Nos gusta hablar de política, opinar lo que sabemos, lo que no sabemos y lo que supuestamente creemos saber gracias a la influencia de medios, de analistas, de políticos, etc. Lo que no nos gusta es escribir al respecto, ya que el mismo puede quedar como un testimonio real ante el imaginario de las represalias de un gobierno supuestamente dictatorial, o, porque simplemente, si en el diálogo ya existe la posibilidad de ruido y fallas en la interpretación, imagínense en relación con un texto que va sin ningún tutorial de cómo debe ser leído.
Pero para la ira del gobierno masista, aún existimos, incluso con las piernas tambaleantes, aquellos que corremos el riesgo de hacerlo, motivados, obviamente, por las barbaridades y estupideces de la clase gobernante (sea nacional, local o departamental) que día a día nos alimentan con noticias absurdas y corruptas del accionar en sus cargos de poder.
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En estos últimos días estamos viviendo nuevamente la intensificación de opiniones, entre la que promueve el gobierno intentando limpiarse la imagen a través de una lavada de manos, tal como lo hizo Pilatos (Desentenderse, de la responsabilidad en un asunto. «Yo me lavo las manos, no tuve nada que ver en eso”) y de aquellos ciudadanos que estamos en contra de la delincuencia, narcotráfico, corrupción, enriquecimiento ilícito, como también la de aquellos que representan a unos débiles partidos opositores o la de los representantes masistas que quieren cambiar ese partido que no reconocen un liderazgo podrido en el tiempo y en la imagen de su jefe partidario.
Los que creemos que estamos en lado correcto, más que seguro, nos preguntaremos: ¿de qué discusión vamos a hablar, ya que tenemos tantas?
Podemos hablar del choque de quedarse en casa, en cuarentena o salir para tratar de mantener la economía en marcha, gracias al COVID. Por un lado, también tenemos a las personas que argumentan la necesidad de que el gobierno demuestre una acción clara y precisa en contra la corrupción de la institución policial involucrada en hechos de protección al narcotráfico que está ocasionando un espiral de violencia y de muerte desde la cuna del narcotráfico boliviano que es el Chapare hasta la ciudad que fomenta y protege la inversión del dinero ilícito.
También podríamos hablar de un Poder Judicial fallido, corrupto y entregado al poder político ejecutivo del gobierno de turno, que nos está conllevando como país a convivir con delincuentes, asesinos, narcotraficantes, corruptos, pedófilos, violadores, estafadores, etc. Gracias a los dictámenes y sentencias de jueces y fiscales que determinan la honestidad de las personas basándose en el poder del dinero que puedan obtener para el beneficio personal y familiar de cada uno de ellos.
El tema de la corrupción, en las entidades públicas relacionado con los contratos lesivos al Estado boliviano, al municipio local y al de la Gobernación departamental, que a la fecha solo dejaron como evidencia nuevos millonarios que se jactan de mostrar su dinero mal habido a una sociedad enferma sin valores ni principios y con un alto índice de ignorancia y frivolidad. No podemos dejar de comentarlo.
Para los de ese lado maligno (cada uno escoge el suyo) no hay duda, porque si siguen escogiendo mantener la situación como está, significa que el mal está venciendo y que lo malo siempre triunfará en una sociedad mediocre y mal intencionada. Del otro lado, estamos aquellos que pensamos aún salvar al menos una vida del mal, de la enfermedad y de las tentaciones y esto sí que habrá valido la pena. Este lado, de principios y valores, recuerda que no todos pueden quedarse en casa a consecuencia del COVID, ya que tenemos varios trabajadores informales como el heladero, el albañil y la empleada doméstica que no pueden dejar de trabajar. Incluso recuerdan que esta parte de la población ni siquiera es capaz de comprar jabón para lavarse las manos con la frecuencia que escuchan que es necesario, y mucho menos alcohol en gel.
Pero espera, el otro lado tiene la respuesta en la punta de la lengua: las muertes ocurrirán de todos modos, pero podemos tener muchas más muertes por hambre como resultado de la recesión económica y el fuerte desempleo que seguramente tendremos después de la pandemia, así que: ¿para qué controlar y luchar contra el narcotráfico?
Las personas que piensan que es mejor que todos regresen al trabajo para minimizar las consecuencias económicas, que se busque mejorar la atención médica, que se agilicen los trámites públicos para no caer en una burocracia absurda, que se tenga una mejor educación y que se sancione a los corruptos, consideran mejor su argumento porque recuerdan estar pensando en el colectivo. Esperen un minuto, dice el otro lado. Recordando que los derechos individuales también son importantes y un excelente discurso, porque el niño que vio la muerte de su padre, de su hermano o abuela, también sentirá legítimas lágrimas en su rostro y sentirá la protección del Estado, aunque sea solo un discurso para encubrir la muerte por sicarios del narcotráfico, por la falta de atención médica, la ausencia de medicamentos, la falta de ítems profesionales y la ausencia total de justicia.
Tuve una idea, intentemos inspirarnos en el sabio rey Salomón y dividamos el problema por la mitad, es decir, quien puede quedarse en casa, se queda allí y quien no que vaya y busque contagiarse de la mejor manera posible, quien quiera no opine y deje que el Gobierno siga haciendo lo que quiera, quien quiere se puede hacer de la vista gorda y que sus hijos y parientes sigan siendo amigo del narcotraficante, corrupto y delincuente, para que siga circulando ese dinero mal habido que tanto aman. Pero eso sí, pronto se darán cuenta de que no son tan inteligentes como el famoso rey, ya que le llegará a la mente la siguiente pregunta: ¿pero para qué van a opinar, para quién van a trabajar si todo seguirá igual?
El lector ya debe estar impaciente preguntándose: ¿Cuál es entonces la solución? Necesito una sola respuesta correcta y precisa, que no deje lugar a dudas. Mi amigo lector (espero que siga mi amigo), este es el punto al que quería llegar, no hay forma de que lo sepamos. A pesar de las diferentes convicciones, las variables son tantas que lo que se nos ocurre es aferrarnos a nuestras certezas y recordar que del otro lado, aunque pensemos lo contrario, es el polo opuesto. Unos quieren como objetivo un país económicamente fuerte y con menos número de habitantes fallecidos, y los otros, quieren una vida económicamente llevadera, con alto riesgo de ser muertos o utilizados por el mal.
Bolivia, como país, puede tener un futuro alentador para unos. Para los otros, el país no cuenta si no es para su beneficio personal. Algunos queremos recuperar para nuestra sociedad nuevamente los valores y principios que nos llevaron a ser ciudadanos, de bien que cuidamos la integridad. Para otros, el introducir libertades a favor del aborto, la unión de parejas del mismo sexo y consentir la corrupción, las drogas, el asesinato será un medio de vida sin ningún tipo de vínculo familiar, porque al fin al cabo las familias tienen que dejar de existir, por ende, BOLIVIA TAMBIÉN.
Alberto De Oliva Maya
