La culpa es de los otros…


Marcelo Ostria TrigoSe acrecienta la tendencia de adjudicar a otros las tropelías propias; es decir, echar la culpa al adversario por cualquier insensatez o equivocación. Es el escapismo: la evasión o huida de la realidad, y de la responsabilidad. Infortunadamente, de esta manera se va forjando una historia mentirosa o, por lo menos, deformada, en la que se dice que todos los errores fueron heredados, mientras los que afirman tal cosa pretenden ser los inocentes y aun las víctimas de pasados atropellos, supuestos o reales.Este escapismo se ha convertido también en discurso recurrente para justificar yerros y tropelías. Se intenta convencer –especialmente a los poco avisados– que todo lo malo viene del pasado; que hemos recibido solo lo perjudicial y que ahora nos toca sacrificarnos y cambiarlo todo para enmendar lo execrable. Esto resulta un ejemplo de autoflagelación, tanto en discursos como en libros –algunos muy difundidos y repletos de deformaciones.Es cierto, no todo lo pasado fue mejor. Hubo de todo. Y, por ello, si se actúa con salud mental, lo transitado sirve de experiencia para mejorar; para asegurar el ‘aggiornamento’ político acorde con el enorme adelanto científico y tecnológico que ha dejado atrás modelos e ideologías anquilosadas.En verdad, persiste también el prurito de esgrimir la falacia para adjudicarse éxitos que no provienen de quienes los proclaman. Estos seis años han sido excepcionales en ingresos por el aumento de las exportaciones de gas y por los altos precios internacionales de las ‘commodities’. Fueron seis años de vacas gordas, pues crecieron las reservas de gas y, hasta 2010, no hubo déficit fiscal, pues se dispuso de más dinero para administrar el país. Todo esto lo repitió el presidente en la reunión de Caracas que dio origen a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Dio cifras, sin tomar cuidado, pues las estadísticas –especialmente las oficiales– frecuentemente muestran todo, pero ocultan lo esencial y, en este caso, es notorio que durante este sexenio, el gas y los minerales en alza no fueron aprovechados para incrementar el bienestar de los ciudadanos, sino para la dilapidación y la prebenda.Pero no todo es economía. Hay nuevas carencias –no necesariamente heredadas– que están empobreciendo la calidad de vida de los ciudadanos. Una de estas es la invención de una justicia sin idoneidad, ni profesionalismo ni neutralidad partidista. Esto, por ejemplo, no es culpa del pasado. Tampoco lo es la carencia de un auténtico Estado de Derecho, ni las zancadillas oficialistas para desconocer la voluntad de los ciudadanos.Todos los días se acusa al ‘neo-liberalismo’ –la palabreja preferida de quienes se dedican a abjurar del pasado– de haber dejado herencias malditas. Se esperaba, con razón, que luego del desmoronamiento del comunismo vendría una nueva época de paz, aun con las inevitables diferencias de opinión y de convicciones políticas, pues la unanimidad solo es propia del rebaño. Pero muchos siguieron con ansias de destruir a sus oponentes, librando crueles luchas intestinas, alimentando odios y venganzas por afrentas supuestas o reales.Lo peor: los muertos en Bolivia por los enfrentamientos y la represión ya suman varias decenas, pese a la promesa de que en este periodo no habría ninguno por obra de la lucha política.En alarde de grandeza, todos deberíamos reconocer que del pasado –conservador, liberal o ‘neo-liberal’– hay mucho de bueno por rescatar. Y así también se evitaría que se siga deformando nuestra historia.Ya no más “la culpa es del otro…”.