Orlando Ochoa Terán
En teoría la estrategia electoral de un candidato está dirigida a conquistar la cantidad necesaria de votos que le permitan ganar las elecciones. Para lograr esta meta se asume que el candidato debe tomar decisiones racionales.
Según el politólogo, David Damore, de la Universidad de Nevada, son cuatro las decisiones fundamentales que debe tomar un candidato para organizar una campaña electoral: 1) A qué segmento del electorado deberá dirigirse; 2) Cuál debería ser el contenido del mensaje; 3) Cuáles medios (TV, correo directo, apariciones públicas, etc.) favorecer para presentar el mensaje; 4) El foco de este esfuerzo debe ser ¿positivo o negativo?
Es necesario aclarar que en esta teoría se entiende como positivo el mensaje que resalta los valores del candidato que se promociona y negativo el que se dirige en contra del oponente. Los dos mensajes tienen costos y beneficios, dependiendo de la oportunidad, el tema y la dinámica de la campaña. Los mensajes negativos sirven el propósito de socavar los apoyos del oponente y tienen la virtud, según algunos estudios, que el votante los recuerda con más facilidad y tienen mayor influencia en la actitud y la decisión de los electores.
En las elecciones de 1998, el candidato demócrata, George Dukakis, fue objeto de intensos ataque por parte de su oponente, George Bush. Alegando que eran infundados, Dukakis se rehusó a contraatacar. Fue percibido por electorado como “inefectivo e indeciso”.
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Juego suma-cero
Los politólogos Skaperdas y Grofman sostienen que los candidatos con menor nivel de apoyo son los más inclinados a atacar. No obstantes persistentes ataques a un candidato puede ofrecer razones para no votar por el atacado sin desplazar esos votos a favor del atacante. En términos de costo/beneficio el balance entre lo positivo y lo negativo es crucial a fin de maximizar los beneficios y disminuir los costos.
Los resultados de los análisis estadísticos sugieren, alega Damore, que la decisión de atacar tiene la función de cambiar el ambiente electoral. La táctica de concentrarse en lo positivo en candidatos que puntean las encuestas se explica porque no tienen incentivos para cambiar el mensaje. Esta táctica también tiene sus desventajas. Su oponente u oponentes intentarán, a través de mensajes negativos, tratar de cambiar la forma como el electorado los percibe tal como ocurrió en las primarias que tienen lugar en EE UU. Cuando Newt Gingrich pasó a encabezar las encuestas republicanas los ataques de sus oponentes lo relegaron de nuevo. El pasado martes en Iowa reaccionó de nuevo para calificar a Mitt Romney de “mentiroso”. En elecciones primarias, como se ratifica en el proceso republicano, el electorado tiende a escoger a quien percibe como el más apto para derrotar al presidente Obama.
Independientemente de la moralidad pública, teorías, hipótesis y modelos académicos, lo convencional entre profesionales de las campañas electorales es que el mensaje negativo funciona. Ellos sostienen que el proceso es un juego suma-cero. Un voto para un oponente es un voto menos para el candidato. Un voto que se le quita al rival es un voto ganado. El mensaje negativo que generalmente es rechazado por los electores es aquel que es percibido como desproporcionado e injusto.
Negativo vs positivo
Otra realidad que surge de la dinámica de las campañas presidenciales es que el candidato opositor es el más probable que decida atacar al gobernante de turno que generalmente ha dedicado años a construir una imagen entre los votantes. Está probado que en un escenario donde el electorado se divide en partes semejantes entre un candidato opositor y otro oficialista, este último tiende a ser favorecido en virtud de que les resulta más familiar y un producto probado y conocido.
En otra novedosa tesis de grado (PhD), Projection Effects and Strategic Ambiguity in Electoral Competition, el politólogo Thomas Jensen analiza las percepciones del votante basado en la teoría de sicología que postula que el ser humano prefiere estar en estado de “cognitiva consistencia” de modo que un votante prefiere creer que está de acuerdo con un candidato que le gusta (por razones no relacionadas con sus posiciones políticas) y en desacuerdo con candidatos que no le gustan. Esto lo llaman los sicólogos ‘proyección’ y puede ser positiva o negativa. Es un incentivo, sostiene el autor, para que algunos candidatos adopten posiciones ambiguas.
¿Cómo se relacionan estas teorías, modelos e hipótesis con las elecciones venezolanas y sus candidatos? Un tema interesante y pendiente para abordar.