Mauricio Moreno Pedraza
Es muy triste y aún más impactante ser testigo de las consecuencias mortíferas del infame virus que desde hace más de dos meses acecha nuestro país y al mundo entero.
Nuestro sentir se ha extralimitado a la impotencia, sin poder encontrar otra palabra más adecuada que represente lo devastador que estamos sintiendo y viviendo.
Hoy los centros de salud, hospitales y clínicas de Santa Cruz se encuentran colapsados, al igual que los laboratorios para las pruebas Covid-19. Muestras apiladas y almacenadas en condiciones no adecuadas reflejan un descontrol y una evidente carencia de espacio y recursos humanos para atenderlas.
Ante esta situación, y al no contar aún con la vacuna o un tratamiento médico aprobado por la OMS, la población asume el riesgo de auto-medicarse al adoptar opciones de un compendio de testimonios o disertaciones encontradas en las redes sociales consideradas en muchos casos como su único consuelo ante la falta de asistencia médica. Y aquellos que no tienen acceso a los fármacos o tienen dificultad económica para comprarlas, la medicina tradicional de nuestros abuelos se ha convertido en su única opción de esperanza.
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Una población encerrada por más de 80 días y desesperada a la misma vez en un ambiente cada vez más paranoico y caótico, decide también bajo su propio riesgo, cuidarse por sí sola al no tener más alternativa que volver a su trabajo o buscar otro para llevar el pan de cada día a su familia. La frase “O morimos por el virus o por hambre” va haciendo más eco en especial en los barrios periurbanos o villas de nuestra ciudad.
Los números de contagio y letalidad crecen día a día aceleradamente y sin discriminación, tal como si el virus estuviera en una competencia contra la vida.
Nuestra cultura, idiosincrasia, disciplina y la realidad económica no ayudan a minimizar o peor aún contener los contagios. Bombardear con publicidades de bioseguridad por todos los medios y el incentivo de organizaciones privadas para conseguir plasma hiperinmune no es lo suficiente ante las necesidades y condiciones que vive la población y las instituciones a cargo de la emergencia.
¿No será que nos hemos quedado sin salida ante una evidente fase de inmunidad global y natural que por inercia es parte ineludible de la vida útil de cualquier virus? ¿No será que es tiempo de perdonar, de ser más humano y encontrar la solidaridad y nobleza en nosotros mismos?
Creo que no es está demás en asumir los hechos y rendir las cuentas de nuestras vidas, hoy más que nunca nos hemos dado cuenta de lo frágil que somos, no obstante, sabemos que al final siempre hemos salido victoriosos, no por algo el ser humano ha sobrevivido en esta tierra desde hace más de miles de años.
Un abrazo y que Dios los bendiga.