Emilio Martínez
La trashumancia de la Santa Cruz primigenia se convirtió en mito fundacional, volviéndose la Ciudad Andante una suerte de marca genética de la cultura cruceña.
Desde entonces, el horizonte es el futuro, aunque la utopía del progreso conviva con la mirada nostálgica hacia un pasado bucólico, suspendido entre lo imaginario y lo real.
Quizás a consecuencia de esa predisposición al cambio, la segunda marca que define a Santa Cruz de la Sierra es la apertura, proceso que se produce no sin controversias, pero que da lugar a la Ciudad Abierta donde convergen y se asimilan las culturas.
Pero la trashumancia, el nomadismo social y cultural, también se traducirá en la movilidad de Santa Cruz más allá de los esquemas previstos por el poder central, ya fuese en la Colonia, en la República o en el Estado Plurinacional.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Surge así la Ciudad Autónoma, constructora de su propio destino.
Por supuesto, cada una de estas facetas o virtudes de la ciudad tiene su reverso, su contracara, a manera de resistencias o anclajes: a la Ciudad Andante se opone la petrificación de la mirada en un pasado de fábula; a la Ciudad Abierta la contrasta el miedo al cambio o a lo extraño; a la Ciudad Autónoma las mentalidades habituadas a los límites impuestos por el poder estatal.
Sin embargo, se trata de resistencias que desafían pero no vencen a esa triple marca genética, ya constituida en Proyecto de Ciudad.
El Deber – Brújula