El fin que no fue


Francis Fukuyama escribió su famosa tesis sobre el fin de la historia con la solemnidad de quien cree haber presenciado la última batalla ideológica de la humanidad. Corría 1989 y el muro de Berlín había caído.

Fuente: https://ideastextuales.com

La Unión Soviética se tambaleaba, y con ella se desmoronaba la arquitectura de la Guerra Fría. En ese umbral, Fukuyama vio la victoria del modelo liberal-democrático no como un hecho geopolítico, sino como el cierre de una era. El punto final del conflicto entre sistemas, la coronación de la democracia liberal como el estado natural y definitivo del hombre moderno.



Pero el siglo XXI, al menos su primer cuarto, ha tenido otra opinión.

En un mundo fatigado por el exceso de información y la escasez de sentido, la historia no solo no ha terminado, se ha tornado más caótica, más tribal, más ansiosa por identidad. La promesa de Fukuyama, la de un mundo ordenado por el consenso liberal, ha sido sustituida por una suerte de rebelión de lo particular, donde lo identitario, lo religioso, lo étnico y lo cultural regresan como fuerzas estructurantes del presente. Los relatos fundacionales que una vez nos organizaron como ciudadanos dan paso a narrativas fragmentadas, muchas de ellas alimentadas por la lógica del resentimiento.

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Hannah Arendt afirmó que la historia no es una línea recta, sino el espacio donde los hombres actúan y hablan entre sí. Donde hay pluralidad, hay política. Donde hay política, hay historia. Y la historia, en su sentido más profundo, no es el telón de fondo de nuestras vidas. Es el escenario donde cada generación, sin manuales ni atajos, debe volver a fundar el mundo.

El presente no es un punto de llegada, sino una encrucijada moral y política. La democracia liberal no ha fracasado porque haya sido derrotada militarmente, sino porque ha olvidado su alma. Se ha convertido en una maquinaria técnica incapaz de generar adhesión emocional, un ritual cívico que no interpela, que no conmueve. Lo político ha sido desplazado por la administración. lo común, por lo privado. lo humano, por el dato.

Y, sin embargo, incluso en medio de esa fatiga, la historia vuelve a aparecer. En los cuerpos que se agrupan en una plaza, en las voces que resisten desde los márgenes, en las preguntas incómodas que se cuelan entre tanta gestión. Es ahí donde la libertad no se hereda, se ejerce. Que el mundo no se conserva solo por instituciones, sino por el compromiso de sostenerlo juntos. Que no hay progreso inevitable, pero sí puede haber nuevos comienzos.

Quizás el verdadero final que enfrentamos no es el de la historia, sino el de nuestra voluntad de cuidarla. La historia, en su forma más viva, es ese espacio donde los hombres se encuentran no para repetir, sino para crear. Y ese espacio, hoy más que nunca, necesita ser reconquistado.

Porque si algo podemos afirmar a esta altura, es que la historia no ha muerto. Lo que está en riesgo es nuestra capacidad de habitarla.

Por Mauricio Jaime Goio.


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