Clanes trinacionales en la frontera boliviana


Por aire, tierra y agua, los clanes del narcotráfico trasladan kilos de cocaína peruana hacia territorio boliviano. Tras desembarcar especialmente en Santa Cruz, la meta es llegar a las naciones vecinas para arribar a Estados Unidos, Europa y África, sobre todo Sudáfrica

image La imagen muestra el resultado de uno de los últimos golpes de la Policía peruana contra el tráfico de estupefacientes hacia Bolivia, realizado en la localidad de Puno.

REVISTA DOMINGO, La Prensa



Por:Erick Ortega Pérez

Un estruendo de balas revienta en medio de la noche. La selva de Puno es el escenario del enfrentamiento entre dos grupos armados. Uno está formado por peruanos y bolivianos; en el otro bando sólo hay colombianos. Después del ruido viene el silencio, hasta que se aproxima el amanecer del martes 21 de julio.

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Un cuerpo sin vida queda en el campo de la batalla. Tres heridos son llevados a los hospitales de los pueblos aledaños y, de acuerdo con los lugareños, luego de la refriega unos 15 colombianos lograron escapar al amparo de la noche.

La zona donde ocurrió la balacera está en Alto Inambari, en la provincia de Sandia del departamento peruano de Puno. La tupida selva que acapara el horizonte es el sitio donde se erigió el nuevo reinado del narcotráfico. Es la raíz de una ruta aérea clandestina que tiene como punto de llegada el territorio boliviano.

Domingo cruzó la frontera peruana para conocer cuáles son los caminos que recorre la droga hasta su desembarco en este país. Según datos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), el 40 por ciento de los alcaloides que se decomisaron este año proviene de la nación vecina. En cifras, por la línea divisoria cruzaron unas ocho toneladas de narcóticos en estos ocho meses.

Al destapar la caja de Pandora del narcotráfico binacional también se informa de la presencia cada vez mayor de delincuentes colombianos. Incluso existe aquel territorio que se convierte en el paraíso de bandas trinacionales, con bolivianos de por medio. La droga que ingresa en Bolivia viaja por cielo, tierra y agua.

Ruta uno: la selva

En la oficina del general Horacio Huivín Grandez está colgado un mapa de Perú que tiene trazadas varias flechas que se dispersan de un lado a otro. “El narcotráfico prácticamente ataca a todo el país”, comenta el director territorial de la Policía de Puno. Desde la tierra de los Incas, como si se tratara de un gran imperio, el reino de las drogas se ha extendido hacia la mayoría de los Estados de la región. Obviamente Bolivia es uno de los más afectados de esta cadena: es el “puente” hacia otros continentes.

Huivín recorre con el índice derecho el plano cartográfico. Después de buscar con detenimiento entre nombres pequeños y varias líneas encuentra lo que está buscando. Coloca el dedo sobre un punto. Sandia.

La provincia de Sandia y los poblados aledaños están en el norte puneño. A diferencia de la capital altiplánica que se eleva 3.800 metros de altura sobre el nivel del mar, en Sandia hay selva y el clima es apto para el cultivo de frutas y vegetales; obviamente también hay plantíos de coca.

Pero para hablar de Sandia es necesario viajar al pasado. Según el relato de Huivín, antes había allí mayor control policial. Y cuando irrumpió el movimiento insurgente Sendero Luminoso (entre los años 60 y 70), las fuerzas estatales se replegaron y ese espacio quedó huérfano, sin fiscalización.

Con los años, la insurgencia dio paso al narcotráfico. Más aún, ahora en la región irrumpieron los grupos armados de “narcos”; además, según reportes periodísticos puneños, campesinos que los apoyan. Antes de que finalice esta gestión Huivín tendrá un comando en la zona, o al menos ésa es su intención. Hoy, el regimiento más cercano está a medio día de viaje en auto.

Visto desde la óptica policial, el problema de ese territorio que colinda con el sur del departamento Madre de Dios es que ante la ausencia estatal se incrementó la presencia de productores de droga y las plantaciones de coca igual crecieron. Colombianos, peruanos y bolivianos ingresaron a disputarse el área y las fábricas de estupefacientes germinaron entre la selva.

Pronto este lugar se convirtió en el punto de partida para traspasar los narcóticos a Bolivia. Al hablar de Sandia y sus inmediaciones, Huivín se refiere a los vuelos que parten de allí: “Hay pistas que obviamente salen a Bolivia. Entran las avionetas con matrículas boliviana y brasileña para sacar la droga”.

La ruta aérea se marcó hace años. Un registro de este asunto en Sandia data del 19 de abril de 2008. Aquel día los efectivos policiales puneños evitaron que una avioneta Cessna con placa boliviana emprendiera vuelo a Bolivia. Portaba un cargamento de 250 kilos de clorhidrato de cocaína.

Bolivia es el enlace aéreo del narcotráfico hacia naciones vecinas. Dos ejemplos refuerzan esta tesis: el 3 de julio el radar de la Fuerza Aérea Brasileña detectó una avioneta con matrícula boliviana en el municipio de Alta Floresta. La Policía Federal hizo un disparo de advertencia y la aeronave tuvo que aterrizar; ya en el suelo se descubrió que transportaba 166 kilos de pasta base de cocaína. La nave pudo haber partido del Perú.

En un operativo en la provincia cruceña de Guarayos, en agosto de este año, la Policía boliviana detectó y destrozó una tonelada de droga peruana que pudo haber arribado por aire a una pista clandestina. A 37 kilómetros de distancia se encontró una avioneta Cessna, tipo 189, con placa boliviana.

Este año la aviación de la gendarmería puneña destrozó una pista clandestina en Sandia. Y a mediados de agosto, el mismo Huivín sobrevoló la región. “Estuve por Puerto Maldonado, y hacia el otro lado de la frontera es Pando”. Debido al clima no se logró hacer alguna incursión, aunque aquello es una tarea pendiente que quizás se lleve adelante este mes.

El método más común de transportar la droga peruana vía Sandia es por el cielo. Pero también hay “mochileros” (que en el argot criminal se denominan buriers) que caminan kilómetros y kilómetros por la línea divisoria hasta dejar Perú e internarse en tierra boliviana. Allí tienen sus contactos para proseguir con la cadena ilícita.

Del otro lado de la frontera están Pando y el norte del departamento de La Paz. Éstos son los primeros puntos de llegada de este “tour” de la droga peruana. De ambos, los cargamentos parten a Santa Cruz en las mismas u otras avionetas cuando el periplo es por aire y no mediante los buriers, para pensar en los mercados extranjeros.

En su despacho, en la oficina de Sopocachi de La Paz, Óscar Nina, director de la FELCN, reconoce que aquella ruta es la más complicada para el control de ambos países. Si bien en el lado peruano existe intención de fortalecer la presencia policial, en esta parte del mapa no. Tampoco hay puestos fijos para la supervisión, ni en la región norteña colindante con Sandia ni en Puno, que desemboca en la urbe alteña.

Pero a falta de control en la división fronteriza, la Fuerza Especial local ha tenido buenos resultados en los decomisos. “Desde enero hasta el 25 de agosto, en Bolivia la FELCN se ha incautado de 18 toneladas y media de cocaína entre la cristalizada y la pasta base. Sobre esta pasta base incautada, algo más del 40 por ciento es de origen peruano, o sea, unas ocho toneladas”.

Los datos de las fuerzas del orden de las dos naciones indican que desde la selva de Sandia transitó la mayor parte de esta “merca”, área de unos 300 kilómetros que se ha convertido en una “tierra de nadie”.

Ruta dos: altiplano y lago

A inicios de septiembre, dos militares peruanos fueron asesinados en el Valle de los Ríos Apurimac y Ene (VRAE) y se informa que “narcoterroristas” derribaron un helicóptero castrense en esa zona de la selva peruana, aún más al norte de Puno, casi en el centro del mapa de Huivín. Irónicamente, no es la peor noticia proveniente de allí.

Un cóctel de terrorismo y narcotráfico se mezcla en el VRAE. De acuerdo con datos policiales, esta región es la principal proveedora de la droga que circula por Perú. La Dirección Nacional de Lucha contra las Drogas trazó los circuitos para la provisión y la comercialización internas y externas del alcaloide, e involucran a Bolivia.

Se dibujaron en el área extensos cultivos de coca. Se encontraron plantas de procesamiento que despachan la “merca” a la costa de la capital peruana, Lima, para viajar por el océano Pacífico y anclar en mercados internacionales. Otra parte pasa por Ica, Arequipa y Juliaca antes de descargarse en Puno. Y otra ruta atraviesa Arequipa y Cusco hasta la capital puneña. Estas dos últimas vías apuntan a Bolivia.

En el mapa de Huivín está trazada una S con la cola hacia la derecha y, como sentencia el sociólogo y experto en temas de narcotráfico Jaime Antezana: “Todos los caminos conducen a La Paz”, en Bolivia. Tras ocho meses en el cargo, Huivín descubrió esta conexión y el mecanismo de transporte. Aquí entran en acción familias, y un ejemplo son Los Primos.

Los Primos: así se denominó a Ismael Ccorahua Cuaresma y Rudi Alca Ccorahua, quienes además de tener vínculos familiares llevaban droga de Arequipa a Bolivia y pretendían cruzar por Puno. En mayo, cuando fue intervenido su ómnibus, trasladaban diez kilos y 510 gramos de cocaína envueltos en las prendas de su equipaje. Mientras la Policía intervenía y se armó un tumulto, escapó otro integrante de la banda delictiva.

La creatividad para el tráfico de drogas de un país a otro está en el orden del día. En el último tiempo se hallaron fondos dobles en las maletas, carrocerías con agujeros. Se lleva narcóticos en las plantillas de los zapatos, en los compartimentos de helados. Cuando la revista estaba en Puno, una redada policial halló 40 kilos de cocaína en el interior de seis llantas de un auto que iba a la frontera. “Imagínese quién pensaría que allí están llevando droga”, comenta el jefe policial Huivín.

El cargamento ilícito que sale desde el VRAE y que recorre unos 600 kilómetros para entrar en Puno es responsabilidad de distintos grupos, generalmente “mafias familiares” que trasladan kilo por kilo la “merca”. No hay grandes incautaciones policiales y los golpes mayores rondan los 60 kilos. En todo caso, lo que se intenta es hallar a los acopiadores que reúnen centenares de kilos de droga para sacarlos del Perú.

Según investigaciones de los agentes de Inteligencia de la Policía puneña, son más los clanes peruanos, aunque en el último tiempo aparecieron bolivianos comprometidos con este transporte “hormiga”. Las pericias determinaron que se trata de cofradías que guardan conexiones binacionales. Y todos emplean rutas de herradura, no oficiales, lejos de los controles policiales. Sitios frecuentados igualmente por los buriers, que son de ambas nacionalidades; llevan sus productos en mochilas o en aguayos.

Puno es un departamento que preocupa a Huivín por todo lo expuesto anteriormente y porque es un punto donde confluyen el contrabando y el narcotráfico. Además, por la presencia del lago Titicaca, que es una bendición de la naturaleza para el turismo, e igual para las mafias del “narco”, que aprovechan sus aguas para llevar carga de Perú a Bolivia.

Huivín vuelve a acercarse al mapa y remarca un punto que representa la localidad de Ilave, casi a orillas del lago sagrado. “En mayo hemos hecho una intervención acá. Hemos intervenido un cargamento con treinta y tantos kilos de droga”. Fue a primeras horas del día, cuando el sol aún no nacía y el reservorio hídrico estaba más frío que nunca. La Policía peruana llegó a la población de Jaraka y tomó por asalto una embarcación con un motor con 65 caballos de fuerza. Tras enfrentar a los “narcos”, tuvo que escapar de la furia de los ribereños.

En lo que va de su gestión, Huivín llegó a una conclusión: el narcotráfico no sólo es una cuestión de clanes, es común que haya pactos de narcotraficantes con lugareños de comunidades rurales, los cuales son utilizados para defenderlos contra los uniformados, algo similar a lo que ocurre en el lado boliviano con aldeas fronterizas que sobreviven con dinero y dádivas de los contrabandistas de hidrocarburos.

Como explica el ex director de la Superintendencia Nacional de Aduanas, Rubén Canlla, la frontera es un sitio peligroso porque por allí se cruza mercadería, drogas y el siguiente paso es la trata de blancas. La Policía antinarcóticos peruana tiene desplegados a 200 efectivos en 16 puestos de control, y los operativos satisfacen a Huivín.

En 2007 se incautó de 360.584 kilos de pasta base de cocaína. En 2008 la cifra subió a 551.115 kilos. Ahora, sólo hasta agosto de 2009, se retuvieron 780.779 kilos. Es decir, en ocho meses hubo un decomiso casi similar al de los dos años anteriores. Y se prevé que la cifra ascienda a una tonelada hasta el final de la gestión. A la par, la tendencia va en alza en cuanto a las pozas de maceración de coca desmanteladas: mientras que entre 2007 y 2008 se destruyeron seis pozas; en 2009 ya van siete.

A pesar de la satisfacción de Huivín, los guarismos son menores en relación con la droga internada en Bolivia por los clanes del rubro y que fueron descubiertos por la FELCN. Sólo en un operativo, esta entidad retuvo una tonelada de alcaloide en agosto, sucedió precisamente en Guarayos, o sea, todo el trabajo de un año de su similar peruana en la zona altiplánica de Puno.

Sea por aire, por tierra o por agua, la droga peruana que tiene como mercado el extranjero y pasa por Bolivia, aterrice en Pando, el norte paceño o llegue a la ciudad de El Alto, tiene como misión el desembarco en el oriente, tal como asevera Nina. “Especialmente Santa Cruz. Es una zona vasta y con un territorio virgen muy grande. A los lugares que ingresamos son increíblemente inhóspitos, de acceso difícil”.

De allí la “merca” tiene más posibilidades de pasar especialmente a Brasil y, a continuación, a otros puertos. “Las nuevas rutas de esa droga peruana que ingresa a Bolivia son Estados Unidos, Europa y África, especialmente Sudáfrica”.

Mafias trinacionales

El mayor porcentaje de la pasta base de cocaína ingresa en Bolivia por el norte de Puno y el sur del departamento Madre de Dios, aquel que está controlado por las mafias de tres nacionalidades: peruanos, bolivianos y, últimamente, colombianos.

En suelo puneño se habla de una “colombianización” de la guerra contra el “narco”. Si bien hasta 2008 no había personas de esa nacionalidad detenidas por este delito; hasta agosto se atrapó a cuatro. Las pozas de maceración y los laboratorios “modelo colombiano” son igual indicadores de la efervescencia de este fenómeno.

Pero no sólo se trata de delincuentes “cafetaleros”. Los “narcos” bolivianos atrapados también han ido en aumento y en Puno se detuvo a cinco hasta agosto; antes, en dos años, se logró capturar a tres connacionales. La presencia de traficantes colombianos y bolivianos despertó sospechas en Huivín. “Es importante analizar qué hacían estos colombianos por la zona. No vaya a ser que vayan estudiando una nueva ruta y que vengan como liebres (espías) a ver si hay controles y ver después que por ahí traen cargamento fuerte (de droga)”.

Las dos máximas autoridades binacionales de las fuerzas antidrogas coinciden en que aumentaría el número de detenidos si se controla el norte puneño, en especial aquel comienzo de selva colindante con el departamento de Pando; específicamente en Puerto Maldonado y sus alrededores.

Perú es importante por su ubicación para el negocio ilícito del narcotráfico, porque se halla en el medio de un circuito que cada vez amenaza con ser más violento. Según el periodista peruano Orazio Potestá, experto en materia antinarcóticos, al norte de la nación “incaica” está Colombia y al sur Bolivia. A la sazón, los tres países son los mayores productores mundiales de coca. “Entonces el Perú debe cuidar ambas fronteras y esto requiere de un amplio despliegue policial y militar y de fuerzas especiales entrenadas para estos fines”.

Por si fuera poco, Perú tiene una frontera común con Brasil en la que existe la misma dificultad para enfrentar a este flagelo. Pero aquel sentimiento de impotencia frente al crecimiento del “narco” crece también en Bolivia, empero, Nina no cree que sea una guerra perdida, “pero lo que pasa es que nosotros estamos en una desventaja total, nuestro presupuesto es mínimo ante el dinero que gastan los narcotraficantes”.

En Bolivia, el más reciente duro golpe que se le dio al narcotráfico fue justamente en agosto, cuando la FELCN se incautó de más de una tonelada de droga peruana en la localidad cruceña de Guarayos. “Pero para ellos (los narcos), eso no es nada. Tienen bastante dinero como para que no les importe esta caída, y pueden sobreponerse fácilmente a esas supuestas pérdidas”.

El precio es otra de las razones de que las mafias busquen la exportación de la droga al primer mundo. El precio de la “merca” se dispara en cada parada. Generalmente, un kilo de cocaína cuesta entre 2.000 y 2.500 dólares, y esa cotización de quintuplica en países intermedios (Bolivia) y se eleva aún más en naciones de destino (Estados Unidos, Europa).

La proliferación de droga peruana en Bolivia se halla en la mira de los controles policiales binacionales. A lo primero que se apunta es al fortalecimiento de las fronteras olvidadas. La Policía peruana retomará aquellos puestos abandonados tras la irrupción de los movimientos subversivos. Además hará vuelos más frecuentes sobre la selva para destruir las pistas clandestinas. También hay otros planes que, por estrategia, Huivín prefiere mantener en reserva.

Ambas policías quieren realizar redadas en forma conjunta para el seguimiento de las bandas que operan en ambos lados. Bolivia ya hizo operativos exitosos con Brasil y Paraguay. Para el futuro, manifiesta Nina, está previsto algo similar con los países vecinos. “Tenemos buenas relaciones con la Policía peruana y estamos dispuestos a trabajar juntos”.

Un deseo de Nina es que en Puerto Maldonado y en las cercanías de Pando exista presencia policial. “Aquello definitivamente nos ayudaría a cerrar mejor las fronteras; aunque primero hay que tener las condiciones adecuadas para mandar a gente hasta esta región tan alejada”. Mientras, los narcotraficantes siguen pasando droga al lado boliviano por agua, aire y tierra, tal como alerta el mapa de Huivín.