Ronald Balderrama*
En Bolivia la cultura política autoritaria convive enlazada a una característica innata dentro de la misma sociedad, que es la intolerancia social, estos hechos demarcan una profunda problemática enraizada culturalmente, problema que está por demás decirlo es de larga data y tiene raíces muy profundas en los componentes de diferentes estratos sociales.
Siguiendo el concepto que plantea H.C.F. Mansilla, por cultura política se entiende generalmente el conjunto de elementos y rasgos políticamente relevantes que caracterizan a una sociedad determinada, prestando especial atención a los valores de orientación, puntos de vista y actitudes reiterativas. La categoría usual de cultura política abarca los rasgos subjetivos y la esfera simbólica de los actores políticos, pero, al tratarse de dilatados grupos sociales, estos elementos subjetivos y simbólicos se transforman en factores objetivos de primera magnitud, pues influyen, a veces de forma determinante, sobre las decisiones políticas de extensos sectores poblacionales.
Para entender la intolerancia se hace necesario conocer la primera noción de tolerancia descrita por John Locke en su carta sobre la tolerancia, que es definida por la fórmula “dejad de combatir lo que no se puede cambiar”. Esta obra, como la naciente idea de tolerancia, resulta estrechamente vinculada al surgimiento del mundo moderno; representa la expresión y el reflejo de una concepción del Estado que ha desembocado en las actuales democracias liberales, las cuales reposan sobre la libertad de los individuos.
La lucha contra la intolerancia y, consecuentemente, la consagración de la libertad religiosa y de conciencia como un derecho político, ha estado ligada históricamente al proceso de constitución del Estado democrático liberal, uno de cuyos elementos integrantes es el reconocimiento de la personalidad individual como origen, fin y limitación de la actividad estatal.
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El intolerante tiene entonces una cierta “teoría de la verdad” entrelazada al poder político, y hasta militar, como mediación de su expansión. La aceptación del otro en la verdad dogmática es el fruto de la derrota en una guerra fundamentalista; y que pretende ser una guerra justa, en tanto opina que es una guerra en defensa y propagación de la verdad.
En la tipología de los sistemas políticos, se suele llamar autoritarios a los regímenes que privilegian el aspecto del mando y menosprecian el consenso. En cuanto a las ideologías autoritarias, son aquellas que niegan de manera decidida el principio de igualdad de los hombres ante la ley. Los regímenes autoritarios son sistemas políticos con un pluralismo político limitado y no responsable; y en los que un jefe (o tal vez un pequeño grupo) ejerce el poder dentro de límites que formalmente están mal definidos pero que de hecho son fácilmente previsibles.
El autoritarismo en el movimiento popular y sindical, toma forma en el corporativismo, en el momento en que a las demandas se tornan específicas de un grupo, no son asumidas como problema del conjunto de la sociedad, por ejemplo los cocaleros luchan por defender sus plantaciones, no luchan por el derecho al trabajo; las negociaciones con el gobierno se las lleva a cabo como sector, al margen de la problemática enfrentada como conjunto de desocupados.
Cuando hablamos de autoritarismo generalmente utilizamos el concepto para referirnos a esquemas dictatoriales, o para criticar las acciones del líder, difícilmente aceptamos el termino como una realidad intrínseca a nuestro cotidiano, el autoritarismo no es privilegio de dictadores militares o líderes electos que cambian su acción política debido a los “caprichos“ del pueblo, sino que el autoritarismo es una de las características más marcadas de la cultura política no sólo boliviana sino latinoamericana y que tiene presencia histórica.
Ahora enlazando los conceptos vertidos, se entiende que dentro de la sociedad boliviana existen individuos con una tendencia fuertemente vinculada a la intolerancia y al autoritarismo que se mueven en distintos entornos, ya sean desde los sindicatos, gremios, o cualquier tipo de corporativismos, hasta llegar a calar en la intimidad de quien lidera o manda en los grupos familiares.
Este tipo de mando se refuerza a la idea colonialista y patriarcal que es el hombre quien debe de mandar y liderizar el orden establecido, lo cual provoca que exista intolerancia al cuestionamiento a su liderazgo. La intolerancia va reflejándose en actitudes muy desagradables de maltrato que se ejemplifica en todo tipo de maltratos que sufre la mujer, ya sea en el seno familiar o en la misma sociedad y sus diferentes instituciones.
El hecho hoy de ver lo que acontece en nuestra sociedad con diferentes casos de maltrato, violaciones, como discriminaciones que sufren los bolivianos, refuerza la idea de que Bolivia vive una carente crisis de valores, que van mucho más allá de simplemente valores familiares, sino valores culturales donde las Leyes son cuestionables, y donde la convivencia pacífica entre individuos se va disgregando.
Está claro que gran parte de la sociedad lucha contra este tipo de cultura establecida, y que los esfuerzos desde la instauración de la democracia ininterrumpida han sido bastantes, la acumulación de valores y normas han sido la base de los pilares para construir una tolerancia a nivel cultural, pero que lastimosamente en los últimos años han sido cuestionados por un tinte ideológico que recae en lo absurdo, generando polaridad en cualquier esfera de la sociedad y por ende en cualquier individuo que piensa o mal entiende que generar critica es generar confrontación.
Las nociones para dar solución a un problema cultural deben ser de características homogeneizadoras, integrales, ya que si no se concientiza desde la raíz de los núcleos familiares, sociales, culturales, educacionales e ideológicos y por supuesto estatales, todo esfuerzo es y será improductivo.
Estimado lector: ¿Cuál es su aporte e ideas para tratar de solucionar los problemas de violencia, intolerancia y autoritarismo que vive nuestra sociedad?
*Politólogo
DeBolivia