Fuente: Infobae
Irán aprovechó la tregua abierta por el memorando firmado el 17 de junio entre Donald Trump y Teherán en Versalles para preparar una ampliación de la guerra, reforzar el control de la Guardia Revolucionaria sobre el aparato militar y reanudar ataques contra buques en el estrecho de Ormuz, según The Wall Street Journal.
El giro partió de una lectura opuesta a la de Washington. Mientras la Casa Blanca impulsó un acuerdo para reabrir Ormuz y empezar a desactivar el conflicto, los sectores duros iraníes concluyeron que el pacto buscó aliviar la presión sobre la economía global y ganar tiempo para una ofensiva mayor de Estados Unidos e Israel.
Esa divergencia se apoyó en una meta concreta: elevar el costo militar y energético para impedir que se repitieran ataques como los que Irán sufrió en la guerra de 12 días del año pasado y en la confrontación posterior. Mohammad Hassan Sangtarash, un analista de defensa de Teherán cercano al gobierno, dijo al diario que en Irán se extendió la idea de que “la guerra principal” todavía no comenzó.
Según la publicación, la preparación incluyó contactos entre Irán y milicias aliadas en Yemen e Irak, envíos de asesores a Irak, Yemen y Líbano, y un aumento de la producción de misiles y drones. Funcionarios de inteligencia árabes detectaron además comunicaciones que apuntaron a una decisión estratégica para ensanchar el conflicto y llevarlo incluso a territorio enemigo.
La Guardia Revolucionaria supervisó despliegues de misiles, armas navales y lanzadores de drones en posiciones sobre el marRojo. También entregó a los hutíes inteligencia, listas de objetivos que incluían puertos e instalaciones energéticas sauditas y consejos para resguardarse de represalias de Riad, de acuerdo con funcionarios al tanto de hallazgos de inteligencia árabe citados por el diario.
El resultado fue una escalada a fines de julio. Los hutíes atacaron fuerzas del gobierno yemení respaldadas por ArabiaSaudita, declararon cerrado para Riad el estrecho de Bab el-Mandeb y dispararon contra barcos sauditas, con impacto directo sobre la exportación de crudo del reino y sobre el riesgo de suministro para los mercados globales.
Irán pasó así de una negociación formal con Estados Unidos a una estrategia de doble vía: diálogo diplomático por un lado y preparación militar para una confrontación más amplia por el otro. La consecuencia geopolítica inmediata fue el agravamiento del riesgo sobre dos corredores energéticos centrales, Ormuz y Bab el-Mandeb, y una mayor alarma en las monarquías del Golfo.
La cúpula iraní endureció mandos y objetivos
Detrás de esa estrategia, el líder supremo Mojtaba Khamenei reorganizó hace una semana las instituciones militares y represivas con siete nombramientos clave. El objetivo, según el medio, fue endurecer la cadena de mando, convertir una milicia ideológica en una red de inteligencia barrial y poner el foco en una doctrina ofensiva.

MohsenRezaei, que comandó la Guardia Revolucionaria durante la guerra con Irak en los años ochenta, fue designado secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. En la última semana, ese organismo frenó avances hacia un acuerdo para abrir de forma gradual el estrecho de Ormuz.
Khamenei también devolvió a HosseinTaeb, asociado a la represión de las protestas de 2009, a la conducción de Basij. Le encargó convertir esa fuerza voluntaria en una “red de inteligencia popular” después de dos guerras que, a juicio de la dirigencia iraní, expusieron la profundidad de la penetración de la inteligencia israelí.
La reorganización alcanzó además al ejército regular. El mando unificado de las dos ramas militares quedó en manos del general AliAbdollahi, un veterano de la Guardia Revolucionaria que defendió ataques contra Estados árabes que alojan bases estadounidenses en el Golfo Pérsico.
El nuevo comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi, recibió formalmente el cargo el lunes con la instrucción de ejecutar “operaciones ofensivas poderosas contra el enemigo”. Al día siguiente, el general Mohammad Reza Naghdi dijo que la fuerza paramilitar debía estar preparada para llevar operaciones a territorio enemigo.
Según The Wall Street Journal, la GuardiaRevolucionaria, una fuerza de casi 200.000 efectivos, elaboró planes adicionales de escalada que incluyeron ataques preventivos, sabotaje de cables de internet en el Golfo Pérsico, agitación política en países con comunidades chiitas como Kuwait y Bahréin, e incluso posibles operaciones terrestres en Kuwait.
La desconfianza también bloqueó la vía negociadora. Mediadores de las conversaciones dijeron que diplomáticos iraníes habían aceptado a comienzos de mes un acuerdo con Omán para establecer y supervisar rutas a través de Ormuz que permitieran una reapertura gradual del paso, pero la GuardiaRevolucionaria lo impidió y volvió a atacar barcos.
El acuerdo de junio ofreció exenciones de sanciones para que Irán vendiera petróleo, acceso a miles de millones de dólares congelados y la perspectiva de un fondo de USD 300.000 millones para reconstrucción. A cambio, Teherán debía abrir Ormuz al tráfico marítimo y negociar de buena fe sobre su programa nuclear.
Tres semanas después, a comienzos de julio, Irán disparó contra barcos que Estados Unidos guiaba por el estrecho y tomó por sorpresa a Washington. Trump reaccionó con insultos públicos y acusó a los líderes iraníes de mentir.
La inquietud en el Golfo creció cuando Irán lanzó cinco misiles balísticos contra Jordania durante una pausa en los combates, dos semanas después de otro ataque iraní en ese país que mató a tres militares estadounidenses. Funcionarios de la región observaron además impactos más precisos en Jordania, Kuwait y Bahréin.
En las últimas dos semanas, Irán atacó seis barcos de Emiratos Árabes Unidos cuando intentaban transitar por el estrecho de Ormuz. En julio, el vocero de la Guardia Revolucionaria Hossein Mohebbi dijo a la agencia Tasnim: “Aprovechamos plenamente el período de alto el fuego”.
