Manfredo Kempff Suárez
Hace poco tiempo que nos referíamos, desde esta misma columna, a los inmensos perjuicios que causan los bloqueos de caminos en nuestro país, ya sea como método de lucha política, o por reivindicaciones salariales, o simplemente como protesta por asuntos nimios que podrían tener otros métodos de solución menos dañinos.
Lo grave, lo que parece no tener un desenlace promisorio, es que el “mal boliviano” – es decir el síndrome del bloqueo – se impone cada vez con mayor fuerza en la mentalidad de nuestra población, y a consecuencia de ello nos encontramos diariamente, casi sin interrupción, con parapetos, zanjas y trincheras, por todos lados, que, además de impedir la libre circulación de personas y productos, ofrecen una pésima imagen de Bolivia en el exterior.
El espectáculo más lamentable es el que se ha dado con el bloqueo de la carretera a Copacabana, uno de los principales destinos turísticos nacionales, que se produjo – y continúa hasta hoy – en los días de la Semana Santa. Como si el objetivo hubiera sido – la triste verdad es que lo fue – impedir el paso de vehículos entre La Paz y el santuario, y, como una suprema generosidad, permitir que los peregrinos, es decir los caminantes, pudieran transitar por aquel trecho.
¿Cuál ha sido el resultado? Es fácil adivinar la pérdida millonaria para los hoteles y restaurantes, pero, además, para las agencias de turismo que habrán recibido cancelaciones por doquier. Lo incomprensible es que los bloqueadores han cometido este atentado conociendo perfectamente que Semana Santa es la temporada más importante para Copacabana, cuando esa pequeña ciudad puede recibir los ingresos que no recibe en todo el resto del año. Es decir que ha existido una flagrante maldad, una incomprensible falta de consideración con personas que han quedado arruinadas o cuando menos muy afectadas en sus ingresos.
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¿Y cuál el motivo del bloqueo? Casi nada, se podría decir con ironía que en estas circunstancias no cabe: campesinos del altiplano exigen la construcción de tres puentes sobre el Lago Titicaca para llegar a Copacabana, en vez de uno en Tiquina que lo solucionaría todo. Ese puente en Tiquina es cuestionado por los balseros que dicen que con el puente perderían su fuente de trabajo. Por lo tanto el Gobierno – y anteriores gobiernos también – está arrinconado. Un gremio de balseros no quiere un puente y sus vecinos indígenas quieren tres puentes. ¿Quién entiende esto? Nadie.
Dicen que el puente en Tiquina tendría una longitud de 900 metros aproximadamente y su precio correspondería a esa distancia. Los otros tres deberían construirse, saltando de isla en isla, a lo largo de unos 7000 metros, siete kilómetros sobre el Lago, y su precio no lo podrían pagar ni en Dubai. Pero, además, según los entendidos en turismo, el armatoste de cemento costaría en dos el Lago Menor, quitándole su belleza. ¿Y qué justificativo económico tiene la construcción de ese caprichoso ingenio? ¿Qué potencialidades económicas existen entre Kehuaya, Isla Suriqui, Isla Taquiri y Santiago de Oje? ¿Cómo unos campesinos pobres van a desechar el ofrecimiento de un puente en Tiquina, a todas luces útil y posible, a cambio de una ilusión absurda? Esto sí que se llama ganas de molestar.
Y volvemos a lo que tanto nos preocupa, que es el transporte internacional y la posibilidad de que Bolivia, a falta de puertos, sea, siquiera, un país de tránsito, de servicios, para el gran comercio mundial que se generaría fundamentalmente en la ruta Atlántico-Pacífico, cuando Brasil (los estados de Rondonia y Mato Grosso fundamentalmente) utilicen la ruta bioceánica que está a punto de inaugurarse. Volvemos a insistir que si en esa ruta se instalan algunos caprichosos a pedir plata, destitución de alcaldes, o cesión de territorios mediante bloqueos, el Gobierno se va a enfrentar a problemas diplomáticos de tal naturaleza que ya debería ir previendo. Porque no es lo mismo que los indígenas del altiplano le digan al gobernador Cocarico que quieren tres puentes o nadie pasa, a que se quiera paralizar el tráfico del comercio brasileño de la soya hacia China y se le diga a la señora Dilma Rouseff, que no hay manera de transitar, porque una de las poblaciones junto al camino quiere agua potable y no tiene.
Hace pocos días que se ha levantado un bloqueo en Yacuiba que perjudicó mucho a los comerciantes y transportistas bolivianos y argentinos. Ahora seguimos con el tema pendiente de Copacabana. Buenos sería que ya se tomen medidas definitivas y que se acaben las blanduras con los que solo quieren fastidiar.