En una celda del pequeño pueblo de Concord, Massachusetts, un hombre escribía contra el Estado. No gritaba.
Fuente: https://ideastextuales.com
No convocaba a la violencia. Solo pensaba, con la terquedad de quien cree que la dignidad es más importante que la ley. Se llamaba Henry David Thoreau. Y estaba preso por negarse a pagar un impuesto que financiaba una guerra que consideraba inmoral. Ese gesto, tan mínimo como radical, fundó una de las ideas más incómodas de la historia moderna: la desobediencia civil.
Desde entonces, el nombre de Thoreau ha flotado como un murmullo en cada lucha ética del mundo. En cada persona que dijo “no” cuando el poder exigía obediencia ciega. En cada gesto de resistencia silenciosa frente a un Estado que traiciona su función. Pero su figura no pertenece solo al pasado. De hecho, en los días más oscuros de la pandemia por COVID 19—cuando el mundo se detuvo, cuando las normas caían como decretos inapelables, cuando la calle era sospecha— su pensamiento volvió, aunque nadie lo nombrara.
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Durante la pandemia, no hubo toque de queda más efectivo que el miedo. Ni decreto más obedecido que el de seguir conectados. El encierro fue físico, sí, pero también mental. Mientras el mundo se cerraba, las pantallas se abrían. Y en nombre del orden, del cuidado y de la «nueva normalidad», muchos renunciaron a algo más profundo: el espíritu crítico.
No se trató exclusivamente de una crisis sanitaria. Fue también una crisis moral. En muchos países, el Estado apareció con la dureza del castigo y no con el amparo del cuidado. Impuso cuarentenas sin planes de contención, cerró fronteras y mercados sin prever cómo comerían los que viven al día, persiguió a quienes cuestionaban las medidas, y al mismo tiempo se ausentó en hospitales, comunidades remotas, barrios marginales.
Y entonces ocurrió algo sutil, casi imperceptible. Mucha gente simplemente desobedeció. No como una forma de egoísmo o rebeldía vacía, sino como afirmación ética. Hubo madres que salieron a vender comida en plena cuarentena porque sus hijos tenían hambre. Hubo vecinos que organizaron redes de alimentos cuando el Estado no llegó. Hubo profesionales de la salud que denunciaron irregularidades pese al miedo a represalias. Esa desobediencia, íntima y a veces anónima, no fue un acto contra la sociedad, sino a favor de ella.
Pero a la par de estas formas de resistencia, surgió también un fenómeno más inquietante. Una especie de obediencia resignada, casi complaciente. Una renuncia generalizada al espíritu crítico. Frente al miedo —al virus, al caos, a la incertidumbre—, muchas personas optaron por no preguntar, por no dudar, por no incomodar. Se aceptaron medidas contradictorias, arbitrariedades evidentes, silencios oficiales y atropellos burocráticos, en nombre de una estabilidad que ya no era tal. Lo que estaba en juego no era solo la salud pública, sino el contrato tácito que nos ata al confort moderno: “obedezco, no porque crea, sino porque no quiero perder el internet, el refrigerador lleno, la serie en streaming”.
La modernidad, con todas sus ventajas, ha domesticado la rebeldía. El ciudadano del siglo XXI no es el revolucionario de antaño, sino el consumidor precavido. El que teme que el cuestionamiento ético le complique el delivery, el trabajo remoto, la posibilidad de seguir con su vida a medias. La conciencia se vuelve entonces un lujo peligroso. Y es ahí donde Thoreau vuelve a hacerse incómodo. Porque él no solo proponía desobedecer: proponía incomodar, romper el contrato de comodidad, dejar el sillón si era necesario.
En sociedades donde el bienestar está cada vez más ligado a la docilidad, la desobediencia ética se vuelve una amenaza. No por violenta, sino por disruptiva. Preguntar “¿esto es justo?” puede sonar antipático cuando todos solo quieren volver a la normalidad. Pero ¿qué normalidad? ¿La de los hospitales sin camas, la de los trabajadores sin seguro, la de los Estados ausentes que solo aparecen para ordenar, pero no para escuchar?
El gobierno representa verdaderamente la voluntad de los ciudadanos sólo cuando se transforma en un reflejo directo de cada conciencia individual. En estos tiempos, donde el pensamiento crítico se sacrifica en el altar del confort, esto nos debe retumbar como una gran advertencia. No basta con sobrevivir. También hay que preguntarse si lo que se obedece es justo. Si lo que se tolera no es, en el fondo, una forma de claudicación.
La pandemia fue, entre muchas otras cosas, una prueba de conciencia. Y como en los tiempos de Thoreau, muchos eligieron no obedecer ciegamente. En ese acto, a veces silencioso, a veces colectivo, se jugó algo más profundo que una política sanitaria. Se jugó la posibilidad de mantener viva la idea de que el Estado no es un fin en sí mismo, sino un instrumento. Y que cuando ese instrumento deja de servir a la justicia, la desobediencia no es un crimen, es una virtud.
Porque tal vez, más allá de las cifras, los protocolos y los discursos oficiales, lo que la pandemia nos dejó fue una lección antigua y urgente. En tiempos de arbitrariedad y miedo, la conciencia sigue siendo el último refugio. Pero también el más incómodo.
Por Mauricio Jaime Goio.