Si los ciudadanos dejamos pasar a los políticos, sin pedirles cuentas, sin castigar a los corruptos y sin premiar a los que se lo merecen, ¿quién tendría el control en este país de políticos, partidos y gobiernos corruptos? ¿Cómo se les obligaría a cambiar?
Si en estos días, la población se pusiera la mano al pecho, haciendo un poco de consciencia, se daría cuenta de que el gobierno del MAS viene jugando al estancamiento del país y no así a un desarrollo en beneficio de los bolivianos del futuro.
La dirigencia cocalera y narco del MAS, pretende postergar un CENSO de población, vivienda, usos, costumbres, religión, nacionalidad, etc., en nuestro país, únicamente porque no les conviene que las realidades en números sean conocidos por todos nosotros, o sea, el pueblo. A ellos les interesa que se siga manejando la información que les conviene para gobernar el país con base en un cálculo estadístico delincuencial referente a las potencialidades demográficas y económicas irreales de cada región.
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Si tuviéramos que describir lo que realmente viene sucediendo, políticamente hablando, no habría tertuliano que no llegue a tres conclusiones que describan el momento que estamos atravesando:
Una, que el cinismo del gobierno y su comportamiento conocido de aprovecharse de sus prácticas populares de dividir para reinar, se hicieron presente en la última cumbre de la autonomía realizada en La Paz donde 8 gobernadores se alinearon con la tesis gubernamental, seguramente en base a prebendas previas acordadas y aprovechando la ausencia del gobernador de Santa Cruz (con una justificación absurda) cuyo departamento según cálculos estaría bordeando a los 3.5 millones de habitantes, casi un 30 % de la población total de Bolivia, y, que no estuvieron representados. Solo con el fin de postergar la fecha del CENSO, no por temas de tiempo, sino por temas de ineficiencia y manejo profesional del mismo de parte de las autoridades del INE.
Dos, que la postergación también está vinculada al interés político de intentar reeditar el poder en las elecciones del 2025 de parte del MAS, con las mismas condiciones electorales de hace más de una década, donde el discurso de un país indigenista no tiene respaldo y la redistribución de escaños parlamentarios afectaría los intereses de mantener el poder en favor del “narco poder”,
Y la tercera conclusión, que la pérdida de credibilidad del gobierno y la ausencia de diálogo de parte del presidente con el oriente empresarial y productivo, le está pasando una factura muy elevada en relación con una crisis social, financiera y política que se le avecina al país y a todo el sistema político nacional, incluso al interior del mismo partido masista que actualmente demuestra fisuras de irreconciliables posiciones, entre el poder gubernamental del partido y el narco jefe partidario.
En líneas generales, pero ciertas, es que se puede apreciar en la mayoría de la población a nivel nacional, conceptos tan dispares, como desorientación, decepción, insatisfacción, enfado e incluso cabreo y paranoia en contra del gobierno central, quien viene abusando del poder y de la confianza ciudadana, de una manera peligrosa que pone nuevamente en tela de juicio acciones contestatarias que pueden llevar afectar nuestra democracia.
Las relaciones de los bolivianos con la política han sido siempre difíciles. Desde la década de los 80 del siglo pasado, cuando se recuperó la democracia, la polarización ideológica y la atomización del sistema de partidos, fomentaron la concepción del boliviano como alguien medio anarquista y medio monje, individualista al máximo y en todo caso ingobernable. Tras los horrores de gobiernos militares y narco militares, el concepto de dictadura y centralismo puro, se asentó sobre la farsa de que la política equivale a mentira, abuso y corrupción, por lo que era mejor dejarla en manos de una élite que se sacrificaría por todos los bolivianos. Y en las casi 4 décadas transcurridas desde el retorno democrático, los ciudadanos han podido crear partidos y votarlos, afiliarse a ellos o a cualquier otra organización, participar en actividades sociales o políticas a través de muchos canales, interesarse por la política o por cualquier otra cuestión, estar informados o conformarse con unos pocos clichés. En cambio, y como demuestran numerosos estudios, durante todos estos años los bolivianos se han quejado mucho de la política y de los políticos, al tiempo que desperdiciaban los mecanismos de participación a su alcance, presumían de su desinterés e indiferencia hacia la política y exhibían una desinformación preocupante de la realidad nacional, gracias, a que los nuevos políticos representan en su mayoría a elites de poder vinculadas al narcotráfico, a logias regionales, a grupos indigenistas, productores de coca y lo que es peor a una nueva visión mundial que intenta hacer desaparecer a las familias, religiones, los principios y valores que eran el sostén de una sociedad en todo el mundo.
Según datos, extraoficiales como los del INE, la insatisfacción con la democracia alcanza al 70%, el porcentaje más alto conocido en el país. Todos estos elementos constituyen para nosotros un cuadro clásico de aversión, y distinto de lo que entendemos por descontento. Este último supone la insatisfacción por los rendimientos negativos del gobierno masista o de sus dirigentes ante su incapacidad para resolver problemas básicos. Vale la pena aclarar, que el descontento no suele afectar a la legitimidad democrática, que sigue siendo alta, incluso entre quienes están sufriendo en mayor medida las consecuencias de la crisis económica, social y sanitaria.
En realidad, el descontento es sobre todo coyuntural, y depende de los vaivenes de una opinión pública vinculada a la popularidad del Gobierno y de sus políticas; de ahí que pueda corregirse por los cambios electorales, mejoras económicas, programas distintos de gobierno que en las próximas elecciones pudieran darse. En cambio, la desafección o aversión se expresa a través de un cierto desapego o alejamiento de los ciudadanos con respecto al sistema político. Suele medirse por el desinterés hacia la política, las percepciones de ineficacia personal ante la política y los políticos, el cinismo hacia ambos y los sentimientos combinados de impotencia, indiferencia y aburrimiento hacia la política.
Es preocupante, que las malas prácticas amorales se vengan imponiendo en las acciones y determinaciones del gobierno de Arce Catacora. El querer imponer una postergación del CENSO manifestando un apoyo de la minoría poblacional como si fueran mayoría, a través de una asociación de municipios masistas del país que suman más de una centena de alcaldías, pero que únicamente representan al 20 % de la población del país, se llama burla. El querer hacer aparecer a 8 gobernadores afines al gobierno como representantes genuinos de las regiones, se llama picardía y no haber invitado a las universidades a participar del evento, se llama miedo.
En contraste con las oscilaciones del descontento y la realidad actual, somos conscientes de que el eje central del país, que lo conforman los tres departamentos más importantes, viene concentrando el 75 % de la población, o sea, 9 millones de los 12 millones que dicen que somos los del INE, y que el saldo de la población está distribuido en aquellos departamentos que apoyan la medida de la postergación del CENSO, únicamente para no perder recursos ni representación política en la asamblea legislativa. Y lo curioso es que, de los 9 millones de habitantes que viven en el eje central, 6 millones, si no, es más, viven en las capitales de los departamentos o en las ciudades vecinas de las mismas, como ser El Alto. Y estos datos no son los incongruentes que afectan los intereses de las ciudades más pobladas y que de manera artera y mentirosa el poder ejecutivo, quiere esconder y no presentarlos para el conocimiento de todos los bolivianos.
No es posible, mantener una utopía masista de poder, basada en esconder los datos reales de una Bolivia diferente de hace 16 años, donde el MAS surge como alternativa de poder político. No es aceptable, que la mayoría poblacional sea utilizada para que unos cuantos delincuentes políticos quieran seguir manipulando datos, instituciones, poder judicial, recursos públicos solo con la intención de mantener un poder centralizado en La Paz y controlar los recursos provenientes de la producción empresarial, agrícola y comercial de los demás departamentos, sin que exista una distribución equitativa financiera a los gobiernos regionales y locales. Sin olvidarnos de la oportunidad que tendrían las universidades para crecer y desarrollar programas de innovación y transferencia tecnológica en beneficio del país.
El masismo debe prestar atención al ciudadano crítico si quiere evitar el castigo de las calles, que ellos ya lo conocen. El incremento de la insatisfacción con la democracia ha dado nacimiento durante las últimas décadas a los denominados ciudadanos críticos a través de acciones que han servido para frenar en su momento las ansias dictatoriales y fraudulentas del expresidente Evo Morales. Si bien, estas acciones fueron aprovechadas por otros corruptos políticos que nos devolvieron 11 meses después al mismo sistema, no significa que, de la experiencia pasada, no se hubiera aprendido y se pueda elegir gente con distintas características para defender los derechos que tienen las regiones, los ciudadanos y sobre todo aquellos que quieren recuperar los valores y principios perdidos por una decadente casta de políticos corruptos, narcos y ladrones.
Alberto De Oliva Maya
