José Jimenes J.
Hace unos días, Televisión Boliviana –no sé si lo hizo antes- difundió íntegramente la intervención del presidente de Bolivia en la Cumbre celebrada en Caracas, en la que se resolvió la creación del CELAC. Fue entonces que, sin deformaciones ni interpretaciones, se supo lo Evo Morales dijo en dicha reunión.
Para comenzar, hay que resaltar que los responsables del canal oficial no le han hecho ningún favor al presidente ni al país. Es decir, han pasado no sólo las incongruencias y los errores conceptuales que no pueden perdonarse a un mandatario serio, sino también los embustes que seguramente le han aconsejado que lance ante un auditorio presidencial que se supone sea entendido en política, economía y relaciones internacionales.
Y no solamente dio cifras mentirosas al referirse a la supuesta bonanza del país bajo su administración, sino que, entre insultos y ofensas, el presidente se enfrascó en una autoalabanza deplorable. Insistió, como lo hacen los oficialistas, atribuyéndose el crédito por los mayores ingresos que percibió el país por sus exportaciones desde 2006 hasta 2011. En su casi-castellano ofreció datos, cifras, indicadores económicos, volúmenes y precios de los productos exportados, porcentajes comparativos y contó una versión ingenua de cómo resistió y resiste los embates enormes y perversos del “imperio”. No se sabe si él mismo creía lo que afirmaba.
El propósito de esta nota no es ni alentar que se asignen a otros los méritos. Está a la vista algo que es tangible, es decir que los logros no son de Evo Morales. El MAS recibió un país que ya estaba preparado para el gran salto en la producción de hidrocarburos y, consiguientemente, para el incremento dramático de las exportaciones de gas.
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El gasoducto al Brasil no fue obra del populismo masista. Evo Morales y los otros cabecillas de este partido, cuando se convino dicho gasoducto, estaban enfrascados en una pérfida lucha por mantener la producción de la hoja de coca que es la materia prima para la fabricación de la cocaína.
Si se toma en consideración lo que ahora proclama el presidente, con machacona insistencia y con cinismo, que hay que preservar los recursos naturales de la voracidad de las transnacionales, seguramente nunca habría sido posible, con este gobierno, que se invierta lo suficiente para abrir los campos hidrocarburíferos que ahora son el sostén de la economía boliviana que ahora está muy bien ayudada con los recursos provenientes del narcotráfico tolerado. La prueba de que las inversiones han sido espantadas durante por este gobierno, es que esas inversiones, a partir de 2006 no han sido suficientes para garantizar, por ejemplo, el descubrimiento de nuevas reservas para emprender proyectos como el del Mutún, que depende del gas como base de una planta siderúrgica; gas que no está disponible, ni lo estará en los próximos años.
Vale la pena repetirlo: El empeño de explorar el territorio nacional en busca de hidrocarburos que demanda grandes inversiones, no habría sido viable con un gobierno, como el del MAS, que notorio enemigo de la inversión extranjera. Los contratos con los inversionistas que hicieron posible que se explote y se exporte el gas, no son mérito de Evo Morales; por el contrario, constituyen un logro de los gobiernos “neoliberales”, a pesar de la acción disociadora masista.
No le cabe en la cabeza de Evo que a Chávez no le interesa el desarrollo de los hidrocarburos de Bolivia; esto se demostró con el famoso anillo de distribución de gas propuesto por el gobierno de Venezuela en 2005, sin considerar a Bolivia. Chávez, que no puede explicar por qué es el socio económico latinoamericano más importante del “imperio” al que provee el petróleo que se refina en Estados Unidos, no tiene interés en competidores, menos aún a Bolivia como proveedora importante de gas en el Cono Sur.
Mientras tanto, los bolivianos agredidos por la incuria, soportan el empeño presidencial de proclamar embustes en los que nadie cree.