Todos en Bolivia sabíamos que en noviembre de 2019 Evo Morales había abandonado el poder y huido del país, después de una elección fraudulenta que él propició. Fue, una vez posesionada Jeanine Añez, que algunos masistas empezaron a afirmar que había existido un golpe de Estado. Nadie creyó la historia del golpe, salvo algunos de los partidarios de Morales que trataron de lavarle la cara, de borrar su cobardía, para que el “proceso de cambio” no se fuera al cuerno y ellos perdieran su poder.
Por lo tanto, que unos diputados del MAS hayan dicho que Evo Morales le ordenó al cínico de Huarachi, que la COB le pidiera su renuncia a la Presidencia para justificar su defección, no sorprende a nadie. Que ahora algunos masistas testifiquen que Morales les rogó a los del Pacto de Unidad, a sus ministros, a sus parlamentarios, que renuncien, es un cuento viejo que lo sabíamos de memoria. Que le suplicó lo mismo al esfumado general Kaliman, igualmente. Evo Morales hizo eso y mucho más para decir que había sido derrocado y así poder volver a Bolivia como una víctima, no como una gallina.
Entonces, lo del golpe, “vale madres”, como dirían los mexicanos. Es una mentira del tamaño de la catedral de Burgos. Lo que importa es la consecuencia jurídica de la mentira. Ese golpe inventado fue el argumento que necesitaba el MAS para cebarse con sus adversarios y echarles encima a su perraje de togados para que apresaran a diestra y siniestra. Con el argumento del golpe, una vez que el MAS retomó el poder con Arce, pusieron a funcionar al “fiscalato” y a los jueces y no cesó la represión virginal, esa represión encubierta, que no se nota, que no requiere de matones ni de cámaras de tortura, sino de magistrados venales.
Por esa mentira de Morales y por el eco de sus seguidores ovejunos, es que se llevaron a la cárcel a Jeanine Añez, a sus ministros y a militares inocentes. Y se cargaron también a Marco Pumari. Por esa mentira de Morales es que cayó sobre Santa Cruz la ira contra los “pititas” y saciaron su sed de venganza secuestrando al gobernador Luis Fernando Camacho. Esa mentira ha costado que mucha gente tenga que huir del país, dejando trabajo y familia.
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Es una dura lección para todos los bolivianos, que el MAS la va a negar a muerte, pero que no debe quedar así. El golpe no existió, “vale madres”; pero la mentira, la artimaña, sí existió y se tiene que castigar. Que liberen cuanto antes a las víctimas del embuste. A Jeanine Añez, Luis Fernando Camacho, Pumari y a todas las víctimas de esa represión que se ejecuta en audiencias sucias y de fétido olor.
