Arminda Colque: “Fidel está más ciego que yo”


Perfil. Desde la revolucionaria ciudad de El Alto, la esposa del senador Surco reconstruye el momento duro de su vida. Tiene limitaciones físicas, administra un bus y no cree en el poder.

imageReto. Está aprendiendo a dar sus primeros pasos con bastón ya en la calle

Era un sobre inofensivo, tamaño oficio y color hormiga. Arminda Colque lo tenía en sus manos desde las 9:00 y ya eran las 15:00. El paquete estaba dirigido a su esposo, al senador Fidel Surco (MAS), y tenía el rótulo de ‘urgente’. Ella lo abrió despacio y de adentro salió un ¡boom! ligero y enorme que en dos segundos le cortó cuatro dedos de la mano izquierda, le rompió sus ojos negros, le perforó los tímpanos y le dejó una de sus piernas del grosor de un palo de escoba, sangrando. 



Eso fue miércoles 12 de agosto del 2009 y el dolor sigue sigue ahí, estacionado bajo la sombra de sus peores recuerdos. Ella tiene 36 años y es la víctima de un sobre bomba cuya onda expansiva continúa cabalgando sobre el lomo de lo que ella considera su desgraciada existencia. 

Arminda está en la segunda planta de la oficina de su abogado Pablo Paco, en la caótica ciudad de El Alto de La Paz. Está sentada y con gafas, con un bastón en la mano y con ganas de decir que el senador la abandonó a ella y a sus dos hijos a las 6:00 de hace tres meses. También dice que la investigación del atentado descansa tiesa como un muerto.    

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Surco no escondió la cara. Con una voz de pena rechazó la denuncia de Arminda, (que días atrás presentó una demanda en contra de él por abandono de hogar). Dijo que no se fue de su hogar, sino, que lo echaron y anunció la entrega de una tarjeta de oro de una clínica paceña para que su esposa tenga dónde caer enferma. 

Ambos se conocieron hace ocho años, haciendo lo que más sabían: ella viajando de La Paz a Caranavi (región de Yungas), al lado de su chofer, que manejaba el bus que su padre había comprado con el finiquito del Decreto 21060, que relocalizó a los mineros del país. Y él, con su fuerza de hombre sindical, comandaba un bloqueo de carretera que exigía la construcción de caminos y puentes.

“El norte de Yungas estaba paralizado, pero los colonos permitieron que los transportistas lleguemos hasta Caranavi”, dice ella y recuerda que a Fidel lo había visto antes como pasajero en el bus, pero no le había dado importancia. A partir del bloqueo empezaron a salir juntos. De eso hace ya ocho años.

Arminda tiene el rostro quemado pero una sonrisa corta le borra la amargura causada por las esquirlas de la bomba. En todo ese tiempo Surco luchaba para consolidar su proyecto personal en la política nacional, y ella empujaba el tren de las campañas, acarreando gente en su bus para las concentraciones.  También buscó ser ejecutivo provincial del MAS en la provincia Caranavi, ser candidato a alcalde, a concejal y a diputado.

Muchos de esos caminos quedaron cortados y los esposos Surco-Colque, al borde de la decepción. No estaban casados, había amor, pero pocos logros materiales. 

Después vinieron dos cargos de gloria. Surco consiguió ser elegido el máximo ejecutivo de la Confederación de Colonizadores de Bolivia y la cabeza más visible del Concejo Nacional por el Cambio (Conalcam). Con ello, coronaba una época de sequía que Arminda lo había ayudado a capear. 

Con Fidel montado en el lomo del Conalcam, la vida les iba en ascenso. Pero el 11 de agosto de 2009 se interpuso en el camino.

Aquel día fue cuando Arminda abrió el sobre bomba. Ella estaba en la oficina de la asociación de buses Tourbus Totaí de la zona de Villa Fátima de La Paz (a la que ella pertenece), cuando le entregaron el paquete. Ahora que ha pasado el tiempo se pregunta por qué el sobre no fue enviado a la oficina de su esposo.  A las 9:00 se lo dieron. El remitente era un tal proyecto Juan Maquera. Una hora después Fidel le habló por teléfono y le dijo que le llevara sus ‘cachos’ porque pensaba que ella estaba en su casa. “Estoy en la oficina de Tourbus Totaí”, le dijo, y le contó que tenía un sobre para él. Surco le pidió que lo abriera, que viera el contenido y que lo derivara. Pero no lo abrió en ese momento. Ella todavía fue a comer algo y después se subió en un taxi que la llevó a un sindicato de transportistas que queda en la misma zona de Villa Fátima. Ahí la recibió le dijeron que la reunión entre transportistas de buses que estaba fijada para tratar el mejoramiento del servicio iba a empezar en unos minutos.

Arminda se sentó, vio el sobre en sus manos y recordó que Surco le había autorizado abrirlo… Y reventó. Fue un ruido sordo y metálico, quemante y seco.  Sintió que los dedos de sus manos se encogían, que una de sus piernas había desaparecido, que sus ojos estaban hechos humo. Pero estaba consciente y en esa marea de ruido y sangre marcó su teléfono celular: “Me estoy muriendo Fidel”, le lloró en el oído. Estuvo cinco días en terapia intensiva y cuando despertó se enteró de que su cabeza estaba vendada, que tenía las manos atadas y que el presidente Evo Morales había ido a visitarla. Después fue el vicepresidente Álvaro García Linera el que entró en su habitación y le prometió que el Gobierno no la iba a desamparar. 

Fidel hizo gestiones y llevó a su mujer a un hospital de Miami. Ella se puso contenta cuando supo del viaje, pero quería mirar el cielo por la ventanilla del avión. Ahí se enteró que estaba ciega. En EEUU le reconstruyeron su pierna izquierda. Reconstruir es un decir, porque la suya es una masa de carne con una protuberancia encima de la rodilla. “Necesito por lo menos tres operaciones para que le den forma a esta piernita”, dice, y se arremanga el pantalón de tela suave con el que se viste para que el sol y el viento helado que baja a tropel de las montañas no la lastimen. 

Pero hubo otra desgracia en el camino. Surco se lanzó como candidato para senador por La Paz y contrató a Freddy, el  hermano de Arminda, para que sea el chofer de su campaña. En diciembre, tres meses después de la explosión del sobre bomba, su hermano, de 23 años, murió en un accidente vehicular en la carretera Oruro-Challapata.  Pese al llanto y a la pregunta familiar de los Colque de por qué tanta tragedia, Surco siguió en campaña y ganó el curul en la Cámara Alta. Desde entonces, dice Arminda, Fidel cambió. “No sé si el poder o el dinero le han afectado. El hombre humilde, el que trabajaba en el lote produciendo papaya, al que yo he apoyado en todas sus batallas, me ha dado la espalda. Se fue el 20 mayo de este año. Pero mucho antes se casaron. En junio del 2010 él la metió a la iglesia de Coroico y también firmaron en el libro del registro civil como marido y mujer.  Se dieron el tradicional beso de amor pero el matrimonio no duró ni un año. 

La explicación que ella tiene es que los adulones del poder le hicieron creer a Fidel que estaba tocando el cielo. “Yo estoy ciega y aprendiendo a conocer a las personas por el tamaño de su corazón. Fidel, que tiene sus ojos sanos, está más ciego que yo. No valora a su familia”, dice Arminda, y recuerda que parecía un sobre inofensivo el que le jodió su vida.

Su perfil  

«Llegó de las minas y vendió dulces»

Arminda Colque nació en 28 de febrero  de 1975 en el centro minero de Avicaya, ubicado en Oruro. Estudió la primaria en el colegio Guillermo Gutiérrez y salió bachiller en La Paz.

Tiene cinco hermanos.  Cuando estaba en tercero medio trabajó en un centro de telas y vendía dulces en el colegio porque su familia sufría de algunas carencias materiales. 

En 1992 salió bachiller  y en 1993 empezó a estudiar la carrera de Auditoría en la Umsa. Mientras cursaba esa carrera trabajó en Entel. Los inversionistas italianos que habían capitalizado la empresa le propusieron trasladarla a Santa Cruz pero rechazó la propuesta y renunció. No quería sufrir los efectos de la migración como le ocurrió cuando dejó su casa materna de Oruro para irse a La Paz.

El 16 de junio del 2010 se casó con Fidel Surco por lo civil y el 19 por la Iglesia.

La fiesta fue en Coroico, duró dos días y el matrimonio ni un año.  Tuvieron dos hijos, niña y niño.

“El matrimonio, él me lo pidió, no sé si fue una burla, se comprometió ante la sociedad y ante Dios a que iba a cumplir conmigo. No sé si se casó porque me quería. Yo pensaba que Fidel no me iba a abandonar y que estaba definida nuestra relación”, dice.

Roberto Navia, El Deber