Ronald Palacios Castrillo, M.D., Ph.D.
Cómo las sociedades enteras pierden su brújula moral
Imaginemos despertar un día y descubrir que el mundo que nos rodea se ha sumido silenciosamente en la locura. No de manera dramática ni repentina, sino de forma gradual, semejante a un río que modifica su curso con tal imperceptibilidad que ningún instante señala el cambio. Al observar nuestro entorno, constatamos que la crueldad recibe ahora el nombre de honestidad; que la cobardía se presenta como estrategia; que las voces más estridentes son las menos sometidas a examen; y que individuos que otrora distinguían con claridad entre el bien y el mal han dejado, sin decisión dramática alguna, de conceder importancia a tal distinción.
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Lo más inquietante no es la locura misma, sino que quienes nos rodean parecen hallarse cómodos en ella. Se han adaptado, la han normalizado y nos observan con leve recelo por considerar extraño lo que para ellos ya resulta habitual.
No se trata de una fantasía distópica. Es un patrón que se repite en la historia con alarmante frecuencia. En la Rusia del siglo XIX, Fiódor Dostoevski comprendió este fenómeno con la lucidez que solo poseen quienes han contemplado sin titubeos los abismos más oscuros de la naturaleza humana.
Presenció la descomposición de su sociedad, advirtió cómo las ideologías sedujeron a generaciones enteras y observó cómo individuos inteligentes, cultos y bienintencionados erigían sofisticadas justificaciones filosóficas para la catástrofe moral.
Lo consignó por escrito —como advertencia, como espejo y como guía para las generaciones venideras que habrían de enfrentarse al mismo desmoronamiento silencioso.
Esta es esa guía.
- La locura jamás se anuncia como tal. Llega revestida de progreso.
La primera y más peligrosa verdad acerca de la locura colectiva radica en que nunca se presenta bajo su verdadero nombre. Se presenta como evolución, como esclarecimiento, como la corrección ineludible de cuanto se juzga obsoleto y opresivo. La multitud que pierde su brújula moral no experimenta sensación de pérdida; se siente liberada.
Dostoevski trató este asunto con implacable precisión en Los demonios, acaso la novela más profética que se haya escrito. Los personajes revolucionarios que urden violencia y manipulación no se consideran a sí mismos villanos, sino arquitectos de un mundo superior. Poseen teorías, manifiestos y un lenguaje elevado sobre la libertad humana y la caída de las antiguas tiranías. Sin embargo, bajo todo ello subyace un profundo vacío revestido con el manto de la convicción.
Su advertencia fue inequívoca: una sociedad que antepone la ideología al carácter, que valora la idea por encima del ser humano concreto que tiene frente a sí, ha iniciado ya su descenso. Ha sustituido la conciencia por el concepto; y un concepto, a diferencia de la conciencia, puede retorcerse para justificar casi cualquier cosa.
El paralelo con nuestra época resulta evidente. Vivimos en un tiempo saturado de ideología y carente de sabiduría. Disponemos de más información que ninguna civilización precedente, pero nunca hemos estado más lejos de consensuar qué constituye verdaderamente una vida buena. Hemos reemplazado la antigua pregunta —«¿Cómo debo vivir?»— por otra más clamorosa y cómoda: «¿De qué lado estás?». En ese trueque, algo esencial se ha perdido en el silencio.
Esta misma idea halla ilustración elocuente en Crimen y castigo. El protagonista, Raskolnikov, anhela la grandeza, pero su anhelo es superficial y obedece a la necesidad de admiración. Dostoevski critica esta mentalidad materialista y subraya que el desarrollo personal auténtico —fuente de felicidad genuina y autoconocimiento— exige motivaciones más profundas que el deseo de reconocimiento externo.
Afirma que la búsqueda del conocimiento debe brotar de la curiosidad intrínseca y no de la aspiración al estatus social. Recomienda no permitir que la posición social, el orgullo o la adulación distorsionen nuestra aspiración al crecimiento. Propone, en cambio, que cada cual identifique sus propios fines y prescinda de la opinión ajena. Asimismo, previene contra la reflexión excesiva y destaca la importancia de vivir en el presente. Personajes como el príncipe Myshkin, encarnación de la simplicidad y la alegría vital, se contraponen a los aristócratas consumidos por el análisis obsesivo. El exceso de pensamiento puede obstaculizar la experiencia plena de la vida, y la inteligencia emocional resulta tan necesaria como la racional.
Puntos clave
- Las decisiones han de adoptarse con miras a la propia superación, no al deseo de complacer a los demás.
- Conviene buscar la belleza en los aspectos sencillos de la existencia, evitando el pensamiento excesivo, trampa que suelen alimentar las presiones externas.
Disfrutar del sufrimiento
Consideremos nuestra vida actual: los momentos más valiosos suelen hallarse al otro lado del sufrimiento. Mantener la forma física exige esfuerzo sostenido. El avance en la carrera profesional o en cualquier proyecto requiere trabajo constante. La edificación de relaciones profundas implica dedicación y, en ocasiones, dolor. Todo cuanto realmente importa suele conllevar una cuota de sufrimiento.
Dostoevski presenta el sufrimiento como dimensión inherente a la condición humana, indispensable para sentirse plenamente vivo y para forjar una voluntad interior de perseverancia. Nos invita a aceptarlo como parte constitutiva de la existencia. Es precisamente mediante el dolor y la adversidad como aprendemos a apreciar la felicidad y la paz, del mismo modo que la luz no puede valorarse plenamente sin haber conocido antes la oscuridad.
Comprender y aceptar el sufrimiento nos permite reconocer la complejidad de la vida. Aunque acarrea depresión, duelo, tristeza, dolor y miseria, Dostoevski nos exhorta a celebrar nuestra humanidad viviendo estas emociones en lugar de sucumbir a ellas.
El sufrimiento genera también esperanza, fuerza poderosa que nos impulsa adelante. Debemos conservar la convicción de que el sufrimiento es transitorio y que, a su debido tiempo, cederá paso al alivio y al progreso. Rechazar el sufrimiento equivale a rechazar una parte fundamental de la experiencia humana y a renunciar a la posibilidad de hallarle sentido. Al aceptarlo como etapa necesaria del camino, encontramos consuelo y comprendemos que su superación posee valor propio.
El aislamiento como consecuencia del orgullo excesivo
Dostoevski examina las complejidades del orgullo humano a través de Rodion Raskolnikov en Crimen y castigo. Este inteligente estudiante de filosofía se considera superior a los demás por el solo hecho de poseer intelecto. Tal convicción lo conduce al aislamiento, cerrando el acceso al amor y a toda forma de conexión auténtica. Llega incluso a justificar el homicidio como un acto retorcido de superioridad moral.
No obstante, Dostoevski no se limita a condenar la arrogancia de su personaje; demuestra que la inteligencia no está condenada a desembocar en la soledad. A lo largo de su periplo, Raskolnikov aprende a valorar la compasión y el amor, y experimenta una transformación positiva pese al peso del remordimiento.
El mensaje resulta claro: corresponde a cada uno decidir si convierte su saber en fuente de soberbia y aislamiento o si, por el contrario, lo abre al encuentro con los demás. Solo entonces resulta posible hallar plenitud tanto en el conocimiento como en la conexión humana.
Cómo aplicar estas enseñanzas
- El conocimiento debe concebirse como instrumento para aprender de los demás, no como medio para desdeñarlos.
- Toda persona posee un valor inherente, con independencia de su posición social.
- La bondad y la empatía han de priorizarse junto con el ejercicio de la razón.
La libertad moral no es libertad absoluta
Dostoevski meditó largamente sobre la idea de que, sin un principio superior, sobreviene el caos. En Los hermanos Karamázov analiza el papel de la religión en la configuración de la vida social. Iván, uno de los hermanos y escéptico declarado, rechaza lo divino, pero sigue concibiendo a Dios como autoridad moral. Sostiene que la creencia en el juicio divino proporciona un motivo para obrar rectamente; sin ella, la anarquía moral avanzaría sin freno.
Según Dostoevski, la libertad absoluta es una quimera: necesitamos ciertos límites para impedir que los seres humanos se atropellen mutuamente. No defiende necesariamente una religión institucionalizada; cualquier marco de referencia que nos ayude a mantenernos dentro de los límites de la justicia sin dañar a otros resulta suficiente. Sin nociones de bien y mal, la vida pierde su sabor. Encontrar una brújula moral —ya sea mediante la espiritualidad, la filosofía (por ejemplo, leyendo la Ética de Baruch Spinoza) o cualquier otro sendero que resulte significativo— constituye una condición indispensable para dotar a la existencia de sentido.
