ideológico del Gobierno


Fernando Molina

fernando_molina Después de cinco años de “proceso de cambio”, lo que más ha cambiado en el país ha sido la ideología del Gobierno. Puede compararse con un conjunto de ingredientes que, metidos en la olla de presión de los acontecimientos históricos y de los ritmos del poder, se ha convertido en una suerte de “puré” en el que se mezclan, indistinguibles, ideales con conveniencias, hechos con 11mentiras, giros a la derecha, a la izquierda y al centro, estatismo con grandes ganancias privadas, indianismo naturalista con depredación ambiental, progresismo con machismo, homofobia, etc.

Aquellos que se tomaron en serio el discurso oficial del MAS tendrían que encontrarse en estado de estupor, al menos si conservaran cierta honestidad intelectual. Otros que no fuimos tan ingenuos nos limitamos a ver cómo los hechos de hoy confirman nuestras opiniones iniciales.



En 2006 publiqué un libro que ya señalaba desde el título el marco en el que se desarrollaría la gestión que acababa de comenzar. Se llamaba “Evo Morales y el retorno de la izquierda nacionalista”. En él se decía, en fecha tan temprana como ésa, que el supuesto indianismo del Presidente era un adorno recién colgado, y que en verdad Morales “ponía en política” los intereses de los campesinos, que a su vez eran los que se habían cocido en la marmita del 52, es decir, los que polarizaban el binomio nacionalismo-desarrollismo. En el campo de la izquierda, Pablo Stefanoni hacía otro tanto, al señalar el carácter nacional-popular del entonces incipiente proceso boliviano.

Estas caracterizaciones tempranas fueron después repetidas por algunos, aunque ciertamente sin señalar los antecedentes fechados que acabo de mencionar. En realidad, no importa. Al fin y al cabo, entender qué era y a dónde iba el MAS no requería de una gran agudeza intelectual, sino de algo de valor personal para preferir la verdad, por amarga que ésta fuera, a la ilusión que entrañaba la nueva retórica culturalista, según la cual lo que estaba en curso era un esfuerzo totalmente “inédito”. Muchos intelectuales y hombres públicos prefirieron acogerse a esta débil esperanza para evitarse a sí mismos un trance que en un país estatista siempre resulta penoso: el vía crucis de ser antioficialista. Para cubrir sus huellas, inventaron la teoría de la supuesta extrema complejidad del MAS, que lo habría tornado prácticamente incognoscible. Y puesto que no podía saberse qué era este fenómeno tan raro, no quedaba más que esperar que se manifestara de una manera completamente nueva y milagrosa.

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En este momento las pruebas de que la confianza en el MAS fue un (conveniente) error abundan, pero nadie se hace responsable. Salen manifiestos y hasta partidos críticos, pero, a decir verdad, son muy poco autocríticos. Y los que perseveran en el fallo todavía son la mayoría.

La más expresiva elucidación sobre el carácter del Gobierno aparecida estos días es la decisión del presidente Morales de construir una carretera en un parque nacional “les guste o no” a los indígenas que viven en él, y el curioso método que propuso para lograrlo, es decir, mandar a los jóvenes campesinos, que quieren el camino, a seducir a las muchachas indígenas que se oponen a la iniciativa. Así, en un solo acontecimiento se concentraron todas las contradicciones y desvergüenzas ideológicas. Casi frente a nuestros ojos, el impoluto suelo del “espacio progresista” quedó anegado por el desborde de las aguas negras de los intereses y los hábitos reales.

Igual cosa puede decirse del gasolinazo, de la importación de autos chutos y, de una manera mucho más importante para el futuro del país, de la decisión de echarse atrás en la “reconducción comunitaria (léase indígena) de la reforma agraria”. Como se sabe, ésta había establecido que las reversiones de tierra fueran colectivas e indivisibles y favorecieran necesariamente a las asociaciones de indígenas.

Un lustro después, el oficialismo prepara otra ley para darle a este proceso el carácter individual que siempre tuvo en las tierras altas. Reconcilia así el programa agrario con la realidad del mundo rural, en el que la comunidad es una pervivencia cultural y política, pero no existe como unidad económica. Pero al mismo tiempo corta uno de los pocos logros concretos del indianismo durante la gestión del MAS (junto con la consulta obligatoria a los indígenas sobre los proyectos de desarrollo, también cancelada en lo que concierne a los proyectos del Estado, tal y como comprueba ahora mismo la construcción de la nueva carretera).

¿Qué queda, pues, de la “novedad plurinacional”? Sólo las ficciones jurídicas, como la atribución a los pueblos de la condición de “naciones”, que no se traducen en ninguna prerrogativa estatal. Queda también, para ser justos, un avance relevante: el empoderamiento indígena, aunque éste sea más un resultado de las vicisitudes de la lucha popular que de alguna política pública. Es más, cuando esta política existe (como en el caso de las cuotas indígenas en las elecciones judiciales), los primeros en transgredirla son los seguidores del partido de Gobierno.

En suma: el proceso boliviano está plenamente instalado en “el tiempo de las pequeñas cosas”. En la práctica lo que tenemos es el agresivo transcurrir por la política de una flamante burocracia nacionalista, que sucede a las varias que ha habido antes; se diferencia de éstas por un rasgo relativamente menor: está encabezada por un campesino, mientras que los “doctores” ocupan rangos inferiores, aunque cada vez tomando decisiones más importantes. En el espacio del discurso lo que hay ahora es una “papilla” dentro de la que se apelmazan las viejas declaraciones de principio y las nuevas (y contradictorias) justificaciones de hecho.

Página Siete – La Paz